1 de febrero de 2015

Arana y la Gárgola

Arana esquivó por escasos centímetros la maza esgrimida por su enemigo. Estaba en serios problemas. Una gárgola era, con diferencia, la criatura más peligrosa con la que podría haberse encontrado. De hecho, se creían extintas. No podían existir. Las últimas de su raza aberrante habían sido destruidas en la Batalla de la Alianza, hacía siglos.... ¿cómo era posible?

Era una luchadora experimentada. A pesar de su juventud, había sobrevivido a más aventuras y peligros de los que cualquier habitante de Telluón sobreviviría jamás, pero no estaba demasiado segura de poder salir con vida de este enfrentamiento. Nunca se había enfrentado a un enemigo tan veloz y agresivo, ni siquiera los Ogros eran tan terribles como el ser que tenía delante. De casi tres metros de altura y gesto aterrador, fauces pobladas de colmillos y cuernos puntiagudos, la criatura tenía una piel tan dura como el granito y los embistes de su mazo provocaban ligeros temblores de tierra al impactar a sus pies. No sabía cómo atacar o contrarrestar siquiera sus ataques. A su espalda, Dag y Dalrag se movían nerviosos, asustados, gimientes.

Una explosión a su derecha provocó que saltase ágil a su izquierda, quedando demasiado cerca de su enemigo, le costó recobrar el equilibrio unos segundos más de la cuenta. La gárgola aprovechó la cercanía de la elfa y su desequilibrio para apartar la maza y atacar con las garras desnudas. Arana no sabía qué era más terrible, si el arma esgrimida por aquella bestia o sus inmensas zarpas. Actuó por puro instinto, dejó que se acercase todo lo posible antes de apartarse de un nuevo salto, logrando que su atacante perdiese el equilibrio y cayese de bruces en el barro. Aquella caída fue la señal que había estado esperado, la gárgola estaba agotada. Ese fue el momento en el que desenvainó por fin su espada, arrastrando con la luz de su hoja la oscuridad reinante. Permitió que la gárgola se levantase, no había ningún honor en masacrar a un enemigo caído. La criatura, incapaz de entender que la muchacha era más rápida, volvió a abalanzarse sobre ella. Arana cerró los ojos y dejó que su instinto, desarrollado durante decenios de entrenamiento y lucha, actuase. La bestia murió casi en el acto, prácticamente partida en dos por el fulgurante fuego azul de la espada de la elfa. Y esta cayó de rodillas, elevando una plegaria al Dios Creador por haberla ayudado en la lucha. Podía continuar. Estaba muy cerca, lo presentía…


Ecos de Telluón