#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

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La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

26 de julio de 2014

La sombra sobre el Támesis


Caminaba despacio, encogido sobre sí mismo, en silencio... la niebla ocultaba su paseo a la sombra del edificio del Parlamento. El aroma del Támesis le provocaba siempre una sonrisa... en especial en los últimos meses al amparo de las sombras. Esta noche volvería a saciar su hambre, volvería a hacerlo...

Se relamía. Hacía años que no experimentaba un placer semejante al del paseo que precedía al asesinato. Extrajo el escalpelo de entre los pliegues de su capa negra y lo examinó con deleite. Era gracioso que nadie fuese capaz de sospechar que un simple ciudadano de a pie, con nociones básicas de cirugía veterinaria, fuese el asesino más buscado de la historia de Londres. Había incluso quien se hacía pasar por él, aunque lo que más le gustaba era que los periódicos inventasen detalles sobre su vida y le achacasen motivos que ni siquiera se había planteado. Se rió en silencio, imaginándose que años después alguien incluso tuviese la ocurrencia de otorgarle el rol de un gentleman, cuando no era más que un simple ayudante de carnicero...

Iba tan distraído que no vio los restos dejados en el suelo por un caballo poco escrupuloso con la limpieza londinense... resbaló, con tan mala fortuna que sajó su propio gaznate con el reluciente escalpelo, asfixiado en su propia sangre cayó al río y fue arrastrado por la corriente. Nunca apareció su cuerpo y el carnicero solo tuvo que contratar a otro ayudante hábil con los cortes. El famoso Jack el destripador, acababa de morir de la manera más estúpida que nadie pudiese imaginar y, de ese modo, hizo nacer una de las leyendas más inmortales del mundo.


Moraleja: quizá no esté tan mal que los dueños de mascotas dejen sus cosillas por el suelo...

13 de julio de 2014

¿Por qué echar un polvo más?


Tras vestirme apresuradamente en el lavabo entro en la habitación iluminada por las rendijas de una persiana, en la cama aprecio el bulto de mi última conquista, una preciosidad pelirroja, es irlandesa o eso he creído entender antes de conseguir que su boca y su lengua se dedicasen a menesteres más apetecibles que el hablar en un idioma que ni entiendo ni pretendo entender. He disfrutado con ella, Elein, creo que se llama… está buenísima y se ha comportado como una auténtica experta en la cama. Tengo que dejar de menospreciar a las veinteañeras, saben casi más que yo.

Sigue desnuda y apetecible. Le regalo un último beso en los labios, ni siquiera se molesta en incorporarse, sabe que me tendría ahora mismo si quisiera, yo también lo sé, pero no quiere, así que me marcho.

No creo que la vuelva a ver en la vida.

Echar un polvo está sobrevalorado, lo sé, lo pienso siempre que eyaculo y me quedo tendido en la cama sin saber qué hacer con el cuerpo aún caliente que me acompaña y que, en el peor de los casos, decide que es buena idea seguir dándonos arrumacos, besos y caricias que ya no llevarán a ninguna parte. 

Lo sé cada vez que me encuentro sudado y demasiado incómodo como para dormir en condiciones, aunque no os voy a engañar, tras acabar suelo tardar menos de un minuto en quedarme profundamente dormido. Es verdad que en ocasiones es divertido y ayuda a conocer mundo y situaciones interesantes que de otro modo jamás podría haber vivido, pero una vez consumado el acto de joder… lo dejo de encontrar atractivo. Es instantáneo. Por suerte esta noche ella sabía lo que quería tanto como yo, un buen polvo y a dormir.

Siempre me digo que para qué esforzarme, para qué intentar tirarme a otra tía por el mero hecho de hacerlo, para qué acariciar sus pechos y su espalda con un deleite casi enfermizo, para qué sentir la calidez de su carne anhelante entre mis dedos, para qué no dejar de recorrer con mi lengua ni un centímetro de su piel, para qué apreciar su rostro jadeante y entregado en la penumbra, para qué permitir que su lengua desate en mí mis propios jadeos y placeres inexplicables, y para qué, finalmente, penetrarla en todo lugar que ella me permita y terminar desatado, vacío… siempre me lo pregunto al terminar. ¿Para qué echar un polvo sin más?

No creo que vuelva a hacerlo porque sí, de ahora en adelante si no hay algo más ahí, no me acostaré con ninguna mujer…

Joder cómo está la rubia. Parece del este. Creo que voy a entrarle, a ver si tengo suerte y me acuesto con ella esta noche…

8 de julio de 2014

La vida de Alissa

Alissa era una niña pizpireta, todos lo decían en el barrio, todos la aplaudían cuando bailaba alegre en el mercado o sonreían divertidos cuando la escuchaban hablar sus primeras palabras e intentaba cantar. Todos pensaban que sería una niña feliz, que crecería sana y preciosa. Un día dejaron de sonreír al mirarla, algunos incluso la contemplaban con mal disimulado odio, a pesar de que ella aún continuaba bailando y apenas había aprendido a hablar del todo pero ya cantaba como un pequeño ángel. Cuando la tienda de su padre fue asaltada apenas nadie se dignó a ofrecerla consuelo, ni siquiera la Señora Wolf, que hacía apenas unos meses decía quererla como si fuese su propia nieta. Ella no lo sabía, pero la culpa de todo la tenían sus abuelos por haber emigrado a Alemania hacía muchos años, ellos y la estrella amarilla que llevaba cosida en la ropa y que ella había aprendido a odiar. Cada día la vida de Alissa fue un poco peor, ya no bailaba ni sonreía y sus padres temieron que se hubiese quedado muda para siempre, porque el día que los tres fueron golpeados en la calle ella dejó de hablar y cantar para siempre.

Un día vinieron los camiones. Empujaron a su interior maloliente a Alissa, a sus padres y a muchos de sus vecinos. El viaje fue largo, agotador. No todos aguantaron. Pero al final algunos llegaron a su destino. Un grupo de soldados gritó a través del ladrido de sus furiosos perros, de modo que la niña no sabía quiénes ladraban más fuerte. Les separaron nada más llegar. Entre lágrimas su padre y su madre la abrazaron como si quisieran llevarla para siempre en sus entrañas, pero nada pudieron hacer frente a los soldados y sus armas. Un chico intentó escapar y otro se lanzó frente a uno de los soldados, los dos murieron al instante.

Alissa no vio a sus padres nunca más, durante meses permaneció encerrada en un campo de concentración, no volvió a decir una palabra. Pero en el último momento, encerrada con otras doscientas personas en unas duchas de las que nadie salía con vida, abrió la boca para cantar, sonreír, bailar y conseguir que todos aquellos infelices murieran con una sonrisa, pensando en lo pizpireta que parecía aquella niña de ocho años.


El hombre con prisa

Tenía mucha prisa, quizá demasiada. Siempre se lo habían dicho. Y aunque reconocía que todos los que lo afirmaban tenían razón, no podía menos que seguir corriendo, buscando lo antes posible, impacientándose por alcanzar unas metas que ni siquiera conseguía entrever en el horizonte de un futuro que no terminaba de llegar nunca. No podía explicarlo bien, era una comezón en el estómago, el sentimiento de que algo le faltaba, algo que tenía que llegar y que nunca llegaba...

Cuando era pequeño quería crecer lo antes posible, durante sus relaciones personales intentaba siempre alcanzar lo antes posible la culminación de las mismas y cuando viajaba, corría todo lo posible para llegar a su destino antes que nadie. Nunca llegaba tarde a una cita, siempre tenía prisa. Para llegar y para marcharse, siempre con prisa, allá donde fuera...

Y antes de darse cuenta siquiera llegó el día de su muerte, la niña de las pecas y los rizos rubios le miró de arriba a abajo y le hizo ver su vida antes de llevárselo de la mano al otro lado de la existencia. Solo entonces se dio cuenta de la futilidad de su prisa, de cuánto había corrido y de todo lo que le faltaba por vivir. Aunque ya era demasiado tarde para remediarlo.