7 de febrero de 2015

En las Murallas de Recia Piedra


Thuroll se encogió todo lo posible cuando la ráfaga de viento amenazó con arrojarle muralla abajo. Se arropó con su abrigo de piel de oso y se maldijo por haber hablado más de la cuenta y haberse ganado aquella guardia cuando no le tocaba. No había nada más tedioso que una guardia sobre las Almenas Rocosas. Nunca había nada más allá de las murallas. Ninguna criatura oscura ni enemigo de los enanos sería tan estúpido como para intentar conquistar la inexpugnable Recia Piedra, la capital enana era una inabarcable fortaleza horadada bajo la roca y el mar, extendida a lo largo de más de diez islas de Regínsulae. Además disponía de varios cuerpos de seguridad y protecciones arcanas. Nadie en su sano juicio atacaría a los enanos, ni siquiera un ejército de dragones sería capaz de hacer caer la ciudad enana. O, al menos, lo que ellos entendían por ciudad...

Aún quedaban muchas horas para que llegase el alba y el cambio de guardia. Horas de frío y somnolencia que se había ganado él solo. ¿A quién se le ocurría rebatir una orden directa de su superior? ¡Era un estúpido! No era la primera guardia que pasaba en aquel puesto, a dos centenares de pasos de su compañero más cercano, pero aquel era un trabajo más propio de aprendices y escuderos que de un guerrero enano. A no ser que fuese uno tan estúpido como para contradecir un mandato. En su aburrimiento hizo recuento, solo en la última Estación Oscura había realizado cinco de aquellas tediosas vigilias. Estaba claro que la disciplina marcial y la obediencia no era uno de sus puntos fuertes, aunque aquella falta era en muchas ocasiones una virtud en combate. El viento arreció, golpeando a Thuroll con furia. El enano escupió una blasfemia Y es que a Thuroll aquellas guardias le parecían una estupidez. Nada ni nadie había intentado siquiera acercarse a las murallas de Recia Piedra, ¿para qué, entonces, seguir subiendo allí, noche tras noche?

Las nubes se desplazaron ligeramente, dejando ver la luna llena, que envolvió con su reflejo de plata la inmensa llanura rocosa que se extendía durante varios kilómetros, hasta perderse en los Afilados, un conjunto de farallones rocosos a los que el mar golpeaba furioso perpetuamente. Thuroll admiró el paisaje a sus pies, a casi seiscientos pasos de altura de donde se encontraba y se relajó. Su país era una maravilla rígida y compacta, como su raza. Y entonces ocurrió algo que le dejó sin aliento. Apreció un movimiento a lo lejos. Un temblor creciente llegó hasta él, primero a través de la roca, que los enanos eran capaces de apreciar casi como una parte más de su existencia y posteriormente en sus propios huesos. Se asomó a las murallas, en un movimiento tan repentino que estuvo cerca de hacerle caer montaña abajo. Y lo vio. Thuroll vio el terror en la distancia. El fuego y la piedra, aliados naturales de los enanos, avanzando hacia Recia Piedra con la intención de derribarla y destruirla. Se restregó los ojos con el cuero que cubría sus manos. Mantenía la esperanza de estar siendo víctima de una alucinación o un espejismo. Pero no, cada vez se hacía más evidente la terrible ola de magma y roca que acechaba a los enanos… e hizo algo que estaba terminantemente prohibido bajo pena de muerte: abandonó su puesto en la muralla y descendió a las galerías. Tenía que avisar a toda la ciudad. Estaban en grave peligro.