1 de febrero de 2015

Carteles en la ventana


Hubo una vez dos amigos que se miraban día a día tras la ventana de sus casas, enfrentadas y separadas por apenas unos metros de distancia, y se escribían mensajes en carteles de papel desde allí para contarse secretos, saludarse o regalarse una sonrisa cuando lo necesitaban. Lo hacían desde que eran muy pequeños y era una costumbre que no dejaban de cumplir ni en invierno ni en verano ni en primavera ni en otoño… sobre todo en otoño, porque parece que la lluvia, el viento y los sepias son buenos amigos de la necesidad de apoyo. Se llamaban Daniela y Julián, tenían la misma edad, iban al mismo curso y, aunque se llevaban muy bien y se querían mucho, nunca se habían dicho cuánto se amaban el uno al otro, porque se amaban en secreto y ni siquiera ellos lo sabían, nunca se habían atrevido a confesárselo ni a ellos mismos. 

Un día, cuando los dos eran ya mucho más mayores y estaban cerca de terminar la universidad ocurrió algo terrible, Daniela se puso muy enferma, tanto, que estuvo muchas semanas en el hospital. Nadie podía entrar a visitarla y solo se la podía ver a través de una minúscula ventanita redonda a la que Julián se asomó todos los días que ella estuvo convaleciente, al menos durante una hora cada día. Y allí, en la ventanita, los padres de Daniela se encontraban todos los días un papelito pegado con una palabra o una letra o una frase cualquiera que la madre decidió guardar en una cajita de cartón, para cuando su hija estuviese recuperada. 

Dicen que, muchos años después, sobre la chimenea de la casa de una pareja de ancianos, un niño descubrió un cuadro con palabras de diversos colores y tamaños que decía: “Te quiero, siempre te he querido, te esperaré lo que haga falta, pero, por favor, recupérate, deja que te diga al oído todo lo que te he escrito en secreto a lo largo de estos años”. Y dicen que los ancianos le explicaron esa noche qué significaba ese cuadro, de dónde procedía. Y que el niño, desde entonces, por alguna razón inexplicable, quiso aún más a su abuelo y que él mismo escribió cosas parecidas a una chica que le gustó algún tiempo después y que le haría el hombre más feliz del mundo, aunque esa, amigos, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

1 comentarios :

Lily Tempeltom dijo...


Me ha encantado esta preciosa historia de amor. En pocas palabras cuantos sentimientos.

Un saludo.