#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

15 de febrero de 2015

Fortuna en la Batalla


Se levantó con un profundo dolor de cabeza. Estaba cubierto de sangre y de barro aunque, por más que se miró, no fue capaz de encontrarse ninguna herida propia. Realmente era un trasgo con suerte. Birik esbozó una mueca que pretendía ser feroz, cuando uno se enfrentaba a los humanos tenía que resultar lo más fiero posible. A los pies de un ogro decapitado encontró una pequeña espada abandonada a su suerte, prácticamente cubierta de lodo. Asió la empuñadura resbaladiza y midió la hoja, era casi tan larga como él, pero tan liviana que sería capaz de esgrimirla sin demasiadas dificultades...

Empezó a nevar... Birik escupió una maldición, ¡odiaba la nieve y el frío! Acostumbrado a la vida bajo la montaña, en las oscuras y cálidas galerías subterráneas, encontrarse a la intemperie ya era un castigo, pero encima hacerlo en aquel continente helado... era una pesadilla. Claro que él no podía hacer nada, se debía al juramento de sus antepasados, debía acudir a la llamada del Oscuro o todos los suyos sufrirían. No es que le importase mucho la suerte del resto de su clan, pero él entraba dentro de la fórmula y no quería acabar siendo torturado durante toda la eternidad en algún recóndito rincón del Infierno. La batalla se había desplazado hacia el oeste, podía escuchar el entrechocar de armas, los gritos de dolor, la muerte... se sorprendió de seguir con vida e ileso y recordó el encontronazo con aquel enorme humano armado con dos cimitarras plateadas, el golpe con el orco que caía, el vacío en el que se había imbuido... seguro que le habían dado por muerto. Eso era lo que le había salvado, por el momento...

Birik se armó de valor y tomó una decisión trascendental en su existencia. Pensaba largarse. Dejaría atrás la guerra, las batallas y se perdería en alguna galería perdida de una región de Telluón lo más cálida posible. La eternidad era algo demasiado lejano y difuso para su mente. Cuando atravesaba el campo de batalla poblado de muertos y moribundos de ambos bandos escuchó un trueno creciente, un rumor aterrador que le inmovilizó en el punto en el que se encontraba. Se refugió tras el corpachón desgarrado de un troll especialmente horrible y se embadurnó aún más de barro, intentando pasar desapercibido. Y los vio llegar, una infinidad de Goroks Blancos, criaturas legendarias incluso para los trasgos más siniestros. Eran enormes, muchos doblaban en corpulencia y altura a un troll adulto. Cubiertos de pelaje blanco su avance parecía una pesadilla. No había un solo hueco posible para escapar de su amenaza. Birik contuvo el llanto. Nada sobrevivía ante la acometida de un Gorok, ni amigos ni enemigos. Una vez más tuvo suerte, puesto que pasó por una víctima más en el campo de batalla. O eso creyó en un principio, porque durante años, aquel trasgo desertor, encerrado en una mazmorra inmunda de Ultimregnia, torturado e interrogado hasta la muerte, juró que uno de aquellos monstruos níveos le había mirado directamente a los ojos y le había otorgado una segunda oportunidad.

14 de febrero de 2015

Como dijo Confucio, está claro que la televisión es un medio del que nos fiamos muchísimo y que nos mantiene pegados al sillón durante muchísimas horas de nuestro tiempo libre y ayer, mientras veía un conocidísimo programa de entretenimiento que encanta a los más jóvenes y que se nutre de actores, cantantes, políticos y demás, me dio por pensar… ¿y qué pasaría si, por lo menos de vez en cuando, el invitado o la invitada escribiese literatura infantil y juvenil?, ¿no haría leer mucho más que cualquier campaña de fomento de la lectura? En fin, cosas mías, ya sabéis…

El concierto de Isabel

Una sonrisa, aquello fue lo único que necesitó Isabel para conseguir las entradas que tanto había querido. Gracias a ellas podía llevar a su hermana Laura al Festival de Música de su pueblo. ¡Fue tan emocionante! Las dos niñas estuvieron durante días preparando su visita, eligiendo la ropa, escuchando y aprendiéndose las canciones que sonarían. Al llegar el día del enorme festival, una tormenta arruinó el acto, que no se podía volver a convocar, porque acababan las fiestas y las vacaciones… fue un chasco, pero gracias a él, Isabel y Laura se esforzaron para que el festival creciese más al año siguiente y para que su ayuntamiento se hiciese con una carpa y que los cantantes se comprometiesen a regresar… pronto el festival fue el más grande de España y las hermanas García se hicieron unas famosas productoras que, años más tarde y sin salir de su pueblo, salvo para viajes de negocios o de ocio o para acudir a conciertos… crearon la productora musical más grande del mundo, Hermanas García Records, que se hizo incluso con los derechos de los cantantes más famosos e increíbles, aunque esa, amigos, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

8 de febrero de 2015

Sombras sobre Tirol


Tirol era la ciudad más peligrosa de Regdraconinsa, un puerto de tercera en el que solo atracaban los mercaderes más osados o ingenuos de Telluón. Nido de mercenarios y traficantes, no era un lugar recomendable para extraños o débiles. Si no tenías nada que ofrecer o una buena espada o daga que supieses manejar con soltura, lo mejor que podías hacer era permanecer lo más alejado posible de allí. Ni siquiera la Guardia de Plata osaba adentrarse en los mugrientos y grisáceos edificios de Tirol. Enanos y hombres se disputaban la hegemonía de la ciudad, aunque el verdadero amo y señor del puerto era Legash, un semi-ogro enorme al que respetaban propios y extraños...

El imaginario trono desde el que se gobernaba la ciudad portuaria estaba situado en una taberna infecta regentada por dos trasgos. En Tirol se aceptaba la presencia de algunas criaturas odiadas en las tierras de los hombres,.. siempre y cuando se tratase de renegados de sus propias tribus y creencias, así que era relativamente sencillo encontrar trasgos, orcos e incluso algún ogro dedicado al tráfico ilegal más suave o menos comprobable. Y allí, en el habitual salón de audiencias de Legash irrumpió una mañana Arid, un niño de unos diez años que malvivía en el puerto realizando pequeños hurtos a extranjeros desprevenidos o realizando recados ocasionales para el semi-ogro o algún mercader atracado en el puerto...

El enorme gobernante se levantó de un salto, dispuesto a abofetear al muchacho por su insolencia. Una gran jarra de cerveza espumosa se desparramó por el suelo de la taberna. Haría que aquel niño insensato la pagase con su trabajo. Le caía bien y le había protegido en muchas ocasiones, pero era del todo inaceptable aquella impertinencia, todo el mundo en Tirol sabía que para hablar de Legash el comerciante había antes que pedir audiencia a través de sus lacayos. Aquel mocoso acababa de incumplir la ley más rígida de toda la ciudad portuaria. Sin embargo, cuando el semi-ogro escuchó el mensaje del pequeño interrumpió la bofetada en el acto. Aquello que más temía estaba a punto de ocurrir. Las sombras se cernían sobre el mundo de los hombres. Él y todos los renegados que habían traicionado su cultura ancestral estaban condenados. Una era de terror y oscuridad estaba a punto de comenzar y por primera vez en su vida no supo qué hacer ni de qué lado combatir. Lo que supo, sin ningún lugar a dudas, fue que Tirol y todo el que permaneciese en aquel puerto del sureste de Regensis, sería arrasado pronto, muy pronto…

7 de febrero de 2015

Como dijo Confucio, dicen que avanzamos hacia una sociedad cada día más moderna y más justa… pero, en realidad, mientras desaprovechemos las oportunidades que nos ofrece la cultura y la educación y no las extendamos lo máximo posible por todo el mundo, mientras existan las gigantescas y crecientes desigualdades mundiales y mientras exista la corrupción en las más altas esferas políticas y económicas, será imposible que avancemos, porque cada vez que solo avanzan unos pocos, el resto de personas se ocupan, más tarde o más temprano, de equilibrar la balanza como mejor sepan hacerlo.

El cumpleaños más feliz de Samuel


Puede que todo hubiese sido una mentira, pero había sido tan hermosa que a Samuel no le importaba. Le dio igual que el paisaje nevado de su sexto cumpleaños fuese de cartón, que su futbolista favorito ni siquiera se hubiese enterado de que él iba a celebrar una fiesta y no fuese más que un póster recortado del Marca o que las sonrisas de sus padres escondiesen una profunda tristeza por no poderle dar cuanto quería y ellos creían que merecía su hijo. Aquel había sido el cumpleaños más feliz de toda su vida. Dicen que, muchos años después, siendo ya muy mayor, Samuel tuvo un cumpleaños en el que todo era de verdad, el futbolista que le encantaba, la risa franca de sus padres e incluso el paisaje nevado que le rodeaba, aunque, ni siquiera ese día, pudo sentirse tan feliz como cuando cumplió 6 años y sus padres, sin apenas nada, le dieron todo cuanto tenían y que ese día, al recordar aquello, decidió ayudar a que los cumpleaños y días especiales de todos los niños que no tenían casi nada fuesen los mejores que hubiesen podido soñar jamás y que, incluso logró hacer sonreír a un niño que creía que alguien le había robado la sonrisa… aunque esa, amigos, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

En las Murallas de Recia Piedra


Thuroll se encogió todo lo posible cuando la ráfaga de viento amenazó con arrojarle muralla abajo. Se arropó con su abrigo de piel de oso y se maldijo por haber hablado más de la cuenta y haberse ganado aquella guardia cuando no le tocaba. No había nada más tedioso que una guardia sobre las Almenas Rocosas. Nunca había nada más allá de las murallas. Ninguna criatura oscura ni enemigo de los enanos sería tan estúpido como para intentar conquistar la inexpugnable Recia Piedra, la capital enana era una inabarcable fortaleza horadada bajo la roca y el mar, extendida a lo largo de más de diez islas de Regínsulae. Además disponía de varios cuerpos de seguridad y protecciones arcanas. Nadie en su sano juicio atacaría a los enanos, ni siquiera un ejército de dragones sería capaz de hacer caer la ciudad enana. O, al menos, lo que ellos entendían por ciudad...

Aún quedaban muchas horas para que llegase el alba y el cambio de guardia. Horas de frío y somnolencia que se había ganado él solo. ¿A quién se le ocurría rebatir una orden directa de su superior? ¡Era un estúpido! No era la primera guardia que pasaba en aquel puesto, a dos centenares de pasos de su compañero más cercano, pero aquel era un trabajo más propio de aprendices y escuderos que de un guerrero enano. A no ser que fuese uno tan estúpido como para contradecir un mandato. En su aburrimiento hizo recuento, solo en la última Estación Oscura había realizado cinco de aquellas tediosas vigilias. Estaba claro que la disciplina marcial y la obediencia no era uno de sus puntos fuertes, aunque aquella falta era en muchas ocasiones una virtud en combate. El viento arreció, golpeando a Thuroll con furia. El enano escupió una blasfemia Y es que a Thuroll aquellas guardias le parecían una estupidez. Nada ni nadie había intentado siquiera acercarse a las murallas de Recia Piedra, ¿para qué, entonces, seguir subiendo allí, noche tras noche?

Las nubes se desplazaron ligeramente, dejando ver la luna llena, que envolvió con su reflejo de plata la inmensa llanura rocosa que se extendía durante varios kilómetros, hasta perderse en los Afilados, un conjunto de farallones rocosos a los que el mar golpeaba furioso perpetuamente. Thuroll admiró el paisaje a sus pies, a casi seiscientos pasos de altura de donde se encontraba y se relajó. Su país era una maravilla rígida y compacta, como su raza. Y entonces ocurrió algo que le dejó sin aliento. Apreció un movimiento a lo lejos. Un temblor creciente llegó hasta él, primero a través de la roca, que los enanos eran capaces de apreciar casi como una parte más de su existencia y posteriormente en sus propios huesos. Se asomó a las murallas, en un movimiento tan repentino que estuvo cerca de hacerle caer montaña abajo. Y lo vio. Thuroll vio el terror en la distancia. El fuego y la piedra, aliados naturales de los enanos, avanzando hacia Recia Piedra con la intención de derribarla y destruirla. Se restregó los ojos con el cuero que cubría sus manos. Mantenía la esperanza de estar siendo víctima de una alucinación o un espejismo. Pero no, cada vez se hacía más evidente la terrible ola de magma y roca que acechaba a los enanos… e hizo algo que estaba terminantemente prohibido bajo pena de muerte: abandonó su puesto en la muralla y descendió a las galerías. Tenía que avisar a toda la ciudad. Estaban en grave peligro.

5 de febrero de 2015

El sitio de Nudicus


Fue tan repentino que no supo si lo había visto de verdad. A través del humo y de la sangre había creído distinguir una forma oscura mirándole con una sonrisa malévola. Un ser taimado que disfrutaba de la contienda, un espectador maligno que prometía un futuro desafío. Eduard lo olvidó casi tan rápido como hubo aparecido, aunque noches después lo recordaría en sueños, tan nítido que ya le resultaría imposible olvidarlo. Sin embargo en esos momentos su vida corría peligro, la espada de uno de sus caballeros impidió que un trasgo le decapitase con una hoz oxidada. El rey agradeció la defensa con un reniego y se enfrentó con un nuevo enemigo, no sabía si serían capaces de sobrevivir a aquella gélida noche a las puertas de Nudicus.

Habían acudido a la ciudad en ayuda de su hermano Ricard, que había visto su región invadida por una hueste oscura. No era inhabitual que reducidos grupúsculos de entes monstruosos atacasen ocasionalmente alguna aldea o asesinasen a algún campesino o mercader despistado. Regnivum era un continente peligroso y el norte de las Montañas Heladas era un refugio perfecto para que aquellos seres se parapetaran y ocultaran de los humanos. No obstante esta vez era algo diferente y mucho más peligroso. Varios clanes se habían reunido bajo un mismo estandarte, orcos, trasgos, ogros… e incluso algún troll gigantesco. Se había reunido una fuerza considerable para atacar a los humanos. Dos pueblos habían sido masacrados sin piedad, algo que el rey de Nudicus no estaba dispuesto a dejar sin respuesta. La lucha se había recrudecido y alargado durante días, por lo que Ricard había solicitado ayuda a su hermano. Una alianza interracial como aquella parecía imposible. Algo hacía sospechar que había algo más poderoso detrás del ataque.

Lo que nadie esperaba era que un dragón atacase las murallas heladas de la ciudad y a sus habitantes. Los caballeros llegados de Oblectatium habían llegado a tiempo de contemplar cómo la magia y el hielo de Nudicus repelían a la criatura, un monstruo bermellón, reluciente. Eduard supo pronto que en terreno abierto serían presas fáciles para el dragón. Aunque ocurrió algo que nadie supo explicar y salvó la vida de los valientes integrantes de su ejército. Algo pareció llamar la atención del leviatán logrando que este alzase el vuelo, dejando el ataque en manos de sus no menos malévolos generales y jefes de clan. La batalla se extendió a lo largo de toda la noche, la nieve se empapó con la sangre de amigos y enemigos, la victoria fue demasiado costosa. Y cuando despuntaba el alba, los supervivientes de aquella batalla, héroes de Nudicus y Oblectatium, se encerraron en la Ciudad de Hielo, intentando reponer fuerzas y recomponerse. Desde las almenas heladas de la ciudad, Ricard y Eduard vieron regresar al dragón, acompañado del ejército oscuro más inmenso que nunca habían visto reunido. Casi tres mil criaturas de diversas razas y tamaños, entre las que se encontraban varias gárgolas, que en Telluón cercaron Nudicus, dejando a los últimos guerreros humanos de Regensis encerrados. Solo entonces Eduard comprendió lo que había ocurrido. Habían caído en una trampa.

3 de febrero de 2015

El despertar de Roshark


El dragón se removió inquieto. Había alguien en sus dominios. Una presencia ominosa, punzante... no era el primer visitante inoportuno que intentaba robarle mientras descansaba, como demostraban los restos metálicos de presuntos héroes y guerreros de diversas razas procedencias y épocas. Había veces que ni siquiera se molestaba y dejaba que las pequeñas rémoras de piedra que coexistían con él en la gigantesca gruta se ocupasen de aquellos infelices. Pero en esta ocasión la presencia de aquel intruso resultaba imposible de obviar. Enturbiaba su descanso. Abrasaba su alma de magma. Llevaba casi un siglo dormitando y aún podría haberlo hecho durante un par de siglos más antes de despertar, sin embargo se obligó a abrir los dos párpados que protegían sus pupilas de fuego y gruño con un ronroneo que habría hecho temblar a un ejército de ogros.

La primera intención de Roshark fue la de abrasar con su aliento al intruso, hacerle comprender el error de irrumpir en sus dominios. Se desperezó con un poderoso y nutrido grupo de chasquidos de tendones y crujido de huesos. La Gruta era lo suficientemente grande como para abrir las alas en toda su extensión. En su interior, el orgulloso dragón, sonrió. Estaba seguro de que el fisgón estaría ya huyendo despavorido... sin embargo la figura permanecía inmutable frente a él. A sus pies se retorcían y encogían las rémoras de piedra. Tenía la espada envainada. El rostro, pálido y demacrado, destacaba en la oscuridad de la caverna. La armadura que cubría al guerrero era más negra que la propia oscuridad. La espada... aquella espada... el dragón pareció encogerse al saber quién le había despertado...

El dragón humilló la testa y cerró los ojos, aguardando. Su destino acababa de cambiar. Su vida de libertad y sosiego había terminado, lo sabía. Había llegado el momento de cumplir el juramento que todas las Criaturas Oscuras realizaban al nacer. La figura embozada en obsidiana musitó apenas unas palabras y Roshark asintió. Una guerra estaba a punto de empezar y él sería la punta de lanza de la contienda. Los humanos tenían los días contados, aunque ellos ni siquiera lo sospecharan. Al abandonar su morada durante siglos supo que nunca regresaría, para bien o para mal, su existencia había cambiado para siempre. En la gruta quedó, inmóvil, el misterioso caballero de negro.

1 de febrero de 2015

Carteles en la ventana


Hubo una vez dos amigos que se miraban día a día tras la ventana de sus casas, enfrentadas y separadas por apenas unos metros de distancia, y se escribían mensajes en carteles de papel desde allí para contarse secretos, saludarse o regalarse una sonrisa cuando lo necesitaban. Lo hacían desde que eran muy pequeños y era una costumbre que no dejaban de cumplir ni en invierno ni en verano ni en primavera ni en otoño… sobre todo en otoño, porque parece que la lluvia, el viento y los sepias son buenos amigos de la necesidad de apoyo. Se llamaban Daniela y Julián, tenían la misma edad, iban al mismo curso y, aunque se llevaban muy bien y se querían mucho, nunca se habían dicho cuánto se amaban el uno al otro, porque se amaban en secreto y ni siquiera ellos lo sabían, nunca se habían atrevido a confesárselo ni a ellos mismos. 

Un día, cuando los dos eran ya mucho más mayores y estaban cerca de terminar la universidad ocurrió algo terrible, Daniela se puso muy enferma, tanto, que estuvo muchas semanas en el hospital. Nadie podía entrar a visitarla y solo se la podía ver a través de una minúscula ventanita redonda a la que Julián se asomó todos los días que ella estuvo convaleciente, al menos durante una hora cada día. Y allí, en la ventanita, los padres de Daniela se encontraban todos los días un papelito pegado con una palabra o una letra o una frase cualquiera que la madre decidió guardar en una cajita de cartón, para cuando su hija estuviese recuperada. 

Dicen que, muchos años después, sobre la chimenea de la casa de una pareja de ancianos, un niño descubrió un cuadro con palabras de diversos colores y tamaños que decía: “Te quiero, siempre te he querido, te esperaré lo que haga falta, pero, por favor, recupérate, deja que te diga al oído todo lo que te he escrito en secreto a lo largo de estos años”. Y dicen que los ancianos le explicaron esa noche qué significaba ese cuadro, de dónde procedía. Y que el niño, desde entonces, por alguna razón inexplicable, quiso aún más a su abuelo y que él mismo escribió cosas parecidas a una chica que le gustó algún tiempo después y que le haría el hombre más feliz del mundo, aunque esa, amigos, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

Arana y la Gárgola

Arana esquivó por escasos centímetros la maza esgrimida por su enemigo. Estaba en serios problemas. Una gárgola era, con diferencia, la criatura más peligrosa con la que podría haberse encontrado. De hecho, se creían extintas. No podían existir. Las últimas de su raza aberrante habían sido destruidas en la Batalla de la Alianza, hacía siglos.... ¿cómo era posible?

Era una luchadora experimentada. A pesar de su juventud, había sobrevivido a más aventuras y peligros de los que cualquier habitante de Telluón sobreviviría jamás, pero no estaba demasiado segura de poder salir con vida de este enfrentamiento. Nunca se había enfrentado a un enemigo tan veloz y agresivo, ni siquiera los Ogros eran tan terribles como el ser que tenía delante. De casi tres metros de altura y gesto aterrador, fauces pobladas de colmillos y cuernos puntiagudos, la criatura tenía una piel tan dura como el granito y los embistes de su mazo provocaban ligeros temblores de tierra al impactar a sus pies. No sabía cómo atacar o contrarrestar siquiera sus ataques. A su espalda, Dag y Dalrag se movían nerviosos, asustados, gimientes.

Una explosión a su derecha provocó que saltase ágil a su izquierda, quedando demasiado cerca de su enemigo, le costó recobrar el equilibrio unos segundos más de la cuenta. La gárgola aprovechó la cercanía de la elfa y su desequilibrio para apartar la maza y atacar con las garras desnudas. Arana no sabía qué era más terrible, si el arma esgrimida por aquella bestia o sus inmensas zarpas. Actuó por puro instinto, dejó que se acercase todo lo posible antes de apartarse de un nuevo salto, logrando que su atacante perdiese el equilibrio y cayese de bruces en el barro. Aquella caída fue la señal que había estado esperado, la gárgola estaba agotada. Ese fue el momento en el que desenvainó por fin su espada, arrastrando con la luz de su hoja la oscuridad reinante. Permitió que la gárgola se levantase, no había ningún honor en masacrar a un enemigo caído. La criatura, incapaz de entender que la muchacha era más rápida, volvió a abalanzarse sobre ella. Arana cerró los ojos y dejó que su instinto, desarrollado durante decenios de entrenamiento y lucha, actuase. La bestia murió casi en el acto, prácticamente partida en dos por el fulgurante fuego azul de la espada de la elfa. Y esta cayó de rodillas, elevando una plegaria al Dios Creador por haberla ayudado en la lucha. Podía continuar. Estaba muy cerca, lo presentía…


Ecos de Telluón