25 de febrero de 2014

El Milano


Miró el vuelo del milano y deseó ser él quien pudiese sobrevolar los cielos, surcar las capas cálidas de viento con un planeo silencioso y lleno de majestuosidad. Desde el suelo, los pies descalzos sobre la piedra y la tierra húmeda, apreció cómo los rayos de los dos soles incidían en las coloridas alas del animal, desplegadas por completo, oteando el bullicioso amanecer de los humanos en Wai-go.

Escuchó un estruendo a su espalda y una sombra oscureció el cielo momentáneamente, no le importó lo más mínimo. En ese instante solo existía para contemplar el apacible vuelo de la rapaz, para soñar que podía salir de allí en un instante, arrastrado por las corrientes del inmenso azul. Era aún muy joven, apenas había superado ya la Prueba de Hombría. Y aun así, ya le habían hecho entrega de una lanza y un escudo, de una irrisoria coraza y de una responsabilidad que pesaba como una losa enorme sobre sus hombros. Le hubiese encantado ser como un personaje de leyenda, poder lanzarse al vacío y huir convertido en milano, fundirse con la naturaleza, no ser un hombre enviado a la guerra del Norte…

Sintió el calor y el estruendo fue aún más fuerte que antes. No dejó de mirar al milano. Ni siquiera cuando las lanzas de los enemigos atravesaron su cuerpo de parte a parte y el dragón jineteado por uno de los norteños le partió la espina dorsal de un zarpazo. Algunos supervivientes afirmaron días más tarde que Ishil, el hijo de Imarh, continuó mirando al milano mientras los Perros Carroñeros de la infantería del Norte lo devoraban. Incluso alguien llegó a decir que el milano, finalmente, se marchó del campo de batalla arrastrado por una corriente de aire diferente, una que procedía del cuerpo inerte del muchacho.