8 de julio de 2014

La vida de Alissa

Alissa era una niña pizpireta, todos lo decían en el barrio, todos la aplaudían cuando bailaba alegre en el mercado o sonreían divertidos cuando la escuchaban hablar sus primeras palabras e intentaba cantar. Todos pensaban que sería una niña feliz, que crecería sana y preciosa. Un día dejaron de sonreír al mirarla, algunos incluso la contemplaban con mal disimulado odio, a pesar de que ella aún continuaba bailando y apenas había aprendido a hablar del todo pero ya cantaba como un pequeño ángel. Cuando la tienda de su padre fue asaltada apenas nadie se dignó a ofrecerla consuelo, ni siquiera la Señora Wolf, que hacía apenas unos meses decía quererla como si fuese su propia nieta. Ella no lo sabía, pero la culpa de todo la tenían sus abuelos por haber emigrado a Alemania hacía muchos años, ellos y la estrella amarilla que llevaba cosida en la ropa y que ella había aprendido a odiar. Cada día la vida de Alissa fue un poco peor, ya no bailaba ni sonreía y sus padres temieron que se hubiese quedado muda para siempre, porque el día que los tres fueron golpeados en la calle ella dejó de hablar y cantar para siempre.

Un día vinieron los camiones. Empujaron a su interior maloliente a Alissa, a sus padres y a muchos de sus vecinos. El viaje fue largo, agotador. No todos aguantaron. Pero al final algunos llegaron a su destino. Un grupo de soldados gritó a través del ladrido de sus furiosos perros, de modo que la niña no sabía quiénes ladraban más fuerte. Les separaron nada más llegar. Entre lágrimas su padre y su madre la abrazaron como si quisieran llevarla para siempre en sus entrañas, pero nada pudieron hacer frente a los soldados y sus armas. Un chico intentó escapar y otro se lanzó frente a uno de los soldados, los dos murieron al instante.

Alissa no vio a sus padres nunca más, durante meses permaneció encerrada en un campo de concentración, no volvió a decir una palabra. Pero en el último momento, encerrada con otras doscientas personas en unas duchas de las que nadie salía con vida, abrió la boca para cantar, sonreír, bailar y conseguir que todos aquellos infelices murieran con una sonrisa, pensando en lo pizpireta que parecía aquella niña de ocho años.