8 de julio de 2014

El hombre con prisa

Tenía mucha prisa, quizá demasiada. Siempre se lo habían dicho. Y aunque reconocía que todos los que lo afirmaban tenían razón, no podía menos que seguir corriendo, buscando lo antes posible, impacientándose por alcanzar unas metas que ni siquiera conseguía entrever en el horizonte de un futuro que no terminaba de llegar nunca. No podía explicarlo bien, era una comezón en el estómago, el sentimiento de que algo le faltaba, algo que tenía que llegar y que nunca llegaba...

Cuando era pequeño quería crecer lo antes posible, durante sus relaciones personales intentaba siempre alcanzar lo antes posible la culminación de las mismas y cuando viajaba, corría todo lo posible para llegar a su destino antes que nadie. Nunca llegaba tarde a una cita, siempre tenía prisa. Para llegar y para marcharse, siempre con prisa, allá donde fuera...

Y antes de darse cuenta siquiera llegó el día de su muerte, la niña de las pecas y los rizos rubios le miró de arriba a abajo y le hizo ver su vida antes de llevárselo de la mano al otro lado de la existencia. Solo entonces se dio cuenta de la futilidad de su prisa, de cuánto había corrido y de todo lo que le faltaba por vivir. Aunque ya era demasiado tarde para remediarlo.