28 de septiembre de 2014

Fumar es peligroso en las trincheras


La noche había caído de repente sobre las trincheras, lo había hecho sin avisar, como los ataques de los morteros o las heridas de bala, como las cartas que llegaban al frente de tanto en tanto y te atrapaban en la nostalgia por lo que uno había dejado en casa. Hacía un frío mortal en la estepa turolense, en aquella noche sin luna, repleta de estrellas, azotada por un viento estremecedor.

Manuel se aferró a su abrigo y se encogió en su trinchera. Recordó a María, su mujer, a la que había dejado en su pueblo embarazada de siete meses hacía ya casi seis y en Clara, su pequeña, a la que aún no conocía y a la que no sabía si llegaría a conocer algún día. Tuvo que lanzar un reniego a la noche estrellada, una bravuconería con la que desatar el nudo que acababa de atenazar su garganta. Bajo el casco llevaba la última carta recibida, hacía ya dos semanas, en la que María, entre borrones, le repetía una y otra vez lo mucho que le quería y lo mucho que estaban pasando… por suerte –pensó- ellas no tenían que sufrir la incertidumbre de no saber si verías el amanecer del día siguiente. Manuel se había jurado al marchar que regresaría, que volvería orgulloso al hogar, la cabeza alta, el porte serio. Sonreiría al volver, quizá incluso silbaría una canción alegre, se lo había prometido, volviese como volviese, sonreiría al hacerlo y María, Clara, sus padres, sus hermanas pequeñas… todos estarían orgullosos de él.

Pasara lo que pasara.

Sonrió de medio lado. Lo cierto era que no estaba tan seguro de poder regresar con una sonrisa… había vivido demasiado en el barro, había visto mucho en las trincheras, sufría en todo momento, lloraba en silencio cuando no tenía nadie cerca, aunque en la noche se escuchasen llorar los unos a los otros. No, no estaba seguro de poder regresar a casa orgulloso y con una sonrisa. Llevaba en las entrañas un dolor insoportable, recuerdos que no podría borrar jamás. Nostalgia por su juventud echada a perder en una guerra estúpida, una contienda entre hermanos…

Aquella guerra era una mierda. Todas las guerras lo eran.

Se le ocurrieron unos versos. De haber tenido papel los habría escrito, aunque sus palabras quedasen ocultas bajo el barro, bajo la sangre de los compañeros y de los enemigos, bajo sus lágrimas oscuras, bajo la condena de no conocer a su pequeña… No tenía papel a mano más que sus cartas y esos pedazos de hogar eran sagrados, los guardaría consigo hasta el día de su muerte, de eso sí que estaba completamente seguro. Su voz de poeta había muerto en la guerra, en la primera batalla en la que había tenido que decidir si él o los que tenía enfrente. No pudo rendirse, no quiso dejarse matar, así que disparó y puso todo su empeño en ello, en sobrevivir, en regresar… y para vivir un día más, había tenido que matar. La guerra era una moneda de dos caras, podía morir aquel que te disparaba o podías morir tú a causa de sus disparos…

Se había jurado regresar, volver a abrazar a María, sostener a Clara entre sus brazos… así que, dejó que su voz de poeta muriese en las trincheras, la mató él mismo, lo tuvo que hacer para sobrevivir.

Marcelino ya no lo haría, él no regresaría nunca a casa.

Marcelino había muerto aquella tarde, apenas tres horas antes del anochecer. Un disparo afortunado había acabado con sus sueños y con su carrera de maestro. Manuel sabía que todos los niños del pueblo llorarían su pérdida. Era muy querido en el pueblo Marcelino. También pensó en la señora Alfonsa, su madre, viuda desde hacía más de quince años. La vio sola en su casa, con los recuerdos viniéndosela encima en las noches de otoño. Marcelino era lo único que la quedaba en el mundo. La bala que había matado a su mejor amigo, a su compañero de juegos desde la infancia, no solo había matado al futuro maestro, también había matado a su madre… y un poco a su amigo y, de una manera incierta y segura al mismo tiempo, a todos los niños de su pueblo a los que enseñó a leer sin ser aún maestro, aquellos que recitaban poemas en clase sin pensar en el color de la bandera de quien los había escrito, sino en lo que rememoraban y traían a los corazones.

Marcelino no podría conocer a su Clara, no la podría enseñar a leer, ni podría conseguir que amase la poesía por encima de las banderas y los colores. Manuel había llorado, sin importarle que el enemigo siguiese disparando desde las trincheras de enfrente, sin importarle que sus compañeros estuviesen a su lado, disparando. Había llorado y había odiado las letras, los versos, los poemas… había terminado de enterrar su voz de poeta para siempre. Y todo por culpa de una bala afortunada.

Recordó entonces el aroma de su compañero, tabaco, Marcelino siempre olía a tabaco, a tabaco y a paja, jamás podría olvidar el olor de Marcelino, como no podía dejar de recordar el verdor de su pueblo, las noches de verano con María, la sensación de victoria al saber que estaba embarazada… el nudo regresó a su garganta, las lágrimas pelearon con sus párpados por escapar… echaba tanto de menos su casa.

De pronto, como si la noche se hubiese contagiado de su tristeza, comenzó a levantarse una niebla gris, espesa, palpable. Manuel apenas podía verse las manos a través de aquella humedad que se colaba hasta sus huesos y congelaba su corazón. Y se decidió a hacerlo, aunque nunca antes había sentido curiosidad, aunque era peligroso. Había jurado volver, tener cuidado, mantenerse con vida, quizá incluso volver de una sola pieza a su hogar… pero se lo debía a Marcelino, era un último homenaje a su compañero del alma, a su amigo. Aquel que incluso en los peores momentos le había hecho sonreír. No habría sobrevivido sin Marcelino, eso era seguro.

Se lo habían prohibido expresamente, pero soltó el arma, una carabina Tigre que se atascaba cada tres disparos y, a pesar del peligro, de la ordenanza militar, de las advertencias de su teniente y de sus propias convicciones personales, Manuel prendió una cerilla y encendió un cigarro, el primer cigarro y el último que encendería en toda su vida. Eso pensó en ese momento al menos. Era peligroso fumar en las trincheras por la noche, se lo habían dicho una y otra vez los superiores. Encender una luz en la oscuridad era como regalar un blanco prácticamente seguro al enemigo. Se decía que un buen tirador podía acertarte en la cabeza a más de cuatrocientos metros de distancia. Además, el teniente había sido tajante, no solo descubrías tu posición sino la del resto de compañeros. Fumar en la trinchera era casi una invitación a la parca. Manuel había prometido volver, no ponerse en peligro si no era imprescindible… pero le debía aquello a Marcelino. Se lo debía.

Esperaba que la niebla cobijase su osadía, porque pensaba fumarse el cigarro a la salud de Marcelino. No creía que hubiese peligro alguno, apenas veía a dos palmos de distancia, así que no creía que corriese peligro. 

Fumó. Recordó las carreras por los caminos y las callejas del pueblo junto a Marcelino, sus peleas con los hijos del carbonero, los primeros versos que escuchó en su vida, recitados por un niño que desde muy pequeño aseguró que quería ser maestro, maestro de pueblo, decía Marcelino. Rememoró las tardes de pesca en el arroyo, la primera conversación sobre chicas, los corros frente a la higuera, las regañinas de la señora Alfonsa y de su madre cuando llegaban tarde y empapados. Fumó llorando o lloró fumando, nunca lo tuvo claro del todo. Marcelino ya no podría ser maestro, no podría cumplir su sueño… ¿y él?, ¿cumpliría el suyo?, ¿volvería a casa?, ¿lo haría sonriendo? No sabía cómo iba la guerra, no sabía quién ganaría y quién perdería, tampoco le importaba, solo pretendía sobrevivir, regresar, besar por primera vez la piel de melocotón de su pequeña Clara, dejarse la vida en que creciese feliz, en que… sí, aunque su voz poética estuviese muerta y enterrada, como Marcelino, en que Clara leyese poesía a los niños y que, si ella quería, fuese la maestra del pueblo…

Estaba tan encerrado en sus propios pensamientos, en su melancolía, que no vio llegar al soldado. Caminaba sin rumbo fijo, siguiendo la línea de trincheras a ciegas, palpando las paredes de barro helado. Fue la luz del cigarro la que finalmente le permitió guiarse en la oscuridad, como si la pequeña llamita fuese un faro en la noche.

-Buenas noches.
-Buenas… buenas noches

Se sorprendió Manuel, que no esperaba a nadie y que se secó las lágrimas con las mangas de su guerrera. Entre hombres hay que guardar las apariencias, ser duro…

-La verdad es que muy buenas no son.
-Lo son, lo son, la niebla no deja que veamos a los de enfrente y nos da un respiro. Esta noche no habrá disparos.
-Eso es verdad. Por lo menos hoy no habrá disparos… Estoy helado, joder.
-Hace mucho frío esta noche. El puto viento este que se le cuela a uno hasta los huesos.
-Oye, ¿no tendrás un cigarro?
-Ya sabes que está prohibido, el teniente…
-Que le den por culo al teniente, al capitán y al general. Aquí les quería ver yo a todos ellos, durmiendo en las trincheras. Valientes hijos de puta están hechos unos y otros. Con lo bien que estaba yo en el pueblo… tengo unas ganas de que se acabe esta mierda de guerra… ya me da igual quién cojones gane. El caso es que se termine de una vez.
-En eso no te puedo ayudar, aunque yo también estoy cansado. Toma, yo no fumo…
-¿Todo el paquete?, pero si está casi entero…
-Ya te he dicho que yo no fumo, esto era de un amigo…
-Ah… lo siento…
-Gracias.
-No hay de qué, macho, aquí todos somos carne de trinchera, hermanos de barro, los de este lado y los de aquel. Si fuera por nosotros les mandábamos a los de arriba a tomar por culo y nos íbamos de cañas y de chatos.
-Sería una buena manera de acabar con esta guerra de mierda.
-Además que sí. Oye, encantado, me llamo Rafael, a ver si nos vemos en otro momento y te puedo devolver el favor de los cigarrillos.
-Yo soy Manuel y no tienes ningún favor que devolverme, pensaba tirarlos. Oye, ten cuidado.
-Y tú, no dejes que esos cabrones te acierten.

Un apretón de manos y una sonrisa, así recordaría siempre Manuel a Rafael. Estuvo casi dos semanas preguntando por él entre los chicos que compartían con él bando y trincheras, barro y sangre, cartas descoloridas y borrones de novias, mujeres y familias, no fue capaz de dar con ningún Rafael.

Quince días después, en la noche, con una niebla tan espesa como la del día en el que había muerto Marcelino, con la piel helada y un viento atronador, llegó el ataque. Manuel dejó de pensar en Clara, en María, en los suyos, en cómo regresaría al pueblo, en la poesía… solo pensaba en disparar antes de que le disparasen, en sobrevivir una noche más, en cubrirse, agacharse, dejarse ver un segundo y matar para que no le matasen a él…

Quince horas, eso duró la batalla. Ganaron.

Manuel abandonó la trinchera por primera vez en casi dos meses recostado entre la tierra marchita y el barro. Estaba exhausto, su alma moribunda apenas recordaba lo que era la poesía, solo había sangre y muerte y dolor y oscuridad por todas partes… caminó hacia donde habían estado las filas enemigas y se sorprendió al descubrir algo en lo que nadie había reparado hasta entonces, había varias trincheras unidas entre sí, algunas de bandos diferentes. Esas cosas sucedían cuando uno apenas sabía contra quién luchaba. Sonrió con tristeza pensando en Marcelino, seguro que habría hecho algún buen chiste de aquello. Lo habría gritado para que todos pudiesen reír con ganas y soltar algo de la adrenalina acumulada durante la refriega. El bueno de Marcelino era así, todo bondad y guasa. Manuel tropezó y estuvo a punto de caer al interior de una de las trincheras. Allí lo vio.

Inconfundible. El paquete de cigarros de Marcelino. Era ese, estaba seguro. A su lado yacía la figura inerte de un muchacho de su edad. Su cuerpo aún caliente, como si acabase de morir hacía unos minutos. Una herida en el corazón y otra en el estómago lo habían matado. Manuel saltó al interior de la trinchera, metió la mano atropelladamente en el bolsillo superior de la camisa del chico, allí encontró una carta emborronada y sucia dirigida a una familia a la que nunca llegaría y el nombre del muerto: Rafael.

Tenía un cigarro en la boca. 

Era un enemigo… no, era un chico enviado a la muerte por quienes querían que en España los hermanos fuesen enemigos. Aquel chico era un amigo que, al final, sí que le había devuelto el favor. Había muerto por él. Nunca se quitó esa idea de la cabeza. Manuel pensó en sus familiares y amigos, en, quizá, una mujer que le esperaba en casa y un hijo al que nunca conocería ya… cayó de rodillas en el suelo y lloró, lloró como nunca antes había llorado. Lo hizo por Marcelino, por Rafael, por los meses sin María, por no conocer aún a Clara, por toda la España resquebrajada y moribunda. Algunos de sus compañeros pasaron junto a él, ninguno se paró, nadie dijo nada, todos compartían su dolor, a nadie le extrañó que llorase ante un presunto enemigo… ante un chico que solo sabían que era su enemigo porque vestía unas ropas diferentes y portaba otra bandera.

Manuel cogió la cajetilla de cigarros, se guardó la carta de Rafael entre las suyas y, ante otro compañero muerto en batalla, volvió a fumar, por segunda y última vez en su vida, se dijo. Una nueva promesa se acumuló a su larga lista, llevar las últimas palabras de aquel chico a sus padres, a quienes les decía lo mismo que él les decía a los suyos cuando les escribía.

Un par de años más tarde, cuando acabó la guerra, aunque aquella fuera una contienda que aún se habría de prolongar durante años en una España ultrajada y rota, Manuel volvió a su hogar, lo hizo silbando una canción alegre, sonriendo, tenía motivos para ser feliz. Había cumplido la promesa, volvía, aunque no estuviese entero por dentro. Al llegar a la plaza de su pueblo abrazó a María, cogió en brazos a Clara, besó a sus hermanas y a sus padres y lo supo, aún podía ser feliz. Dicen que cumplió todas sus promesas y cuando lo hizo, cuando su alma se serenó y volvió a estar en relativa paz, dedicó el resto de su vida a sonreír y a escribir versos para niños, acompañado siempre del humo de una marca de cigarrillos.


A los combatientes de la Guerra Civil española,
da igual el bando. Para sus familias…

10 de mayo de 2014

1 comentarios :

Dolors Sans Libra M dijo...

Qué hermoso Javi, me has emocionado amigo, de veras. Así fue en la realidad, historias parecidas y reales he escuchado contar.- Todas las guerras son un sin sentido y estúpidas, pero luchar entre hermanos es algo terrible..." Era un enemigo… no, era un chico enviado a la muerte por quienes querían que en España los hermanos fuesen enemigos"... Totalmente de acuerdo Javi... Ahí no hubo vencedores ni vencidos, todos absolutamente todos salimos perdiendo, todos tienen a alguien cercano a quien llorar.... Mi respeto por todos los que perdieron la vida y tal y como tú dices, no importa el lado donde lucharan (E.P.D.)