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Artículo publicado en Diábolo Magazine

25 de noviembre de 2014

El despertar


Fue un día cualquiera, ni siquiera lo había pensado o planeado. Aquella noche él volvía bebido, como siempre y ella temblaba cobijada en la cama, como siempre. Le escuchó recorrer tambaleante el pasillo hasta la habitación, abrir la puerta de la habitación sin intentar sofocar un solo sonido, sino más bien todo lo contrario, a él poco le importaba que los niños llevasen ya varias horas en la cama. Suspiró, sabía que esa noche venía con la mirada, esa mirada que había aprendido a temer y odiar. 

Comenzó a sentir los espasmos de los temblores, casi podía reconocer en su cuerpo los cardenales y golpes que aún no le había dado… esa noche. Pero esa ocasión fue diferente, cuando él se acercó a la cama gritando y levantó la mano para golpearla algo se removió en su interior, algo que hizo que levantase asimismo su mano y detuviese con firmeza la de su maltratador. 

Él gruñó como una bestia, intentó apartarla, golpearla, humillarla, pero ella no soltaba su mano, esa noche no, estaba harta, esa noche todo cambiaría, por fin. Y, por una vez, se supo más fuerte que él. Se levantó de la cama con una tranquilidad que la asombraba, arrastró al hombre hacia la puerta de la calle y le lanzó al pasillo con una fuerza que no conocía, que nunca había tenido. Después, con un suspiro de dolor, pero también de alivio, llamó a la policía. Nunca más volvió a verlo, nunca más tuvo esa fuerza, nunca más dejó que nadie le levantase la voz y mucho menos la mano. Porque nadie, repetía una y otra vez a todas las personas a las que ayudó en el futuro, nadie tiene derecho a ejercer la fuerza sobre los demás por el mero hecho de ser más grande, más fuerte o, también le gustaba repetir, más cobarde e idiota.