30 de marzo de 2014

El Caballero Blanco


Dejó caer la espada y soltó las correas de cuero que sujetaban el pesado pecho acorazado de su armadura. Estaba tan cansado que pensó en dejarse caer allí mismo, descansar por fin, quizá morir... su misión era importante -recordó- sus compañeros dependían de que su mensaje llegase a tiempo a la fortaleza en la que se refugiaba el Rey, pero estaba demasiado cansado como para continuar... La flecha partida punzaba en su espalda, provocando un dolor profundo e intenso. El barro convertía cada paso en una hazaña. Por momentos era capaz de escuchar los gruñidos de los trasgos a su alrededor, le buscaban a él, estaba seguro. Su voluntad era fuerte, siempre lo había sido, pero estaba agotado tras una campaña que ya se contaba por meses. Sería tan fácil dejarse morir allí mismo...

La lluvia arreció. En algún lugar recóndito de su mente se dijo que aquello era una fortuna, porque la lluvia ocultaría su pesado tambalear, sus gemidos, su olor. Alcanzó el río, estaba tan cerca del castillo… resbaló en el lodo y cayó al suelo. Supo que sería incapaz de levantarse, que allí, en aquel remanso del Río Sangre, terminaba su aventura. Había fracasado. Sus amigos, sus compañeros de armas, su hermano y su hijo… todos serían masacrados por los trasgos. No era capaz de levantarse. Cerrar los ojos, dormir…

¡Levántate! La voz resonó a través del fragor del agua arrojada por el cielo negro. El maltratado guerrero buscó en la oscuridad quién le había despertado y hecho levantar de golpe y al pie del río descubrió a un caballero cubierto completamente con su armadura, una armadura blanca y reluciente. Nadie vestía armadura blanca desde hacía años… Pensó que sería fácilmente divisable por los trasgos que le acechaban pero era su última esperanza y se dispuso a seguir sus pasos. Durante más de una hora caminó tras los pasos del caballero desconocido, en ocasiones siguiendo únicamente el rastro que sus huellas dejaban en el suelo embarrado. Aquel hombre le llevó sano y salvo hasta el portón de la fortaleza. Al intentar ofrecerle su eterno agradecimiento se descubrió solo ante las murallas… y al entregar su mensaje vio con estupor un gran retrato de un caballero ataviado con armadura blanca y luminosa, un retrato perteneciente a Sir Willham Sterd, fallecido en combate al pie del Río Sangre hacía casi dos siglos.