15 de febrero de 2015

Fortuna en la Batalla


Se levantó con un profundo dolor de cabeza. Estaba cubierto de sangre y de barro aunque, por más que se miró, no fue capaz de encontrarse ninguna herida propia. Realmente era un trasgo con suerte. Birik esbozó una mueca que pretendía ser feroz, cuando uno se enfrentaba a los humanos tenía que resultar lo más fiero posible. A los pies de un ogro decapitado encontró una pequeña espada abandonada a su suerte, prácticamente cubierta de lodo. Asió la empuñadura resbaladiza y midió la hoja, era casi tan larga como él, pero tan liviana que sería capaz de esgrimirla sin demasiadas dificultades...

Empezó a nevar... Birik escupió una maldición, ¡odiaba la nieve y el frío! Acostumbrado a la vida bajo la montaña, en las oscuras y cálidas galerías subterráneas, encontrarse a la intemperie ya era un castigo, pero encima hacerlo en aquel continente helado... era una pesadilla. Claro que él no podía hacer nada, se debía al juramento de sus antepasados, debía acudir a la llamada del Oscuro o todos los suyos sufrirían. No es que le importase mucho la suerte del resto de su clan, pero él entraba dentro de la fórmula y no quería acabar siendo torturado durante toda la eternidad en algún recóndito rincón del Infierno. La batalla se había desplazado hacia el oeste, podía escuchar el entrechocar de armas, los gritos de dolor, la muerte... se sorprendió de seguir con vida e ileso y recordó el encontronazo con aquel enorme humano armado con dos cimitarras plateadas, el golpe con el orco que caía, el vacío en el que se había imbuido... seguro que le habían dado por muerto. Eso era lo que le había salvado, por el momento...

Birik se armó de valor y tomó una decisión trascendental en su existencia. Pensaba largarse. Dejaría atrás la guerra, las batallas y se perdería en alguna galería perdida de una región de Telluón lo más cálida posible. La eternidad era algo demasiado lejano y difuso para su mente. Cuando atravesaba el campo de batalla poblado de muertos y moribundos de ambos bandos escuchó un trueno creciente, un rumor aterrador que le inmovilizó en el punto en el que se encontraba. Se refugió tras el corpachón desgarrado de un troll especialmente horrible y se embadurnó aún más de barro, intentando pasar desapercibido. Y los vio llegar, una infinidad de Goroks Blancos, criaturas legendarias incluso para los trasgos más siniestros. Eran enormes, muchos doblaban en corpulencia y altura a un troll adulto. Cubiertos de pelaje blanco su avance parecía una pesadilla. No había un solo hueco posible para escapar de su amenaza. Birik contuvo el llanto. Nada sobrevivía ante la acometida de un Gorok, ni amigos ni enemigos. Una vez más tuvo suerte, puesto que pasó por una víctima más en el campo de batalla. O eso creyó en un principio, porque durante años, aquel trasgo desertor, encerrado en una mazmorra inmunda de Ultimregnia, torturado e interrogado hasta la muerte, juró que uno de aquellos monstruos níveos le había mirado directamente a los ojos y le había otorgado una segunda oportunidad.