21 de marzo de 2015

El gato indeciso...


Había una vez un gato que no sabía qué quería ser de mayor, una tarde, mientras paseaba por la sabana se perdió y no supo cómo volver a casa, así que deambuló por entre las robustas patas de los elefantes, se escabulló de las leonas hambrientas y se escondió de un leopardo con ganas de juerga. La noche cayó de repente y el pobre gatito se acurrucó bajo un baobab, tenía mucha hambre y mucho frío, porque, aunque el sol pegue con fuerza sobre el suelo de África, cuando cae la noche, el frío es el amo y señor de la planicie, acompañado en su gobierno por el viento silbador. Rugidos, bramidos y mugidos llegaron hasta él, así que el gatito se encogió todo lo posible, intentando hacerse invisible en la oscuridad. De repente alguien chistó en la noche y el gato intentó encogerse un poco más, el que había chistado antes lo hizo aún algo más fuerte y como el gato no abría los ojos, terminó por gritarle en voz alta que qué hacía ahí escondido, bajo el baobab que era su hogar. El pobre gato no tuvo más remedio que abrir los ojos y se encontró con un babuino que le miraba desde las alturas… al verlo, vio algo grande, enorme, luminoso que había detrás del mono. Era, era, era algo impresionante y realmente increíble. El babuino se percató de que la mirada del gato se alejaba más allá de donde él estaba y sonrió… “la ha descubierto” –pensó- ha descubierto la magia de la luna. Dicen que el gato intentó saltar para alcanzarla. Primero saltó unos centímetros, después un metro y después más y más y más… aunque ni así pudo alcanzar la luna… dicen que el mono y aquel gato, que se convirtió en el primer serval de la historia, se hicieron grandes amigos y que juntos salvaron África de una invasión de termitas, de una sequía provocada por el hombre e incluso de una guerra entre animales que podría haber sido terrible, pero esas, amigos, son otras historias y deberán ser contadas en otra ocasión.