26 de marzo de 2014

Restos de metal...


¡Venganza!, la palabra y el sentimiento le rondaban desde hacía ya demasiado tiempo, volaban sobre él, conformaban todo el peso de sus pensamientos... sobrevivía para culminar su venganza. Su cuerpo protestaba, débil, encogido, acomplejado, moribundo... pero su voluntad era más fuerte que sus escasas energías físicas. Por eso continuaba levantándose cada día de su mugrienta cama, por eso guardaba orden en la fila, por eso comía la bazofia que caía en su bandeja oxidada y por eso no se rebelaba finalmente o se dejaba morir, porque quería vengarse...

Mathias se arrastraba cada amanecer hasta la fábrica, allí fraguaba su plan paso a paso, minúsculamente. Sabía que era algo descabellado, inaudito, pero estaba tan convencido, tenía tanta fe, suponía una justicia tan necesaria que sabía que funcionaría. Tenía que hacerlo. Era lo único que le quedaba. Toda su dignidad, toda su vida, toda su existencia estaba supeditada a cumplir con la promesa realizada a sus hijos pequeños al separarse de ellos, al verles ser asesinados a sangre fría por los aterradores soldados que se los habían arrancado de sus brazos de maestro… Mathias creía en la otra vida, en la magia de un futuro más allá de las alambradas, los muros y los barracones, más allá de la injusticia y la soberbia de sus carceleros, de la brutalidad…

Pedacito a pedacito fue amontonando metal en un rincón oscuro de la fábrica, depositando en aquel pequeño monolito metálico sus rezos, sus energías, sus ilusiones… y un buen día, tres años después de comenzar su labor, Mathias lo supo, todo estaba listo. Sonrió con tristeza, su vida tenía que haber sido diferente, se habría merecido disfrutar de su matrimonio con Alexia, de sus pequeños Thomas y Carla… su vida, como la de millones de compatriotas suyos, había sido desaprovechada. Esa noche no volvió al barracón, no obedeció, se tumbó junto a su creación, con el último pedazo de metal robado desgarró las venas de ambas muñecas y bañó el montón metálico acumulado durante más de mil días de su no-vida. Aquella noche los nazis que custodiaban ese campo de concentración murieron salvajemente y los presos, al menos aquellos que tuvieron fuerzas para hacerlo, escaparon. Años después, el único niño que escapó del lugar junto a su madre, habló de un ser de metal, de un Golem realizado con restos de materiales metálicos de todas las formas y tamaños.