7 de febrero de 2014

Prisa

Cuando llegó al andén, la puerta del tren ya se cerraba y el convoy se ponía en marcha. Llegaba tarde a la cita con John Williams, el reputado arquitecto a quien quería enseñar su proyecto. Se agobió. Por un segundo pensó en saltar a la desesperada y meter una mano o un pie a través de la pequeña rendija que quedaba a tiro, seguro que el tren se detenía. Pero se lo pensó dos segundos más de lo que debía y no lo hizo. Nunca había sido decidido o valiente. Miró el reloj que indicaba cuándo llegaría el siguiente tren. Tenía casi diez minutos por delante. Iba a llegar tarde.

Comenzó a caminar andén arriba, andén abajo, furioso consigo mismo y con los nervios acuchillándole las tripas. “Por mucho que te ofusques y mucho que camines, no conseguirás que llegue antes”. Alan miró a la persona que parecía haberse dirigido a él, era un señor mayor, estaba repantigado en un banco y parecía disfrutar en grande con su situación. Lucía una gran sonrisa en la cara y sus ojos demostraban una satisfacción difícil de encontrar en una estación a esas horas de la mañana.

Alan estuvo a punto de replicar al abuelo que no era asunto suyo y que más le valdría callarse, que no sabía la prisa que tenía ni la importancia de la cita en la que se jugaba su futuro en el mundo de la arquitectura, aunque en el último momento cerró la boca y permaneció en silencio, aquel señor no tenía culpa de sus prisas ni de sus males, además, le había caído bien. No pudo evitar sonreírle en respuesta y detuvo ligeramente sus nervios y sus paseos.

-Siéntate aquí, conmigo, a mi lado –invitó el hombre-. Estírate, respira hondo, sonríe. Disfruta de esta mañana tan estupenda y única en tu vida. Ya verás como la espera se hace mucho más corta.

Alan, que al principio se mostró muy reticente, acabó sentándose junto al abuelo. Se estiró, respiró hondo, sonrió y se relajó como hacía meses que no lo hacía. Cerró los ojos y al abrirlos, vio que el tren estaba justo frente a él, sin embargo, aún decidió permanecer unos minutos más junto al anciano. Cuando el nuevo convoy se alejó, la sonrisa de Alan se hizo aún más amplia. Tenía tiempo de sobra, su proyecto era genial y la cita con Williams era un regalo, no un castigo.

Un nuevo tren llegó. En esta ocasión Alan sí que se levantó del banco, despidiéndose del anciano con la mayor sonrisa que recordaba en años.

-¿Cuál… cuál es el truco? –Quiso saber.
-El truco está en ser feliz –respondió el abuelo con una sonora carcajada- el truco está en ser feliz.