28 de septiembre de 2014

La Cazadora V

El cierre metálico hace un ruido de mil demonios. Me limito a subirlo unos centímetros, los necesarios para colarme. Antes de entrar me cercioro, todo está en silencio, nada se mueve en los alrededores, la Brújula sigue indicando el interior del local. Entro sin pensarlo más. Ruedo hasta lo que parece un mostrador volcado y me detengo en la oscuridad. Sigo sin percibir un solo ruido procedente del exterior más allá del silbido del viento. Bien. El local es más grande de lo que aparenta desde el exterior, hay tres largos pasillos de estanterías vacías, uno de ellos está obstruido por unos baldes caídos. Cierro los ojos y contengo la respiración. Y entonces escucho una respiración. Está al fondo de la tienda. Cobijada en lo más profundo de las sombras.

Hace mucho frío aquí dentro. Más que en el exterior. Puedo percibir el miedo exhalado por quien me espera en el fondo. Siempre ocurre lo mismo. Vengo a salvarlos, pero los aterro siempre. Me temen. Niños que han sobrevivido a la plaga, que han superado centenares de peligros, que se han enfrentado en ocasiones a las Bestias cara a cara tienen miedo de mí, de una humana, de aquella que ha sido enviada para llevarles a lugar seguro. Nunca lo he entendido. Es cierto que La Ciudad tiene una leyenda negra, una historia truculenta que yo misma sufro y por la que estoy aquí ahora mismo. Pero la contrapartida es esto. Creo que los habitantes de la única urbe segura de la Tierra son afortunados a pesar de todo, que yo lo soy. Se mueve, intenta ocultarse de mí. No puede hacerlo, es imposible, siempre encuentro lo que busco, aunque no me guste lo que pueda encontrar. Soy la mejor, la única capaz de ir y volver de La Ciudad sin descanso...

Sigo sumida en mis pensamientos cuando me topo con ella, es una niña. Tiene el pelo sucio y enmarañado, las ropas rotas y manchadas de barro, de sangre. ¿Cuánto tiempo llevará en la calle?, ¿cuánto habrá sufrido? Intenta huir de mí, correr, arrastrarse lejos de mi alcance. No tiene dónde escapar. El lugar es completamente seguro, pero es una ratonera. A pesar de la oscuridad puedo ver que está muy delgada, quizá lleve varios días sin comer nada. Cuando por fin consigo llegar hasta ella y me siento a su lado creo percibir que suspira resignada. No escapará, ninguno lo hace una vez me he sentado a su lado. El calor, la necesidad de compañía es suficiente. Le ofrezco una chocolatina y tarda unos minutos, pero al final la acepta. Cuando siento que está más tranquila, que no querrá alejarse de mí aunque yo lo pretenda nos levantamos. Tenemos que salir de la tienda. La misión está cumplida.