#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

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La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

27 de enero de 2014

La Ceremonia de Gohn


Ser el segundo hijo varón en Gohn era un castigo. Con la piel repleta de llagas, las plantas de los pies abrasadas, los labios cuarteados y la garganta ardiendo Lört se preguntó si no habría sido más afortunado morir al nacer o al crecer en el nido de ratas y sabandijas al que le arrojaron durante su primera noche en el mundo de los vivos... Caminaba a duras penas, más por su fuerza de voluntad extrema que por la energía que su pequeño cuerpo retenía tras cuatro días de caminata. Un reflejo impactó dolorosamente en su rostro y el sonido de un gong le indicó que estaba en algún lugar físico, real, en mitad de aquel desierto de sal, de suplicios, de nada...

Con un esfuerzo inaudito logró levantar la mirada. Allí, imponente, a apenas diez metros de distancia, se erigía la majestuosa Torre Negra, el destino al que eran condenados los segundos vástagos varones de la ciudad de Gohn, si es que eran capaces de sobrevivir a sus primeros diez años en la urbe. Diez años de torturas, vasallaje, hambre y penurias. Decían las crónicas que de aquel lugar, de aquella torre negra como la obsidiana, nacían las leyendas y los magos más poderosos de todo el mundo, porque eran supervivientes desde su nacimiento y la magia requería de un esfuerzo extremo y de privaciones al límite de la muerte.

Lört nunca deseó ser mago no segundo hijo varón. No lo había pedido, no lo quería… y sin embargo, allí estaba, al pie de la mítica Torre Negra. Se giró en un burdo intento de encontrar al resto de niños y niñas abandonados en el desierto, se decía que solo uno era el destinado a convertirse en aprendiz, mientras que el resto era tragado por las sales y las alimañas del desierto… más de cien niños habían abandonado Gohn en una ceremonia que se celebraba año tras año… solo él había sobrevivido. En ese mismo instante Lört recuperó parte de sus fuerzas y acumuló toda su decisión, todo su coraje. Caminó hacia la torre, pronunció las palabras arcanas que daban acceso a su insondable interior y tomó una decisión: sería el mago más grande de todos los tiempos y destruiría a los habitantes de la ciudad de Gohn y de todas las ciudades donde se llevasen a cabo crímenes semejantes.

24 de enero de 2014

Seis años de CULTURA en el periódico comarcal A21


Seis años de cambios

Nuestra vida ha cambiado mucho en estos seis últimos años. Si nos parásemos a pensar un minuto en todo lo que hacemos ahora mismo como algo habitual, puede que nos sonase a Ciencia Ficción hace tan solo poco más de un lustro… nuestra vida, nuestro pueblo, nuestra comarca… todo ha cambiado mucho en solo seis años. A21 supuso uno de esos cambios a los que ahora estamos tan habituados que apenas le damos importancia, pero la tienen ¡y mucho! Especialmente en el ámbito de la cultura.

La Sierra Oeste de Madrid (incluso el agrupamiento de nuestros municipios en comarca es un cambio reciente, al menos en el ideario colectivo) siempre fue una tierra fecunda en lo cultural, no hay más que rascar un poco para encontrar profundas raíces que se ramifican en asociaciones teatrales o culturales, en excelentes pintores, escultores, escritores… algunos son recién llegados, pero muchos llevan toda la vida en esta agraciada región de Madrid. En todos los municipios podemos encontrar cultura casi sin buscarla, desde Bailes Regionales a escritores de Graffitis, desde fiestas únicas a leyendas comunes, el nacimiento de A21 sirvió para que todos pudiésemos sentirnos orgullosos de nuestras raíces, de nuestras gentes, de nuestra cultura. Para que todo el mundo pudiese saber la riqueza real de nuestros municipios: el trabajo de sus vecinos. El orgullo ya existía, eso no lo duda nadie, pero gracias a un periódico que siempre ha pretendido la globalidad comarcal, pudimos regalarlo.

No hay un elemento más vertebrador de una sociedad que su cultura. Desde la llegada de A21 se enriqueció considerablemente la oferta informativa de la Sierra Oeste, pudimos leer sobre nuestros vecinos, pudimos ofrecer aquello que sabíamos que era único y era nuestro, pudimos vernos reflejados en los pueblos cercanos. A través de reportajes, artículos y entrevistas hemos fortalecido unos lazos imposibles de romper, hemos entrelazado nuestras raíces. Siempre hubo una gran oferta cultural en cada pueblo de esta comarca, por separado, ahora, gracias en parte a A21, podemos asegurar que existe una gran oferta cultural y grandes adeptos a ella en toda una región.

El temblor


Iria solo podía sentir el frío. Ya no había dolor, ni ira, ni sangre, ni muerte, a su alrededor solo había frío. Frío y una soledad que la hacía sentirse indefensa en mitad de aquella nada blanca e insondable. Atrás había quedado la batalla, la continuidad de derrotas y victorias momentáneas de la que huía sin saber bien por qué. Era una guerrera, había nacido para ello, había matado durante años, sin vacilaciones, sin remordimientos. En su tribu todos la llamaban la Kar-Thenit, la Asesina.

Había segado decenas de vidas, nunca le había temblado la mano al hacerlo. Esa mañana todo había sido diferente. Ahora solo podía sentir el frío, la soledad, el fracaso… Iria se miró las manos desnudas sin dejar de caminar, arrastrándose como podía entre la nieve y el hielo, las tenía bañadas en sangre ya fría, sangre de los enemigos que había atravesado sin piedad con su acero y su piel. Cerró los ojos, pero no detuvo su marcha. Tantos años, tantos sacrificios… y ahora, era la vergüenza de su clan.

No sabía hacia dónde caminaba, solo era consciente del frío, de la vergüenza, del temblor... Y allí, a apenas cien metros de su posición, vio a la bestia, un temible smilodon que la acechaba con las fauces encharcadas en hambre. Iria se detuvo, aún tenía frío, aún temblaba. Aun así contempló maravillada la fuerza destilada por el animal, su poder, su elegante brutalidad. Iria, la Asesina, tenía frío, sabía que había deshonrado a sus antepasados, que era un fracaso para su pueblo, que sería una leyenda oscura entre los suyos... Sobre la nieve se despojó de toda la ropa, apretó con fuerza los puños y rugió una amenaza. El smilodon se volvió hacia ella y devolvió el rugido. Al cabo de unos pocos segundos, la blancura de la nieve se tiñó con el carmín de la sangre…

23 de enero de 2014

El último vuelo de El Tejón Elegante


El anclaje fue más complicado de lo habitual, claro que para un novato como él aquella maniobra resultaba toda una hazaña. Kristoff Loof frunció el ceño y gesticuló con preocupación al escuchar el crujido en el casco de la nave. Esperaba no estrellarse en su primer vuelo como capitán. Por suerte, el personal de tierra hizo su labor con precisión y velocidad, evitando que el navío fuese arrastrado por la terrible tormenta que azotaba el Planeta Durlaam.

El neófito capitán no se mostró tranquilo ni soltó el timón situado junto a la consola de mando hasta que las hélices y los motores no se detuvieron por completo. Algunas bielas y cables chirriaron con fuerza antes de detenerse. Kristoff suspiró entonces y dejó escapar todo el aire contenido en sus pulmones. Su primer viaje interplanetario había concluido con relativo éxito. No está tan mal para ser la primera vez. Tanto en el casco como en el interior aún podían apreciarse los desperfectos causados, primero por la precipitada huida y más tarde por la accidentada entrada en el planeta. Se peinó y recompuso suficientemente antes de que la Duquesa de Corn abandonase su camarote y se dejase ver por la cabina. La mujer no tardó en aparecer con su figura felina y su pose sensual. Al verla, Loof intentó enarbolar la pose de autosuficiencia y soberbia que llevaba adoptando desde la aceptación del trabajo que le había llevado hasta Durlaam. Desde el mismo momento en el que se había hecho pasar por dueño y capitán de la nave. De momento no había dado motivos para que ella dudase de su pericia y condición.

-Lo hemos conseguido Milady. Ya le dije que no encontraría en todo Rastur un navío mejor.

Ella se limitó a asentir con la mirada distraída en algún punto más allá del capitán. Era cierto, aquel navío y su arrogante capitán la habían salvado de una muerte segura. Había tenido suerte. Realmente se podía considerar afortunada…

Sin mediar palabra alguna con Kristoff extrajo un pequeño revólver dorado de la liga de su pierna derecha y disparó al capitán en el pecho. Antes de que este muriese se acercó hasta él y le besó en la mejilla. “Lo siento –confesó sincera– pero mi misión es de vital importancia para la Corona y tengo órdenes estrictas de no dejar testigos”.

Minutos después, El tejón elegante volaba por los aires. Desde la distancia, Katia, la Duquesa de Corn lanzó un beso al aire y reanudó su misión.

19 de enero de 2014

Aquel duende no sabía hacer ollas de oro...

Aquel pequeño duende no sabía hacer ollas de oro. Illel estaba triste y pensaba que suspendería el examen para ser Duende Adulto, así que intentó por todos los medios que nadie se enterase de su problema. Un día descubrió que su magia no era capaz de hacer aparecer oro de su olla de duende, pero que, en cambio, sí que podía extraer alimentos de la nada. 

Cuando llegó el día del Examen de Duende Illel, ante la mirada alucinada de todo el mundo no logró extraer ni una mísera moneda de oro de su olla… hizo aparecer manzanas, fresas y caramelos de miel. Tanto los profesores como los alumnos de la Escuela de Duendes abrieron primero mucho la boca, después abrieron mucho los ojos y un poco más tarde comenzaron a reír a carcajadas. Sin embargo, el profesor Dulell, el director de la escuela, les hizo callar al ponerse en pie y dejó a todo el mundo con la boca y los ojos más abiertos aún que antes al proclamar que Illel sería ese año el único duende de toda la escuela en tener un diez enorme en el Examen de Duende. Todos, incluido el propio Illel se quedaron patidifusos cuando Dullel afirmó “el oro que hace aparecer la magia de Illel no reluce a simple vista, pero relucirá mucho más que todo el del resto de los duendes”.

Cuentan que algunos años después Illel descubrió el hambre en el mundo de los humanos. Gracias a él no hubo niño en la Tierra que no tuviese algo que comer. También dicen que algún tiempo después Illel se hizo tan famoso que fundó su propia escuela, donde los duendes de todo el mundo intentaban aprender a sacar alimentos de sus ollas, pero esa, amigos, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

14 de enero de 2014

Cartas de Barro


Terminó de escribir sin poder evitar un nuevo borrón. Esperaba que no se notasen demasiado los temblores provocados por el frío y el terror que sentía, había procurado que las lágrimas no cayesen en el papel repleto de frases cortas y recuerdos entregados. Lo que sabía que no podría ocultar serían las manchas de barro, esas no las podría borrar jamás, ni en las cartas, ni en los recuerdos ni en su vida...

Le costó soltarla. Entregar esa carta era dejar que su nostalgia volase a casa en manos de un desconocido. El chico que la recogió era tan joven que no pudo evitar pensar que no debería estar en aquel infierno de sangre y lodo. Miró sus ojos azules. También él estaba aterrado. El temblor de sus dedos se entrelazó con el que sufrían los del Correo. Un estruendo hizo que la tierra bajo sus pies se estremeciera. Alguien gimió de dolor. Corre, corre lejos de aquí, sal de este lugar. Ahora. El chaval era escocés, lo supo por la insignia de su uniforme. Era muy joven, pero decidido. Terco como una mula como todos los escoceses que conocía. Sacando fuerzas de algún punto recóndito de su alma le regaló una sonrisa y un cariñoso apretón de manos. Suerte… habría susurrado.

El Correo aferró la carta del soldado inglés con firmeza. Dejó que se uniese al resto de misivas ocultas bajo su uniforme. Era la última. Ahora le tocaba a él. Sueños, esperanzas, recuerdos, llantos, besos, abrazos, deseos… él era quien llevaría a las familias de los destinados en el frente todas aquellas lágrimas, todas aquellas páginas embarradas. Abandonó la trinchera sin dar tiempo al enemigo a prepararse, corrió veloz. Un nuevo estruendo, mucho más cercano, resonó a su espalda. Solo se giró un segundo. Estuvo cerca de detenerse pero se obligó a continuar, a ponerse a salvo, a llevar las cartas a su destino. Tenía que hacerlo porque el mortero había impactado en la trinchera que acababa de abandonar y sus ocupantes ya no sería nunca más que recuerdos, cartas de barro y lágrimas.

Despotismo ¿ilustrado?


Querían seguir "trabajando para el pueblo" sin hacerle ni puto caso. No se daban cuenta de que ahora el pueblo, gracias a ellos, tenía mucho tiempo libre...

12 de enero de 2014

Zombis

Los zombis huían. Los humanos les estaban siguiendo.

11 de enero de 2014

Aquellos trenes...


No fue hasta muchos años después que supe hacia dónde iban los trenes que me despertaban cada madrugada cuando era niño ni cuál era su carga. Durante mucho tiempo solo fueron para mí un recuerdo de infancia, un sonido habitual, una nostalgia de aquella casa en la que nací y viví hasta cumplir los ocho años, antes de mudarnos a la capital...

Cuando supe la verdad, qué representaban aquellos trenes llegados a la estación a altas horas de la madrugada, la multitud agolpada junto a los vagones, el humo que casi se colaba por las ventanas entreabiertas de mi cuarto, los gritos enmudecidos por la lejanía… cuando supe que mis padres lo supieron siempre y no me lo dijeron… cuando lo supe, me obligué a odiarlos para siempre y me marché lo más lejos posible, intentando olvidar una infancia feliz paralela a las cárceles de metal y madera que recorrían las vías de mi ciudad natal, impregnándolas para siempre de dolor, de pérdida, de lágrimas, de sangre…

Aquello fue cuando tenía 15 años, me fui sin volver la vista atrás, con la intención de no regresar jamás. Hoy he comprendido. Sé por fin la verdad completa. No la he conocido hasta no recorrer medio mundo en mis viajes, hasta no sentir en mis propias carnes el miedo a perder a los míos, hasta no saber que he sido igual que tantos y tantos ciudadanos de cualquier lugar que callan las verdades por temor a perder lo que tienen y a los que aman. Ahora vuelvo a mi ciudad natal, con el rabo entre las piernas y el remordimiento de no haber regresado antes. Padre, madre, aquí, ante la tumba en la que ambos descansáis, al pie de nuestra vieja casa, tan cerca de la estación, os pido perdón por no haberos entendido entonces. Fuisteis los mejores padres que ningún hijo pudiese tener.

8 de enero de 2014

Sus ojos en la batalla

Solo fue una vez. Apenas podía ver nada a través del velo de sangre y sudor que cubría mis ojos enrojecidos por el miedo, la furia y todas aquellas noches sin dormir. Blandía la espada más por instinto que por capacidad y me mantenía en pie gracias a la fortuna y a la muerte de tantos y tantos otros... algunos de los que descansaban para siempre a mis pies o agonizaban habían compartido chanzas, canciones y reniegos conmigo hacía solo unas horas. Ahora estaban muertos. Así era la batalla, así es la guerra. Mueres o vives según el capricho de la Parca o de aquel con el que te enfrentas en combate o de esa flecha lanzada al azar desde una muralla... la vida y la muerte jugando a la taba con nuestras almas maltrechas...

Me faltaba el aliento. Tenía los músculos agarrotados y entumecidos. Apenas era capaz de acometer los ataques de los enemigos que no dejaban de llegar por todos los flancos, me sabía muerto y aún así continuaba luchando, hasta el final. Recordaba a los míos, eso era lo que me ayudaba a continuar defendiéndome. No quería que ellos sufriesen el error de nuestro estúpido rey, no quería que los indefensos habitantes de Telaria tuviesen que sufrir las ansias de conquista de un monarca tan necio como para decidir enfrentarse a un reino más grande y preparado que el nuestro. Noté la flecha en el hombro y dejé escapar un gemido. Tuve suerte, no me hirió el brazo de la espada. Con un grito partí la saeta en dos y derramé mi dolor y mi ira entre aquellos que luchaban por abatirme.

Maté a decenas de jinerianos antes de que me rodeasen y me tuviesen a su merced. La Muerte le ganaba la partida finalmente a aquel que jugaba por mi vida… estaba perdido, estaba muerto. Y entonces ocurrió, no le vi llegar, fue como un vendaval de músculos y acero que se llevó por delante a más de una veintena de jinerianos en apenas unos segundos. Recuperé el ánimo como para echarle una mano, aunque puedo jurar que no lo habría necesitado. Me miró a los ojos cuando el último de ellos estaba muerto bajo sus botas de pelo y cuero. Solo fue una vez, pero sirvió para que deseara estar muy lejos de allí, lo que ocultaban los ojos del Cinmerio es imposible de recordar con nitidez, de intentar rememorar siquiera, solo sé que ese día decidí dejar las armas para siempre, abandonar Telaria y rezar para no tener que enfrentarme jamás con alguien como aquel que se convertiría en el futuro en el Rey de Aquilonia…

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7 de enero de 2014

Deseo de Fin de Año


Un año, por Nochevieja, Luis pidió un deseo, compartir más tiempo con los suyos... lleva ya cuatro pidiéndoles un trabajo a los Reyes Magos, porque está un poco cansado de estar todo el día en casa...

4 de enero de 2014

El Túnel

No sé cómo he llegado hasta aquí, solo sé que estoy perdido. Siento la amenaza del encierro, el ahogo. El aire está viciado en esta oscuridad que me rodea, pesa en mis pulmones, anega de calor gélido mi alma. Sé que estoy temblando aunque no tengo la sensación de estar pasando frío. Al fondo resuena una gota que cae en un charco y me estremece tanto como si un poderoso trueno restallase ante mis ojos. No sé dónde estoy, pero mis ojos, poco a poco, comienzan a acostumbrarse a la penumbra y a permitirme distinguir algo de lo que me rodea. Pronto soy capaz de diferenciar las formas sinuosas de un túnel. Tengo los pies mojados y al dar el primer paso noto el fango bajo mis pisadas. Una alcantarilla. Eso es. Debo estar en una alcantarilla. Unos ruidos a mi espalda me hacen presentir la presencia de ratas, odio las ratas.

Camino despacio, alejándome de las inmundas bestezuelas que corretean tras de mí, internándome en un laberinto de túneles malolientes. Con las manos palpo las paredes, buscando un asidero, quizá una escalera que me saque de aquí. No sé dónde estoy ni cómo he llegado. ¿Qué estoy haciendo yo en las alcantarillas? Sigo caminando, el ruido de pisadas y susurros chirriantes se hace cada vez más sonoro, más amenazador. Camino más rápido, aunque es probable que me golpee o que me caiga. Nadie va a socorrerme aquí abajo. Tengo que salir, tengo que salir, tengo que salir…

Y de pronto aprecio el destello verdoso, de pronto todo se vuelve nítido y visible. Alcanzo una estancia ovalada, enorme, una cueva iluminada por un verdor enfermizo. Y lo veo, de pronto lo veo allí, de pie en mitad de todo. Dios mío. Él también me ha visto, sus tentáculos lo han hecho. Intento gritar, grito, pero sé en lo más profundo de mi mente atormentada, que aquí abajo nadie podrá escucharme…

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3 de enero de 2014

La Caída de Grolh-Nor


La emboscada fue brutal. Toda la familia real fue masacrada en unos pocos minutos. No quedó un solo noble con vida. Solo Trenzor y dos de sus guerreros más experimentados sobrevivieron a la lucha. Los tres habrían dado gustosos la vida por aquellos que habían jurado proteger hasta la muerte, pero no había honor en morir por alguien que ya estaba muerto. Las órdenes del enemigo habían sido claras, primero los débiles, después los fuertes... Grolh-Nor había caído, la fortaleza de los minaretes verdes, la Esmeralda de Occidente sería pronto una ciudad maldita e infestada de criaturas diabólicas, no quedaría nadie con vida, el Impero estaba acabado. Trenzor supo que los días de paz habían terminado. Los humanos se habían convertido en presas. Tenían que ocultarse, reagrupar a los supervivientes, contraatacar...

Entonces escuchó los gritos. Procedían de más allá de los muros derrumbados de la ciudad fortificada. Ancianos y niños, eso era lo que quedaba con vida en el interior de Grolh-Nor. Ellos sufrirían los horrores a los que las Bestias sometían a los derrotados en la batalla. Mhïr le aferró del antebrazo urgiéndole a marchar. Él era el único que podría reunir a los humanos bajo un mismo estandarte, decían sus ojos negros. Trenzor se apartó de su amigo con un gruñido. No iba a marcharse, no iba a abandonar a los indefensos a su suerte. No podemos hacer nada por ellos, están perdidos. Trenzor supo en ese momento que si huía sería él quien estaría perdido para siempre. Envainó sus hachas a la espalda y corrió hacia las ruinas de la ciudad.

Con un reniego furioso Mhïr y Tao le siguieron hacia una muerte asegurada. Los tres fueron como una flecha ardiente incendiando las filas de Bestias que se sabían vencedoras. Ninguna de aquellas criaturas esperaba el regreso de los humanos que huían con el rabo entre las piernas. Entrar fue sencillo para tres guerreros como ellos. La ciudad era un caos de muerte y sangre, de fuego y saña, de odio desmedido. Los tres alcanzaron el Templo, dentro se amontonaban decenas de niños llorosos, muchos ancianos y alguna mujer superviviente, apenas había hombres. Pronto fueron rodeados y Trenzor supo que le tocaba dirigir una última acometida desesperada, arengar a un último ejército antes de morir. Las criaturas aguardaban a su señor para actuar, eran bestias pero no eran estúpidas. Cuando este llegó dio la orden de demoler el Templo y masacrar a quienes se resguardasen dentro. Fue el momento escogido. Un ejército de ancianos armado con estacas ardientes surgió como una dentellada hambrienta del interior del edificio, tras ellos corrían los niños, también armados, los más grandes llevando en brazos a los más pequeños. Trenzor, Mhïr y Tao murieron en la embestida, no sin antes derramar la sangre de decenas de Bestias, así como la de su Señor Oscuro. La mayor parte de los adultos y muchos de los niños también murieron, pero hubo muchos otros que pudieron superar la línea enemiga y sobrevivir a la Caída de Grolh-Nor. Esos supervivientes fueron los que años más tarde recuperaron el poder de los hombres y desterraron a las Bestias para siempre, en su estandarte, llevaban dibujados los minaretes verdes que les vieron ser héroes en el pasado.

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2 de enero de 2014

Migas de Pan

Remi terminó de recoger la mesa. No precisó más que un viaje para llevar el vaso, la cuchara y el plato vacío que hacía unos minutos ocupaba un par de cazos de sopa de sobre. En la cocina cogió el paño para pasarlo por el hule, como llevaba haciendo toda la vida después de comer. No es que hiciese falta pasarlo, ni siquiera tenía ya migas de pan que recoger, hacía algunos meses que había dejado de comprar el pan, con lo que se ahorraba tenía para comprar dos días más al mes. Al principio había echado en falta su sabor tras cada bocado, esa compañía que el pan le da a cualquier comida que nos echemos a la boca, pero se había terminado por acostumbrar. A todo se acostumbra una. Obviando los quejidos de sus huesos avejentados y el óxido que se había adueñado de sus articulaciones caminó hasta el armario de su habitación para coger una manta roída por el paso del tiempo, como ella...

No encendió la luz, el ahorro se había convertido en una máxima en su existencia. Quién se lo iba a decir a ella, toda la vida trabajando para ahora tener que racanear cualquier euro que pudiese rascar. No pudo evitar dirigir la mirada al bulto que destacaba en la oscuridad de su vieja habitación de matrimonio, esa que ya no usaba nunca, la que había compartido con su Lucas. Allí, como un recordatorio imperecedero estaba su cama. Una sonrisa triste la hizo suspirar. Echaba tanto de menos a Lucas… cogió la manta y cerró la puerta del armario con mimo. Desanduvo el camino que distaba de su reducto habitual y se dejó caer pesadamente en el sillón orejero en el que dejaba pasar la mayor parte de su vida. Era el sillón que su Antonio le había comprado a Lucas cuando encontró su primer trabajo. Habían estado tan orgullosos de su hijo aquel día. Las lágrimas intentaron desbordar el pliegue de sus ojos, pero Remi había aprendido a controlarlas. A todo se acostumbra una. Incluso a la soledad. O eso dicen quienes no la padecen…

Estuvo a punto de dejarse arrastrar por la pena, por las lágrimas, por la soledad… pero tenía una vía de escape, la había encontrado por casualidad, pero era infalible. Se arropó bien con la manta para no tener que encender la estufa, así ahorraba otros eurillos, quizá para comprar una barra de pan y una tableta de chocolate para Nochebuena, se daría un atracón. Antonio había llamado para decir que no podría venir en Navidad, que en los EEUU les daba igual que su madre la pasara sola. Pobre, con el lío que tiene siempre, no me extraña. Tenía las manos heladas, pero eso se le pasaría en cuanto las metiera bajo la manta. Cogió el mando a distancia y pulsó de encendido. Ahí estaba su vía de escape, su salvavidas, su ventana al mundo del olvido. Se encontró con la imagen de una chica cada vez más deteriorada, una mujer que había envejecido ante sus ojos desgastados, que había reído, llorado, amenazado, insultado a buena parte del mundo. Remi metió las manos bajo la manta. Se olvidó de todo y se dispuso a ver a aquella mujer. Pobrecilla, sufre tanto, está tan sola…