22 de enero de 2015

La última aventura

Hacía tanto que no escribía que no sabía por dónde empezar. Sus dedos temblorosos, su mente cada día algo más apagada, su vista... y su naturaleza desidiosa acrecentada por los años y el cansancio le habían alejado de sus relatos y de sus novelas, de todo lo que había sido su vida durante toda su existencia. Ahora, en aquel asilo, olvidado por sus admiradores, por sus amigos y por su familia, acompañado de dolores y quejidos propios y ajenos, había llegado a olvidar quién fue, quién era y quién sería para sus lectores para siempre...

Esa noche se había propuesto escribir, dejar una última obra que le convirtiese en inmortal, crear una historia brillante que relumbrase cuando él no fuese más que recuerdos y cenizas. Recordaba haber escuchado que Fiódor Dostoyevski había escrito "El jugador" en una única velada en compañía de Anna Grigórievna Snítkina, a quien se la había dictado frase a frase... en el pasillo estaba la enfermera de guardia, o la guardia vestida de enfermera. No creía que ella se prestase a ese juego y mucho menos que se casara con él tiempo después. Se carcajeó de su propia ocurrencia y se atragantó. Estuvo tosiendo unos minutos. Le quedaba tan poco tiempo...

Se armó de valor, encendió el portátil por una última vez y abrió un archivo nuevo que decidió llamar “La última aventura”. Estuvo escribiendo durante horas y por momentos pareció perder el temblor de sus dedos, su desapego natural por el trabajo duro o el sueño que cada noche se había llevado tantas y tantas historias sin contar… al llegar el alba, la enfermera entró a despertarle para el desayuno y lo encontró muerto junto a la luminosidad de una pantalla encendida. Tras las pertinentes tramitaciones, su hijo se topó con el ordenador encendido, con el último archivo guardado y se aventuró en la última creación de su padre. Una novela perfecta salvo por el final, que no había podido terminar. Tardó muchos meses, pero el hijo logró concluir la última aventura iniciada por su padre y al hacerlo, por fin, por primera vez en su vida, notó la mano cálida de este sobre su hombro, su sonrisa afable y supo que era más parecido a él de lo que siempre había pensado y que se habían querido tanto que nunca fueron capaces de decírselo.