9 de enero de 2015

La Respuesta


Asís miró a su hermano. Hassan, a su lado, no despegaba la mirada del material preparado para el atentado. Lo tenían todo listo, estaba todo programado y controlado, no podían fallar. Delante, Hammed conducía respetando todas las señales y normas del tráfico, ya habría tiempo después, en la huida, para romperlas. Estaban a apenas tres manzanas del lugar elegido, un agujero creciente en su estómago no le dejaba tranquilizarse, pero estaba todo tan estudiado que era imposible fallar. Lo sabía, y aún así, temblaba ligeramente. Cerró los ojos y respiró profundamente, palpó su propio material, todo estaba dónde y cómo debía. Abrió los ojos y se preparó. Su hermano rezó en voz alta, Hammed le coreó sin perder la concentración. Su destino estaba marcado.

LLegaron. Hassan le miró directamente a los ojos insuflándole ánimos. Ambos se embozaron y gritaron una consigna que tenían desde niños. Con el material dispuesto bajaron del coche siguiendo el plan fijado. Entraron en el edifico y ejecutaron la acción tal y como estaba prevista. Fue tan rápida que nadie pudo detenerles ni molestarles lo más mínimo. Apenas tardaron cinco minutos en entrar y salir. Hammed hizo su parte y los tres salieron de allí veloces, en un coche sin matrícula que días después apareció abandonado en un barranco. Al llegar a su refugio encendieron la televisión para ver el resultado de su acción en las noticias. Todo el mundo hablaba de ellos, eran héroes, aunque había algo más que esa búsqueda de notoriedad, algo más profundo y humano en lo que acaban de acometer...

Los noticieros televisivos y radiofónicos de todo el mundo, las rotativas, los portales de internet, las redes sociales, las conversaciones ocasionales… no hubo nadie que en las horas y días siguientes no hablasen de aquel acto. Todo el mundo sonrió, que tres valientes, de los que se desconocía paradero e identidad, hubiesen irrumpido en la capital del islamismo radical y, en enormes letras verdes hubiesen escrito Libertad en el centro mismo de la ciudad, frente al acuartelamiento principal de sus tiranos fue algo que dio fuerzas a todos aquellos que piensan que la pluma es más poderosa que las armas.

Asís siempre estuvo orgulloso de haber sido el responsable de ese dedo corazón con forma de lápiz que él y su hermano les dedicaron a esos idiotas que se creían héroes de una causa en la que ni ellos creían.