13 de julio de 2014

¿Por qué echar un polvo más?


Tras vestirme apresuradamente en el lavabo entro en la habitación iluminada por las rendijas de una persiana, en la cama aprecio el bulto de mi última conquista, una preciosidad pelirroja, es irlandesa o eso he creído entender antes de conseguir que su boca y su lengua se dedicasen a menesteres más apetecibles que el hablar en un idioma que ni entiendo ni pretendo entender. He disfrutado con ella, Elein, creo que se llama… está buenísima y se ha comportado como una auténtica experta en la cama. Tengo que dejar de menospreciar a las veinteañeras, saben casi más que yo.

Sigue desnuda y apetecible. Le regalo un último beso en los labios, ni siquiera se molesta en incorporarse, sabe que me tendría ahora mismo si quisiera, yo también lo sé, pero no quiere, así que me marcho.

No creo que la vuelva a ver en la vida.

Echar un polvo está sobrevalorado, lo sé, lo pienso siempre que eyaculo y me quedo tendido en la cama sin saber qué hacer con el cuerpo aún caliente que me acompaña y que, en el peor de los casos, decide que es buena idea seguir dándonos arrumacos, besos y caricias que ya no llevarán a ninguna parte. 

Lo sé cada vez que me encuentro sudado y demasiado incómodo como para dormir en condiciones, aunque no os voy a engañar, tras acabar suelo tardar menos de un minuto en quedarme profundamente dormido. Es verdad que en ocasiones es divertido y ayuda a conocer mundo y situaciones interesantes que de otro modo jamás podría haber vivido, pero una vez consumado el acto de joder… lo dejo de encontrar atractivo. Es instantáneo. Por suerte esta noche ella sabía lo que quería tanto como yo, un buen polvo y a dormir.

Siempre me digo que para qué esforzarme, para qué intentar tirarme a otra tía por el mero hecho de hacerlo, para qué acariciar sus pechos y su espalda con un deleite casi enfermizo, para qué sentir la calidez de su carne anhelante entre mis dedos, para qué no dejar de recorrer con mi lengua ni un centímetro de su piel, para qué apreciar su rostro jadeante y entregado en la penumbra, para qué permitir que su lengua desate en mí mis propios jadeos y placeres inexplicables, y para qué, finalmente, penetrarla en todo lugar que ella me permita y terminar desatado, vacío… siempre me lo pregunto al terminar. ¿Para qué echar un polvo sin más?

No creo que vuelva a hacerlo porque sí, de ahora en adelante si no hay algo más ahí, no me acostaré con ninguna mujer…

Joder cómo está la rubia. Parece del este. Creo que voy a entrarle, a ver si tengo suerte y me acuesto con ella esta noche…