3 de febrero de 2015

El despertar de Roshark


El dragón se removió inquieto. Había alguien en sus dominios. Una presencia ominosa, punzante... no era el primer visitante inoportuno que intentaba robarle mientras descansaba, como demostraban los restos metálicos de presuntos héroes y guerreros de diversas razas procedencias y épocas. Había veces que ni siquiera se molestaba y dejaba que las pequeñas rémoras de piedra que coexistían con él en la gigantesca gruta se ocupasen de aquellos infelices. Pero en esta ocasión la presencia de aquel intruso resultaba imposible de obviar. Enturbiaba su descanso. Abrasaba su alma de magma. Llevaba casi un siglo dormitando y aún podría haberlo hecho durante un par de siglos más antes de despertar, sin embargo se obligó a abrir los dos párpados que protegían sus pupilas de fuego y gruño con un ronroneo que habría hecho temblar a un ejército de ogros.

La primera intención de Roshark fue la de abrasar con su aliento al intruso, hacerle comprender el error de irrumpir en sus dominios. Se desperezó con un poderoso y nutrido grupo de chasquidos de tendones y crujido de huesos. La Gruta era lo suficientemente grande como para abrir las alas en toda su extensión. En su interior, el orgulloso dragón, sonrió. Estaba seguro de que el fisgón estaría ya huyendo despavorido... sin embargo la figura permanecía inmutable frente a él. A sus pies se retorcían y encogían las rémoras de piedra. Tenía la espada envainada. El rostro, pálido y demacrado, destacaba en la oscuridad de la caverna. La armadura que cubría al guerrero era más negra que la propia oscuridad. La espada... aquella espada... el dragón pareció encogerse al saber quién le había despertado...

El dragón humilló la testa y cerró los ojos, aguardando. Su destino acababa de cambiar. Su vida de libertad y sosiego había terminado, lo sabía. Había llegado el momento de cumplir el juramento que todas las Criaturas Oscuras realizaban al nacer. La figura embozada en obsidiana musitó apenas unas palabras y Roshark asintió. Una guerra estaba a punto de empezar y él sería la punta de lanza de la contienda. Los humanos tenían los días contados, aunque ellos ni siquiera lo sospecharan. Al abandonar su morada durante siglos supo que nunca regresaría, para bien o para mal, su existencia había cambiado para siempre. En la gruta quedó, inmóvil, el misterioso caballero de negro.