18 de enero de 2015

La paz de la nieve


La nieve siempre tiene algo de pacífico, de pausa y sosiego. Lonz amaba las nevadas desde niño. Siempre que tenía la oportunidad de hacerlo cerraba los ojos, levantaba en rostro en dirección al cielo y se dejaba mecer por la paz de una nevada. Incluso en la tormenta más intensa encontraba una mesura que no era capaz de encontrar en ningún otro momento de su existencia. Allí, como ahora estaba, mecido por la tranquilidad de la nieve, por el arrullo de su rumor al invadir campos y ciudades, podía disfrutar de algunos segundos de verdadera paz.

A través del murmullo de la nieve al caer, al depositarse en paz sobre todo lo que había bajo ella, escuchó un sonido diferente, extraño, un ruido estridente que rompía su paréntesis de paz en un mundo envuelto en guerras, en dolor, hambrunas y muerte. Aún mantuvo los ojos cerrados unos segundos más, a pesar de que su momento había pasado. Como ese sueño que sabes que ya has perdido pero que aún no quieres abandonar, se obligó a continuar allí, inmóvil, en silencio, escuchando la estridencia a través del velo de paz que ya había traspasado. 

Supo que estaba rodeado y con una mueca de disgusto se obligó a abrir los ojos, su vida no valía demasiado ni para él mismo pero no iba a permitir que unas bestias inmundas se aprovechasen de ella. Él era el único que podría acabar con ella cuando así lo decidiese. El mundo y los tiempos que le habían tocado en suerte eran aborrecibles, pero aún no había llegado su hora. Antes de desenvainar la espada se supo acosado por, al menos, cinco o seis trasgos, acompañados de un par de orcos, una alianza realmente extraña en los tiempos que corrían –se dijo. Un par de minutos más tarde, cuando Lonz retomó su camino, la nieve volvía a invadir aquel claro. El gobierno de su blancura roto solamente por el calor de la sangre verduzca de los trasgos y los orcos, cuyos cuerpos empezaban a ser envueltos por la apariencia de paz, de pausa y de sosiego que deja a su paso una nevada.