21 de abril de 2015

Encuentro de Magos

El anciano elfo llamó a la puerta con sus nudillos elegantes y arrugados por el paso de los años. Sabía que el dueño de la casa no iría a abrirle la puerta y que tampoco se encontraría ante un aprendiz o criado que lo hiciera, pero uno no podía entrar en la casa de Muchamagia sin llamar a la puerta, eso era algo que sabían hasta los magos más inexpertos de Telluón. El sonido de unas campanillas juguetonas irrumpió en el ambiente. El pasillo estaba en penumbras, pero se adentró sin ningún temor en sus sombras y dejó que su figura fuese tragada por la oscuridad. No fue capaz de calcular ni el tiempo ni la distancia que deambuló por el mágico y sinuoso pasaje. De improviso se encontró en una salita de estar demasiado pequeña para una casa como esa, pero demasiado grande para lo que aparentaba desde fuera. Se extrañó. Era la primera vez que se veía en la necesidad de acudir a ese lugar y todo para él era asombroso, a pesar de ser uno de los seres más poderosos y sabios del mundo.

Sobre una mesilla descubrió la taza aún humeante de una infusión, acompañada por una taza vacía y una jarra tan vieja como el resto del mobiliario. Colgado de un perchero descubrió un sombrero puntiagudo, demasiado estrafalario para su gusto. Se quedó embobado mirando el sombrero, incapaz de decidir si se trataba de un sombrero azul con estrellas amarillas o amarillo con estrellas azules. Durante varios minutos no pudo hacer más que mirar la extraña prenda y preguntarse por el poder del dueño de aquella morada. Y así habría seguido durante mucho tiempo más de no ser por la brusca interrupción de una tos fingida.

Supo que Muchamagia estaba allí, sentado en un sillón orejero dirigido a una ventana y demasiado alto como para dejar ver lo que ocultaba. El ser más poderoso de la Creación, el mago más impresionante, el sabio más aclamado, el… ¿abuelo en ropa interior? Inaldrim, el Sabio Elfo, no supo nunca si aquello había sido una visión o la realidad, pero habría jurado que había visto al más grande de los magos en ropa interior, sin embargo en ese instante podía apreciar que el anciano iba ataviado con una túnica semejante a su sombrero.

Era la primera vez que podía ver al mito viviente. Muchamagia aparentaba fragilidad y locura, eso lo sabía bien, pero tras su apariencia estrafalaria se encontraba un ser realmente poderoso. Tenía la cara muy delgada, surcada por decenios de sabiduría (vamos, arrugas, de toda la vida), su barba, blanca y despeinada, era tan larga que le cubría buena parte del pecho, apenas tenía pelo en la cabeza y sus ojos chispeaban entre alegres y alocados. Inaldrim no supo qué opinar sobre aquel ser que siempre, desde que era un joven aprendiz de mago, había querido conocer. Iba a hablar, intentó realizar una reverencia e incluso abrió la boca para emitir un saludo, pero Muchamagia se adelantó, tan imprevisible como su magia, tan extravagante como su mundo…

-Sabía que vendrías, Inaldrim, sabía que vendrías… ¿quieres un té?
-Yo…
-Venga, venga. No seas melindroso. Siéntate aquí, frente a este pobre viejo y recuérdame cómo es el mundo…
-Pero, ¿dónde?

Un sillón gemelo al de Muchamagia se apareció frente al de este. Inaldrim no tuvo más remedio que sentarse y aceptar el té.

-Lleva más azúcar del que debería tomar y, sí, me has descubierto, lleva un poquito de licor de miel, pero bueno, supongo que me lo perdonarás.
-Gran Mago, yo…
-Tómatelo, te vendrá muy bien. Además, se acercan tiempos oscuros, amigo mío, hay que sonreír antes de que llegue lo que tiene que llegar…
-Pero…
-El Oeste se está levantando, Inaldrim… la oscuridad vuelve a tomar forma. Ella… no es lo suficientemente fuerte como para irrumpir en Telluón, aún no… pero sus vástagos. Se acerca una guerra.
-¿Una guerra? Yo solo he escuchado rumores de batallas en tierras de los hombres y ellos siempre están enfrentados unos a otros. ¡Es imposible que…!
-Sí, los hombres son egoístas y belicosos. Siempre parecen querer más de lo que tienen. No como vosotros, los elfos, que sois más… más… más… ¡desprendidos! Sí, eso, desprendidos. Pero no, en esta ocasión no son los hombres los que acechan la paz del mundo. Es algo más siniestro y espantoso.
-Yo solo venía…
-Ya te daré otro día la receta para el reúma. Hoy te necesito para otra cosa.
-Pero…

Muchamagia se incorporó en el sillón y sus ojos parecieron chispear de furia durante unas décimas de segundo. Inaldrim enmudeció.

-El mundo está en serio peligro. Nunca, desde la Guerra de los Dragones, hemos estado en un peligro semejante. La Oscuridad… crece. Mis girasoles están marchitos. La magia dolorida… tienes que hacerme un favor.
-¿Un favor?
-Sí, hay un chico… es muy joven e inexperto. De hecho dicen que no es demasiado espabilado ni demasiado fuerte ni demasiado ágil ni demasiado valiente… y sin embargo es nuestra última esperanza.
-¿Un… un… héroe?
-Sí, un Héroe. Especialmente porque se trata de alguien que no es para nada especial, pero realizará proezas extraordinarias, de eso puedes estar seguro. Un héroe de verdad.
-¿Y qué puedo hacer yo?
-Debes escucharle y ayudarle. Debes conseguir que los elfos le escuchen, aunque creo que eso es algo en lo que se puede apañar muy bien él solo.
-¿Cómo le reconoceré?
-Es fácil, Inaldrim. Te parecerá muy poca cosa y sin embargo, te sorprenderá. Es un joven bastante… sorprendente.
-¿Y cómo se llama ese humano?
-Wilfredo… Sir Wilfredo de Montesquiau. Me han dicho los gorriones que anda perdido por una zona pantanosa de Regdraconinsa, aunque con este muchacho, nunca se sabe…