19 de agosto de 2015

Un trabajo desagradable


No le gustaba su trabajo… o al menos no le gustaba desde que la Guerra había terminado con el Tratado de Alcáçovas hacía apenas unos meses. Era un hombre de guerra, había sido criado para luchar, solo sabía vivir en la batalla. Lo había demostrado con creces en Toro e incluso en la lejana Guinea, se había dejado un ojo y media mano defendiendo a su reina… y ahora, ¿ahora? Ahora tenía que correr con el rabo entre las piernas y obedecer a la usurpadora, a la autoproclamada Reina de Castilla. Isabel –Escupió con desdén. Si hubiesen vencido las tropas de Juana ahora sería general de ejércitos, habría liderado una hueste de valerosos soldados prestos para cualquier batalla, habría… se obligó a dejar de soñar, habían perdido. Habían sido derrotados. Se había convertido en el maldito recadero de “su majestad”.

Julián González de Ledesma era un hombre leal y repleto de convicciones, habría preferido morir a convertirse en títere de una reina en la que no creía y a la que no habría jurado obedecer bajo ningún concepto, pero también era un hombre práctico e inteligente y si quería continuar con sus privilegios de soldado veterano más le valía amoldarse a las circunstancias. Ya no sería nunca capitán ni lideraría a las tropas, tendría suerte si le permitían continuar con el rango de sargento y no le arrebataban sus tierras ni su fortaleza, pero tenía que conformarse con aquel arreglo firmado bajo juramento… si no por él, sí por sus tres hijas pequeñas, “acogidas” en el Castillo de la Coracera bajo la atenta custodia de un pequeño grupo de caballeros e infantes. No había tenido más remedio que claudicar y jurar lealtad a Isabel, aunque la habría gritado que no merecía ocupar aquel trono. Habría aceptado gustoso la horca de haberle podido gritar a esa… mujer, pero sus hijas no se merecían eso, ni la horca ni el destierro, por eso había terminado firmando y había aceptado aquel encargo con el que ganaría su libertad. Una libertad endemoniada y vigilada hasta el extremo, sí, pero en su hogar y con los suyos. No le gustaba en absoluto, pero merecía la pena.

Golpeó furioso los flancos de su caballo con las espuelas y este estuvo cerca de encabritarse y levantarse sobre los cuartos traseros, mas Julián era un experto jinete y no solo logró apaciguar a su montura sino dirigir su dolor en pos de acelerar su camino, aún estaba a casi una hora de su destino y tenía prisa por llegar. Una vez concluyese su trabajo podría regresar a su propia fortaleza en tierras cacereñas, donde hacía un calor de mil demonios en verano, pero donde se sentía a salvo y lejano a disputas cortesanas. Donde no tendría que luchar más por salvar su vida. Estaba harto de nobles y de políticas, él era un soldado… o al menos lo había sido. Duro, brutal incluso en ocasiones, pero siempre justo y leal a los suyos. No, no le gustaba nada la política.

Los tres jinetes que le acompañaban se las vieron y desearon para mantener su paso y no perderle de vista, especialmente el joven escribano enviado por la reina para tomar buena cuenta de todo lo ocurrido. Dejando a un lado el monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias, el viejo soldado cruzó el Río Alberche y llegó al pie de una colina en cuyo valle se extendía una amplia y fulgurante dehesa en la que se erigía lo que los lugareños empezaban a llamar recientemente Las Casas, un conjunto de edificios dispersos en los que vivían campesinos, albañiles y labriegos, según le dijeron un par de juglares y un grupo de segovianos que pretendían formar un rebaño de ovejas con el que comerciar. Un lugar con mala fama entre los vecinos de la Villa de San Martín, aunque a él le pareció un rincón como cualquier otro, incluso semejante a sus tierras, quizá esa mala fama tuviese que ver con los impuestos que aquellas gentes no querían pagar al monasterio y con los pleitos crecientes y dispares. El dinero y el poder siempre son capaces de hacer malas lenguas de aquellos con los que no tiene un buen trato a su favor.

En lo alto de un promontorio se alzaba su destino. Un pequeño baluarte utilizado como pabellón de caza y refugio ocasional, el castillo del Cerrillo de los Moros, el lugar que la reina o alguno de sus estúpidos consejeros le habían ordenado derruir para ganar su libertad y el salvoconducto que le permitiría volver a casa.

Al llegar allí no pudo menos que apreciar la hermosa sencillez de la pequeña fortaleza, rodeada por un foso de ocho metros de ancho y una robusta muralla que sería difícil atacar y muy sencillo defender. Aquel lugar, lo había estudiado a fondo antes de partir, tenía más de un siglo y medio de historia, había sido ordenado levantar por el Señor de Villena Don Juan Manuel, hijo del Infante Don Manuel de Castilla y nieto del Rey Fernando III el Santo. Miembro de la Casa Real Don Juan Manuel fue tutor del Rey Alfonso XI de Castilla y un reconocido escritor, conocido especialmente por una obra que Julián no leería jamás por completo, pero que se convertiría en un referente literario e histórico durante muchos siglos, “El Conde Lucanor”.

Los escasos siervos del lugar y la joven patrulla de guardias le franquearon el paso al comprobar el documento que le acreditaba como nuevo y fugaz señor de aquel bastión y, especialmente, al percibir sus años de experiencia y superioridad. Julián dedicó casi dos horas a recorrer la fortaleza, tampoco es que fuese nada del otro mundo. Constaba de un pequeño torreón de planta rectangular con una torreta circular adosada a uno de sus lados, nada demasiado importante o bello y sin embargo, supuso, una gran pérdida para su desterrado señor. Se imaginó siendo obligado a abandonar su hogar y supo que aquello debía ser como acabar destripado o desmembrado, como si le arrancasen a uno parte del alma. El hogar no lo conforman las piedras que lo sustentan ni los objetos que lo adornan, pero allí, entre aquellas paredes, podía apreciarse el sentir y la forma de ser de su morador. No, no le gustaría sufrir algo así y no le gustaba tener que ser el ejecutor de aquella afrenta a la historia y a la vida de uno de los perdedores de la guerra. A alguien más parecido a él de lo que le gustaba admitir para sí mismo.

Julián González de Ledesma no era un hombre sentimental, pero estaba seguro de que aquello que tenía que hacer estaba mal y que le dolería hacerlo. Decidió pasar allí la noche, disfrutar de un lugar que pronto sería pasto de la historia, quizá se convirtiera en un rincón maldito, en un lugar en el que crecerían leyendas imposibles y que nadie sabría desentrañar en el futuro… si Don Juan Manuel levantara la cabeza volvería a ocultarla apenado por aquel hogar malogrado. Pidió cena, ante lo que los siervos tuvieron que descender a “Las Casas” en busca de algo que ofrecer a su nuevo señor. Julián se permitió incluso encender el hogar. Si iba a pasar allí una noche, si sus hijas deberían dormir al amparo de sus enemigos pasados y ahora aliados una noche más, al menos lo haría de la manera más cómoda posible.

Se acostó observando cómo la luna llena iluminaba la rica dehesa que rodeaba la fortaleza y en la que un grupo de casas anunciaba lo que sería, a Julián no le cabía duda alguna, una futura villa.

Los sirvientes, tal y como habían sido ordenados, le despertaron con el alba. Mandó a los guardas llevar aviso de sus pretensiones a los habitantes del lugar y ordenó a los siervos que recogiesen cuanto hubiese de valor para ellos, él no se llevaría nada de allí salvo el recuerdo de lo que habría sido un buen hogar de haberlo requerido y un pequeño sello plateado con una media luna grabada que halló incrustado entre dos piedras sobre la chimenea. Cuando todos estuvieron listos ordenó situar los cañones frente a la barbacana de la fortaleza. No habían pensado en la munición y no habían preparado nada, por suerte alguien debió pensar en alguna ocasión que aquel era un lugar muy adecuado para albergar una gran cantidad de proyectiles de piedra. Aquella sí que fue una ironía, las armas y balas pensadas para defenderlo serían las que derruirían palmo a palmo el baluarte.

Situado frente al portalón de entrada, cobijado por nubes amenazadoras de lluvia y mecido por un viento frío que comenzaba a anunciar el frío invierno castellano, Julián González de Ledesma, capitán de los ejércitos de Juana la Beltraneja, convertido oficialmente en emisario de Isabel la Católica ordenó disparar los cañones y destruir el castillo del Cerrillo de los Moros. Tras él, el joven escribano, de nombre Andrés de Valderrábano, que pocos años después tomaría parte y levantaría acta del descubrimiento del Pacífico junto a Vasco Núñez de Balboa, tomó nota de cuanto acontecía en un documento que nadie leería jamás y que acabaría sepultado por montañas de piedra tras el olvido en la jauría de los acontecimientos por la Católica.

Todos los habitantes de Las Casas se situaron a su espalda, espantados y sobrecogidos por el terrible y absorbente espectáculo. Las madres aferraban a los hijos y los hombres rezaban entre murmullos, si la reina actuaba así frente a las piedras qué no haría ante las personas. Aquel era un futuro pueblo Isabelino, adoraban a la que sería la reina de Castilla, la respetaban y veneraban, aquel día, aprendieron también a temerla. Por el rabillo del ojo, el emisario de la reina comprobó que algunos de los siervos, encogidos de dolor, lloraban, aquel había sido su hogar desde siempre. No tenían adónde ir ni un futuro al que acogerse.

El futuro de Julián era incierto, como el de aquellos vasallos desvalidos, como el de aquel pueblo que empezaba a sentirse como tal, como el de aquella fortaleza que había crecido orgullosa por encina de la dehesa y ahora no era más que un montón de ruinas humeantes y piedras descoyuntadas. Nadie dijo que vivir fuese fácil. 

Julián González de Ledesma era un hombre práctico y poco soñador, pero se permitió imaginar cómo sería aquel lugar en el futuro y ante él creyó ver un pueblo que crecía orgulloso de sus tradiciones, incluso de aquel montón de muros dislocados e informes que, en otro tiempo, fue una pequeña fortaleza. Sí, aquel sería un buen lugar para vivir.

Con un cabeceo se despidió de los anonadados lugareños, después, tras dedicar una última mirada a la destrucción que le habían enviado acometer y realizar un gesto asertivo hacia el escribano espoleó a su caballo para regresar al Castillo de la Coracera, recuperar a su familia y regresar a sus tierras en las lejanas tierras cacereñas, donde el calor era un enemigo mucho más apacible que cualquier soldado y donde quizá, y solo quizá, terminaría escuchando alguna de las jocosas y aconsejadoras historias del Conde Lucanor.



Escrito en la Villa de Las Casas, más conocido como Navas del Rey en la actualidad
A 5 de agosto de 2015

En memoria de los forjadores de leyendas y soñadores de todas las épocas