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"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

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La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

19 de diciembre de 2016

La Navidad de Dani


Las cosas no iban demasiado bien en casa de Dani, a sus 10 años había visto desaparecer poco a poco muchas de las cosas de las que disfrutaba desde que era pequeño, cosas que creía que eran habituales. Primero fueron los fines de semana a la sierra, porque sus padres habían tenido que malvender la casa de los abuelos por menos de la mitad de lo que valía, después fueron las vacaciones a la playa, hacía ya dos veranos que no salían de Madrid, y luego fueron muchas cosas más: la mayoría de las extraescolares, las salidas al cine, los dvd… ahora casi siempre estaban en casa, veían pelis pirata de mala calidad gracias al adsl de los vecinos del tercero, sus padres discutían casi todos los día por culpa del dinero y la despensa se llenaba gracias a sus abuelos por parte de madre. La vida de Dani había cambiado mucho desde que su padre se había quedado sin trabajo, hacía ya tres años. Su madre limpiaba alguna casa y ayudaba a los señores del cuarto, pero con el dinero que ganaba casi no había para nada de nada. Su padre buscaba y buscaba, pero no había ningún trabajo para él.

A Dani nunca le había gustado estudiar… y ahora, sin saber por qué, cada mañana se levantaba con menos ganas de ir al colegio o de hacer los deberes. Sus padres hablaban de cartas del banco y pronunciaban mucho la palabra desahucio. Dani sabía lo que era, cuando tenía ocho años había colaborado en una campaña lanzada desde su cole para ayudar a Martina, la friki, como la llamaban casi todos, incluso él algunas veces, una niña triste y gris, solitaria y cabizbaja, a la que nadie se acercaba nunca, como si tuviese una enfermedad contagiosa. Dani había ayudado a Martina, claro que sí, todos lo habían hecho en el cole, pero nadie quería ser como ella. A sus 10 años comprendía que iba camino de ser como Martina… y eso le aterraba, por eso cada día estudiaba menos, por eso cada día iba con menos ganas al colegio. 

Una mañana, cuando volvía a su casa después de clase, se topó con una bolsa de la compra que alguien había dejado olvidada en la calle. Era enorme y pesaba muchísimo. Dani se acercó con cautela al verla apoyada junto a una farola. Y al asomarse no pudo menos que emitir un “oh” gigantesco. Estaba llena de turrones y dulces navideños. Dani, que llevaba unos meses sin poder coger el autobús, estaba solo en la calle. Miró a todas partes y no vio a nadie. No había nadie. Cogió la bolsa, muy asustado, la escondió en su mochila (para lo que tuvo que sacar unos libros) y corrió hasta casa, agitado y asustado, pensando que alguien le gritaría que devolviese esos dulces. Que era un ladrón. Que eso no era suyo. Que no se lo merecía. 

Al llegar al pie de su portal se encontró con el vagabundo que dormitaba junto al cajero del banco. Dudó un instante, pero si él había tenido tanta suerte como para encontrarse más dulces de los que había soñado ver en toda la Navidad, el señor Ramón, que había sido el dueño de la tienda de chucherías cuando él era pequeño y le saludaba cada mañana con una sonrisa, a pesar de su triste situación, se merecía también una pizca de esa fortuna. Se agachó a su lado, le dedicó un saludo y un susurro con el que le deseó una Feliz Navidad. Sacó la bolsa y le entregó la mitad de los dulces, incluso el turrón de chocolate, que era el que más le gustaba de todos. Ellos no tenían casi nada, pero el señor Ramón tenía mucho menos, por eso le dio la mitad de lo encontrado. Al hacerlo se sintió bien, muy bien, de hecho.

Esa Navidad fue muy especial. Dani la vivió con su familia. Fue un festejo apagado y humilde, escueto, pero repleto de su mutua compañía y de deseos de un año mejor. Tuvo un único regalo, solo uno. Una pequeña bolsa de deporte en la que se cobijaban unas fantásticas botas de fútbol. Dani recordó cuando entrenaba los martes y los jueves, esa temporada había tenido que borrarse. Y pensó en el esfuerzo que sus padres habían hecho para que él y su hermano tuviesen un regalo en Navidad. Les quiso más que nunca.

Todo seguía igual. Su padre sin trabajo, su madre mal trabajando, el señor Ramón en la calle, él y su hermano dejando de hacer cosas, los abuelos tristemente sonrientes… pero estaban juntos. Y él tenía botas nuevas. Y se había encontrado una bolsa repleta de dulces de Navidad. Y sin saber por qué se acordó de Martina, a quien todos habían ayudado… Dani miró a su familia y lo supo, supo que todo iba a ir mejor.

Al pasar la Navidad y volver al colegio, lo primero que hizo fue acercase a Martina y charlar con ella. Empezó con un saludo, continuó con una sonrisa y se convirtió en una amistad infinita. Juntos pusieron en marcha un proyecto que finalizó con la reapertura de la tienda de chucherías del señor Ramón y con la vuelta de este a su casa de siempre, una casa que le había quitado el banco hacía uno meses, algo en lo que colaboró todo el barrio de Dani y todo el colegio. Él mejoró en sus notas y en las ganas de ir a clase, volvió a sonreír y logró que todo cambiase con su empeño y con un coraje que nunca supo de dónde había nacido, pero que supo que ya jamás le abandonaría.

No hubo fórmulas mágicas, no le tocó la lotería, ni siquiera tuvo la suerte de que alguien, por medio de un hechizo, cambiase su vida para siempre. Fue él, con amigos y con ayuda de todos los que le rodeaban, quien obró el cambio. Él fue el héroe de la historia.



Este año me hicieron un curioso -y genial- encargo desde la Dirección del Periódico A21, en el que llevo escribiendo desde que arrancó hace ya más de 100 ediciones y varios años. Me pidieron (y creo que ha sido la primera vez) un cuento de Navidad, pero algo que fuese distinto, original y, a poder ser, desenfadado... le he dado muchas vueltas al asunto, primero pensé en escribir la continuación del anuncio de la Lotería y convertir a la entrañable señora de la historia en una tirana con deseos de cobrarse el dinero entregado en el billete, después se me pasaron por la cabeza muchas historias más y llegué a escribir el irreverente cuento que podéis leer en este enlace... después me lo pensé mejor.

Necesitamos valientes, personas comprometidas, héroes... y no, no hace falta buscarlos muy lejos, los tienes junto a ti, tú mismo debes serlo (y puedes, si así lo quieres), por eso y no por otra cosa, al final me decanté por Dani, este héroe anónimo tan real como la vida misma.

Espero que os guste.

17 de diciembre de 2016

Sin dejar a nadie atrás


Hemos abandonado tantos sueños…

Los hemos dejado a la deriva
marchitos sobre lápidas de llantos
perdidos para siempre en la negrura
del olvido y del desastre

desolados
               desahuciados
de la vida que creían disfrutar

que tenían…

Y apenas nos importa

Nos dejamos llevar por la corriente
por las relaciones virtuales y sin roce
ajenas y lejanas
por ese día a día que te arrastra
y te hace desechar el tiempo preciso
para ver
              y sentir
                           y sufrir
                                        y tocar

Hemos pasado de largo por su lado

Y apenas nos importa
Nos hemos dejado engañar tantas veces
que parece que nada nos atañe
que no nos duele lo que ocurre
que no lo vemos

A nuestro lado
en la puerta colindante
en la ventana que ves desde tu casa
en ese banco helado
en el clamor de un cajero encartonado

Pero está ahí
todo está ahí

A nuestro lado

Lo estamos viendo cada día

Y apenas nos importa

Hasta ese día,
hasta el punto de que no solo importe
sino que además luchemos
ese instante en el que te levantes

y grites
            y pidas
                       y exijas
                                    y logres

Hasta ese preciso instante

seguiremos estando condenados
a dejar abandonados
tantos y tantos

Sueños

Marchitos para siempre en el abismo

Luces de neón que un día se apagaron
y siguen esperando los repuestos

Nos dicen que no importa
que sigamos a lo nuestro
que ya se arreglará lo que sucede
alguien lo hará por nosotros
está todo dicho y hecho

¿te lo crees?
¿todavía lo haces?
¿aún no has vislumbrado la mentira?

pensamos que hay alguien por encima
personas siniestras, gobiernos ocultos, ideas malsanas
que nos sobrepasan y nos encomiendan
que nos llevan a actuar como lo hacemos…

¡deja de engañarte!

Eres tú
            y tú
                   y tú
                          y yo

Somos nosotros
no hay nadie más

Que empiece a importarte
que empiecen a escocerte las heridas

El día que quieras
el día que cambies
el mundo, tenlo por seguro, cambiará a tu lado

Y, al fin, soñaremos todos
sin necesidad de abandonar a tanta gente
de relegar al abismo a millones

Podremos vivir

Sin dejar a nadie atrás.


12 de diciembre de 2016

Un cuento (diferente) de Navidad


Llegó de madrugada. Caminaba entre tambaleos rocambolescos y trompicones. Sobre la barba, espesa y desgreñada, gastaba una nariz ancha y unos ojos apagados que, si se miraban bien, podrían haber sido vivaces en el pasado. Tenía la ropa sucia. Todo en el recién llegado hacía que se le mirase con distancia, con rechazo por unos y misericordia lejana por otros. Y aun así despedía una extraña aura de inexplicable grandeza. 

El hombre se apoyó en la barra y resbaló, a punto estuvo de irse al suelo. Mantuvo el equilibrio no obstante y se quedó a escasos centímetros de arrollar a Lucy, la chica que lucía el vestido más corto y las piernas más largas. Ella, que no tendría ni veinte años, miró al hombre con una mezcla de sentimientos que iban de la admiración a la repulsión. Y sin saber por qué, quizá siguiendo el instinto natural de su antiquísima profesión, se acercó a su abultado vientre y a sus mejillas arreboladas.

Tobías, el camarero, se acercó al punto a la pareja y sirvió dos copas antes de que el hombre fuese consciente de la presencia de la muchacha a la que era probable que triplicara en edad. Ella tomó su bebida y cogió al hombre del brazo. Tenía los movimientos y la disposición tan estudiados que en apenas dos minutos se encontró sentada en su regazo sobre uno de los brillantes sillones de poliéster que tan bien se lavaban con una simple pasada de bayeta.

El orondo cliente ni siquiera tomó su copa entre las manos, nada que impidiese que antes de marcharse del lugar tuviese que pagarla junto con la de su atractiva compañera. Ella intentó abrazarlo y él se zafó ligeramente, sin demasiado empeño. Parecía evidente que estaba borracho. Tanto que Lucy pronto tuvo en mente sacarle un servicio sin necesidad de prestarlo. El hombre intentó apartar a la joven y volver a la calle, pero ella fue más persistente y condujo a su cliente hacia una de las habitaciones del Club de carretera en el que trabajaba seis noches a la semana por unos 50 euros la noche, si había fortuna.

Solo al llegar a la habitación y desnudar al pobre hombre, se dio cuenta de las gruesas ropas rojas que vestía, las botas de nieve que calzaba y el grueso cinturón que ceñía su abultadísima cintura. Por un momento y sin saber por qué, Lucy recordó que era Navidad. Una idea que desechó rápidamente. La Navidad eran fechas complicadas en el Club, los clientes habituales solían ser hombres de familia. Arropó al buen señor, que se durmió profundamente y volvió a bajar a la pesca de un nuevo interesado.

A la mañana siguiente saltó la noticia, ningún niño había recibido regalo de Navidad, Papá Noel había desaparecido. Un carro tirado por renos fue encontrado en las inmediaciones de un Club de Carretera, al parecer se había estrellado aparatosamente de madrugada. Los renos estaban en buen estado, aunque del carro no podía decirse lo mismo. No había ningún saco ni ningún regalo en las inmediaciones del accidente, eso fue lo que declaró un grupo de personas que conducían dos camiones con los que iban recogiendo cartones. Dicen, que esa misma mañana, una pareja de Policía Nacional se llevó a un señor con amnesia (o una gran resaca) a la cárcel. Un señor que había consumido de todo en el Club del pueblo y que decía que no tenía con qué pagar. De Papá Noel nunca más se supo.

3 de diciembre de 2016

Julián y el Dragón


La noche que el dragón llegó a la Colina Nublada Julián estaba en calzoncillos. Se acababa de lavar y estaba a punto de ponerse el pijama cuando un ruido estremecedor sacudió toda su cabaña. A los pocos segundos empezaron a llegar hasta sus oídos los balidos de sus ovejas, los mugidos de sus vacas y los ladridos de Sao y Pillo, sus dos perros pastores. Fue todo tan de sopetón que el pastor se descubrió de pronto helado de frío y con muy poca ropa delante de un dragón tan fiero como enorme. 

Julián llevaba en las manos su bastón de pastor. Lo miró como con pena cuando el dragón rugió por primera vez. Con un palito como ese poco podría hacer frente a una bestia semejante. Eso mismo parecían haber pensado Pillo y Sao justo un instante antes, porque los dos se encogían tras Julián con el rabo entre las piernas. El único que parecía inmutable ante la presencia del gigantesco monstruo era Belcebú, el búho que dormitaba casi perpetuamente en las ramas del tejo que daba sombra y cobijo a la cabaña de Julián, pero su tranquilidad no se debía a una enorme valentía por parte del búho, no creáis, se debía a que estaba ya muy viejo y apenas escuchaba o veía nada.

El dragón se relamió al ver las ovejas que se amontonaban en un rincón. Los ojos le relucieron de placer y dio un par de pasos que provocaron una fortísima sacudida en toda la colina, Julián trastabilló y estuvo a punto de caer. ¿Qué iba a hacer? Si el dragón se comía sus ovejas le dejaría en la ruina… pero, ¿cómo podía impedirlo?, ¿qué podía hacer él frente a un leviatán tan impresionante? Se le ocurrió una idea en el mismo momento en el que el dragón empezaba a abrir sus fauces para devorar a una de las aterrorizadas ovejas. Y gritó. Gritó mucho. Levantó las manos y las agitó. A lo mejor, pensó, podría asustar al dragón. El monstruo giró la cabeza y descubrió al pastor en calzoncillos. Hizo un sonido muy raro y empezó a agitarse. Julián tardó un largo y atemorizante minuto en darse cuenta de que el dragón estaba riéndose, se estaba riendo de él. 

Y entonces supo que estaba perdido, tiró el palo al suelo y salió corriendo hacia su cabaña. Los dos perros lo adelantaron en dos zancadas y se perdieron más allá de la casa del pastor. El dragón, sin dejar de carcajearse de las pintas del pobre hombre, olvidó las ovejas por un instante y se acercó al aterrorizado Julián. Abrió su bocaza y… ¡se lo merendó de un solo bocado! Fue un estupendo aperitivo antes de comerse a las ovejas, a las vacas y hasta a los perros si los hubiese encontrado (aunque estos fueron mucho más listos que su difunto amo).

Dicen que aquel dragón sembró el pánico durante muchos años. Lo hizo hasta que llegó a la comarca una inusual heroína que pudo derrotarlo y se hizo muy, muy famosa tras su hazaña. Fue una heroína que vestía de caballero y que recorrió el mundo en busca de aventuras hasta que se enamoró de un hermoso príncipe que encontró encerrado en una torre, secuestrado por una bruja, pero ¿sabéis qué? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.

27 de noviembre de 2016

La niña de los cartones


La primera vez que Raúl se encontró con Belén ni siquiera se atrevió a mirarla. La niña estaba sentada en el bordillo de un portal que había justo frente al colegio al que iba, vestía una ropa muy sucia, tenía el pelo enmarañado y olía bastante mal. Desde la ventana de su clase, Raúl sí tuvo el valor suficiente como para otear a aquella niña tan extraña que se sentaba entre cartones y papeles. Al lado de la pequeña, que tendría más o menos 9 años, como él, descubrió la figura de un anciano con sombrero. Un señor muy, muy viejo con una barba larguísima que vestía una gabardina rota y deslucida.

Durante dos semanas Raúl pasó al lado de Belén sin atreverse a mirarla. No tenía el suficiente coraje como para hacerlo. Y eso que, cada día, cuando llegaba al colegio, se asomaba a la ventana y miraba a la niña fascinado y sorprendido por su presencia. No sabía por qué, pero se sentía profundamente atraído por aquella chica y, especialmente, por su historia, porque había algo de lo que Raúl estaba seguro, tras esas ropas rotas y tras esos cartones y papeles, más allá del pelo sucio y enmarañado o de la botella vacía del anciano, había una historia. Probablemente una historia triste.

Casi dos semanas después de haberla espiado por primera vez ocurrió algo inesperado, la niña miró hacia el colegio justo en el momento en el que el niño se asomaba. Y le vio. Vio que un niño se asomaba a la ventana y la miraba descaradamente. Raúl metió la cabeza de forma apresurada y trató de pasar la mañana como si nada hubiese pasado. Pero aquel día su vida cambió para siempre.

Y es que, al salir de clase se encontró con Belén cara a cara. Ella le miraba con sorpresa y con una infinita curiosidad. También parecía algo enfadada. Los ojos de la chica chispeaban con un fuego que habría sido capaz de hacer arder a Raúl, a quien las mejillas sí que le ardieron y el corazón le dio un vuelco cuando ella se plantó delante de su camino y le gritó que por qué la espiaba. No fue un primer encuentro muy agradable, la verdad, pero aquel fue el primer día que hablaron. Solo fue una especie de discusión de un solo sentido, solo eso, pero fue el principio de muchas cosas más. Como casi todas las cosas, algo tiene que empezar a ponerlas en marcha.

Algunas semanas después, cuando Belén se sentaba con Raúl en clase, tras muchas aventuras y muchas cosas que no cabrían en este cuento, la niña le contó quién era, de dónde venía y por qué llevaba tantos días viviendo en la calle, entre cartones, por fin le hizo partícipe de su secreto, de su Historia, pero ¿sabéis qué? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.

10 de noviembre de 2016

El capitán del equipo se vuelve a llevar a la chica


Pues hala. Ha ganado Trump. ¿Os ha sorprendido? A mí, desde luego, también. ¡Y mucho! Aunque… Quizá podamos unir este triunfo al del Brexit en el Reino Unido o al NO a la Paz elegido en Colombia… el caso es que hay quien empieza a pensar que la Democracia no funciona, que no puede ser que votemos tan mal, que nos equivocamos al hacerlo… ¿cómo puede ser, dicen muchos, que alguien manchado de corrupción siga ganando elecciones?, ¿por qué cae bien alguien que hace tanto mal?, ¿por qué se elige lo que se aleja tanto del sentido común?, ¿cómo puede ser el presidente del país más poderoso del mundo una persona que despierta tantos recelos y que parece tan poco… apto para ser presidente incluso de su comunidad de vecinos?

¿Es que nos hemos vuelto locos? ¿Es que la Democracia está fallando? Hay muchas personas que piensan que esto está ocurriendo... ¿no será la Educación lo que falla?

Es cierto que en el caso de estas elecciones de EEUU parece que no se ha votado a uno de los dos candidatos, sino en contra de uno de los dos… algo así como lo que pasó en España hace dos elecciones o incluso más… porque en España somos expertos en votar a la contra. Pero es evidente que algo pasa, en todo el mundo, para que esto vaya como va y para que ocurran estas cosas… hay quien habla de la crisis como motivo. Se habla del “Populismo” como un mal endémico… quizá es que la gente ya esté harta de que le vendan motos que no entienden… y, si por lo menos saben de qué les están hablando… pues eso. Cuando las cosas van mal y hay alguien que nos dice lo que queremos escuchar, aunque sea mentira y aunque vaya vestido de palabras y pensamientos soeces y chabacanos… pues nos convence. Casi entre en lo normal. La demagogia es muy fácil de utilizar en una sociedad idiotizada y poco crítica.

Lo mismo hay quien se ofende escuchando esto. Si es así, si te has ofendido, enhorabuena, perteneces al cada vez más escaso núcleo de población con capacidad de pensamiento crítico y de no tragar con cualquier cosa. Enhorabuena, te repito. Y, aun así, es una desgracia ser así en un mundo como este. En una sociedad conformista y especuladora. 

Adormilada tras toda una serie de informaciones diarias y circos continuos. Donald Trump, el nuevo presidente de los EEUU (si es que no impugna los resultados él mismo) es un personaje televisivo y cinematográfico, un “showman”, alguien que sabe llegar al gran público, un Silvio Berlusconi venido a más o un Jesús Gil venido a menos… porque don Jesús era mucho don Jesús… la televisión y el cine nos mantienen horas y horas pegados a sus diversas pantallas. Nos tienen hipnotizados. Nos llevan a dónde les apetece a través de las diversas mareas de opinión que quieren fomentar… y aunque los medios han querido cerrar las vías a Trump, han llegado demasiado tarde. Porque una amplia población estadounidense (especialmente en zonas rurales), quiere ser Trump, aspira a serlo.

Así que, en esta ocasión se han unido el Populismo y la Demagogia, con la televisión, con la simpatía ofrecida por un personaje que representa algunos de los valores que siempre hemos visto en los norteamericanos a través del cine y de la televisión… un tipo campechano, exitoso, con dinero… un triunfador. El típico capitán del equipo que se acuesta con todas las chicas casi sin pretenderlo, el que todo el mundo admira y adora, el que va siempre bien peinado y acapara todas las miradas y palmaditas en la espalda… Trump es el capitán del equipo. Estoy convencido de que muchos de los votantes de Trump querrían estar en su pellejo, poder ejercer su poder como quisiesen y cuando quisiesen…

En las películas el chico normal, el de "a pie" termina llevándose a la chica y el protagonismo... en la vida real (algo que también nos cuentan las películas) eso no es así, el Capitán del equipo sigue ganando la partida. Especialmente en las zonas rurales (que es la inmensa mayoría de Norteamérica)

La verdad, no sé de qué nos extrañamos. Ha ganado Trump… al menos este señor va de cara. Nos dice en todos los morros que quiere hacer lo que quiera y cuando quiera, que puede hacerlo porque tiene todo el dinero del mundo para hacerlo, porque es un ganador y porque tiene la simpatía de todos aquellos que quieren ser como él. Porque es el espíritu americano personificado, con torre propia incluida. Una persona que se jacta de ser capaz de disparar a alguien en la calle y que nadie le recrimine nada…

Desgraciadamente, amigos, este es el mundo que nos va a tocar vivir. Me gustaría haber tenido la oportunidad de conocer a algunos de los votantes de Trump y preguntarles por sus lecturas… en un mundo de lectores, de personas inquietas, de pensadores críticos… Donald Trump no tendría cabida más que en los shows televisivos que le gustan o en sus múltiples negocios. Nunca, jamás, en la política. Aunque, quién sabe, en un mundo así, quizá Hillary Clinton ni siquiera habría optado a la presidencia tampoco.

En la sociedad del twitt, del pensamiento rápido y superficial, no hay sitio para personas que piensen. Solo hay lugar para impulsos y deseos a corto plazo.

Ojalá no hayamos llegado aún al punto de no retorno. Ojalá…

Y dicho todo esto, nadie puede aún juzgar a Trump, una cosa es lo que se dice para denigrar al rival político o para llegar al gran público y otra diferente es gobernar de verdad. Veremos...

16 de octubre de 2016

El Dragón de Jacinto

Cuando a Jacinto le dijeron que podría tener un dragón para él solo no imaginaba todo lo que tendría que trabajar para poder tenerlo. Sus padres le avisaron de que ellos no se iban a ocupar de un dragón, porque ya tenían bastante con las dos mantícoras de sus hermanas, el hipogrifo del abuelo y el burrustaquio del vecino, que tenían que cuidar de vez en cuando, porque el vecino era muy viajero y un poco cara… y porque a los padres de Jacinto les encantaban los animales y, sobre todo, se les daba muy bien cuidarlos.

Pero a Jacinto le hacía tanta ilusión tener un dragón que no le importaba nada eso de trabajar mucho y aseguró que haría todo lo necesario para cuidarlo. Tener un dragón para él solo era un sueño que siempre había tenido. El día que fueron a por él al nido de dragones, vieron tantos que parecía imposible decidirse por uno solo. Parecía una decisión imposible hasta que Jacinto cruzó su mirada con la de un dragón muy pequeño. Estaba acurrucado en un rincón, encogido tras una cola demasiado larga para un cuerpecito tan diminuto. Era muy chiquitín. De un color azul desvaído, mate. No relucía como las otras crías de dragón. Tampoco correteaba. Se limitaba a estar ahí parado. Encogido y asustado. Desde la distancia parecía tener un ojo más grande que el otro y era feo a rabiar. Muy, muy feo. Por alguna razón inexplicable Jacinto supo que ese tendría que ser su dragón. Ese y ningún otro. 

Le quiso antes de tenerlo entre los brazos.

Sus padres intentaron hacerle cambiar de idea, le enseñaron muchos dragones más robustos y lustrosos, coloridos, relucientes, escupe-fuegos, con alas enormes que, seguro, les permitían deslizarse elegantemente por los aires… sin embargo, Jacinto se mostró inflexible. Había encontrado su dragón.

Y Gruñido, como llamó a aquel diminuto dragoncito, se fue a vivir con ellos.

Dicen que algunos años después Gruñido seguía siendo tan feo como de pequeño. Puede que incluso algo más. Había crecido mucho. Ahora volaba y escupía fuego como los otros dragones… o casi, por lo menos, solía tener muy mala puntería y no pocos de sus aterrizajes forzosos habían acabado en pequeños desastres mobiliarios. Pero tenía el corazón más grande que nadie hubiese encontrado nunca en un dragón. Y era el mejor amigo de Jacinto. Dicen que vivieron grandes aventuras y que los padres de Jacinto jamás se arrepintieron de la decisión que había tenido su hijo el día que fueron a buscar un dragón al nido. Ni siquiera el día en el que pasó algo que hizo que cambiase la vida de aquella familia para siempre… pero ¿sabéis? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.



2 de octubre de 2016

Encuentro Imposible


Tras más de diez minutos de ladridos y lamentos de los perros el Tío Raimundo salió de su casa. Iba en calzoncillos. Una camiseta de tirantes, sudada y con sospechosos manchurrones oscuros, cubría su torso y su abultado estómago, casi todo por lo menos. Hacía fresco en el monte de la noche zamorana. Quizá por eso llevaba puestos los calcetines remendados y repletos de agujeros. Quizá por eso caminaba sobre dos destartaladas alpargatas de plástico barato. Quizá por eso había enganchado la boina y se la había calado bien. Las ojeras y las legañas le molestaban, no le dejaban ver con claridad. Los perros volvieron a ladrar y a aullar. El tío Raimundo gruñó. Acarició bien el bastón que siempre llevaba entre las manos. Esos puñeteros perros iban a aprender a no molestar por la noche...

Iba tan distraído y adormilado que tardó algo más de un par de minutos en apreciar el resplandor que invadía la madrugada. Y eso que parecía que era de día. Al percatarse de la luz el Tío Raimundo escupió en el suelo y se cagó en los muertos de todos los domingueros de España. Se iban a cagar. Con paso decidido se acercó a la fuente de la luz. Cada paso era más difícil de dar. Cada vez hacía más calor. Incluso él empezó a pensar que, lo mismo, allí estaba pasando algo raro...

“¡No me jodas!” No pudo evitar que se le escapase la expresión... bueno, tampoco se olvidó de Dios, ni de su madre, ni de otros recuerdos y reniegos menos reproducibles. Incluso el Tío Raimundo, que nunca había salido del monte ni había visto películas de televisión ni había escuchado noticias en toda su vida más que las que alguien dejaba caer en la taberna del pueblo cuando jugaban al tute o al mus, incluso él, supo que estaba ante un platillo volante. Un umbral extraño se abrió en el material imposible del que estaba hecho el artefacto. Y de allí, como surgido de un abismo inaudito, surgió la figura de un ente extraño, inimaginable. Un ser alto, delgado, de color verde y cien ojos en un cráneo demasiado grande para poder ser soportado por un cuello normal. La impresionante figura alargó un tentáculo hacia el Tío Raimundo, como si quisiera entablar una conversación o establecer un contacto. Quizá el primero entre la humanidad y una civilización extraterrestre e infinitamente superior a la humana. El Tío Raimundo miró al ser con un gesto desconcertado. Después volvió a escupir. Asió el bastón con firmeza y se lio a palos con el desconocido. “¡Vas a aprender tú a no venir a dar por culo por la noche, cabrón!” Dicen que escribió el alienígena en su cuaderno de bitácora antes de morir de una paliza.

24 de septiembre de 2016

Cazando bajo la tormenta - Parte I


El trueno de los tambores resonó por encima de la tormenta. Grum gruñó. Esa noche habría partida de caza. Miró a Hem, la hembra con quien compartía nido y nicho desde que Lamba había muerto devorada. Esta asintió. Sabía que cuando los tambores irrumpían no había nada que aludir.

Un relámpago iluminó las cicatrices del rostro del rastreador. Hem sabía que había sido guerrero en el pasado. Uno de los mejores. Ahora era un simple siervo bajo las órdenes del Gran Cazador, aunque Grum le doblaba en tamaño y habilidades. No era un gran partido. No había podido elegir. La Ley de la Montaña Nublada exigía una pareja para ocupar un nido. Solo la muerte libraba de esa exigencia del Gran Urkell, el Protector. El Brujo Queirquel que había conseguido con su magia un rincón seguro en un mundo en el que la protección valía más que cualquier otro tesoro.

Desde la caída de Sarberk, la Ciudad de la Frontera, el mundo era un lugar cada día más terrible que el anterior. Al menos, en la Montaña Nublada se podía dormir bajo techo, a salvo.

Grum realizó un gesto torpe con la cabeza antes de atravesar la raída cortina que cubría el umbral del nido. Ella admiró su enorme cuerpo. Los músculos que evidenciaban su pasado en múltiples contiendas. Las cicatrices que cubrían cada palmo de su torso y de su rostro. La propia Hem era una guerrera temible. Una hembra temida en la Tribu de la Montaña. Pero sabía que ante Grum poco tendría que hacer en una lucha cuerpo a cuerpo.

Cuando partió. La hembra renegó. Le habría encantado participar en la caza nocturna, pero el Gran Urkell había prohibido que las hembras participasen. Afirmaba que mantenerlas en la montaña, a salvo en los nidos, era el único modo de conservar la especie. Los Krams eran más importantes que Hem o que Grum. La raza estaba por encima de todo.
De momento, quizá por el terror inicial, por la incertidumbre ante lo inexplicable llegado desde la Frontera, todos habían obedecido al pequeño humano que gobernaba con mano de hierro. Un trueno golpeó sus oídos. Había sonado demasiado cerca. Los tambores seguían sonando. Alertando de la convocatoria. De la caza. Hem escupió. Empezaba a estar cansada de quedarse fuera de la lucha y de la caza.

Era una Kram. ¡Por el Rugido de Khronis! Necesitaba derramar sangre...


21 de septiembre de 2016

El globo


Un rayo de sol ha entrado por la ventana
un rayo templado
luminoso
tenue cual caricia de niño

frágil, como mi memoria

Ha sido solo un segundo
un diminuto instante
apenas un suspiro

pero ha sido suficiente para recordar el globo

aquel hermoso globo
                                  Brillante
                                                Enorme
                                                             Sonriente
Sé que he sonreído

No siempre soy consciente,
supongo, aun así, que lo hago a menudo
siempre he sido muy risueño
a veces incluso un poco pesado

El globo…

               Y la carita de mi hijo tras su brillo
               sus ojos relucientes, enormes,
               su esplendorosa sonrisa
               la mirada orgullosa de mi Mari

               La inocencia

¡qué felices éramos entonces!

María, Miguel…

                            Y yo,
                            sí, también fui muy feliz a su lado

Fueron muchos los años felices
radiantes

Cuando me acuerdo, disfruto como un niño
sonrío por haber sido tan feliz

Ahora lo recuerdo

Intento retenerlo aquí, en mí mismo
pero sé que, en un soplido revoltoso de la brisa, volveré a olvidarlo

Me duele saberlo
pero ahora sonrío,
ahora recuerdo la importancia de ese instante

¡Nada más importa!

El júbilo

La dicha

¡Nada más importa!

Ni el después, ni el olvido, ni esta maldita memoria mía.
Nada más importa.
Soy feliz.

Está aquí, conmigo, mi hijo,
siempre está a mi lado
aunque a veces no me acuerde
aunque le llame de otro modo
aunque yo parezca más pequeño
más diminuto
menos yo…

Es él

           Siempre es él
           Siempre lo ha sido

¡Le quiero tanto!

Quizá luego me olvide,
quizá le vuelva a confundir con la vecina
o con mi padre…

¡qué mala leche tenía mi padre al enfadarse!
Aunque era un trozo de pan,
un bendito.
Mi padre.

Hay noches que nos reímos juntos con esos disparates
mi hijo y yo, juntos,
otras lloramos…

Pero hoy
ahora
soy feliz, plenamente feliz. Y él lo sabe.
Mi Mari, allí arriba, seguro que también lo sabe.

El sol lo ha permitido,
me ha dado este regalo,
este segundo, este instante, este suspiro.

Un momento suficiente para verte
y recordarte

Hijo mío

Y sonreírte
Y besarte

Y decirte de nuevo,
como siempre nos dijimos
como tantas veces nos hemos dicho,
ahora lo recuerdo,

Te quiero, siempre te he querido.

 Gracias por no olvidarlo.


Para todas las personas que se olvidan de su felicidad y de sus globos azules...

Héroe de juguete


El cochecito en el suelo desencadenó todo...

El soldado, horas después, aún no entendía por que había ametrallado a esa familia que podría haber sido la suya propia.

El miedo, el estrés, el dedo en el gatillo...

Nadie más que él supo la causa de su suicidio.

En el barro quedó el arma, aún humeante.

A su familia le llegó una carta afirmando que había sido un héroe.



#MalditaGuerra

16 de septiembre de 2016

Llanto de la Tierra Herida


Las lágrimas surgieron

la Tierra herida vomitaba un llanto inabarcable
infinito

nada se movía
nada evidenciaba la dolencia

pero la Tierra seguía llorando inconsolable
las lágrimas seguían surcando el horizonte

todo era quietud
calma
silencio

desconsuelo

hartazgo

la ceniza aún flotaba en el ambiente

una piedra cayó en ese momento
quizá ese fue el desencadenante necesario
si es que lo era alguno

todo se estremeció de puro terror

la Tierra herida lo supo de pronto
aunque siempre lo había sabido

la sangre 

los cuerpos

la derrota

la masacre
aún no había terminado


24 de agosto de 2016

La última palabra


Antes de marchar quiso dejar algo. Lo que fuese. Quizá necesitaba hacer como cuando era pequeño, tener la última palabra antes de callar y zanjar la discusión. Habían perdido. El pueblo era de ellos. Y "ellos" era una palabra extraña y difícil de pronunciar, porque ese "ellos" no era más que un "nosotros" partido por la mitad, sin ningún sentido. Habían perdido. Y eso significaba que se tendrían que marchar para siempre. Pero, antes, iba a gritar su última palabra. Todos la escucharían. "Ellos"... y "nosotros". Todos debían escucharla...

Se coló en el minúsculo sótano de su amigo Pedro. Allí se guardaba uno de los tesoros mejor cuidados de todo el pueblo, una magnífica estación de radio R2 que les habían arrebatado hacía unos meses a los italianos. Nunca se había puesto delante de un micrófono. Le dio igual. Abrió los canales, como le había visto hacer cientos de veces a Pedro. Y recitó a Lorca y a Machado, a Unamuno y a Benavente, a Alberti y a Cernuda... sabía que "ellos" conocían el rincón en el que se ubicaba la emisora. Y aun así, fue incapaz de callar...

Dos horas. Ese es el tiempo que estuvo en el aire. Supo que, de haber sobrevivido a esa guerra habría intentado dedicarse a la radio. Había encontrado su vocación. Una desgracia, el hacerlo horas antes de morir. Al amanecer del día siguiente, ante el pelotón de fusilamiento preparado por "ellos", vio que estaba ante más "nosotros" de los que había pensado. Luis, Paco, el Gaitán... su cuadrilla de niño, al completo, le iba a matar. No le impactó demasiado. Pero, descubrió algo más. No lo habría imaginado nunca. Vio que muchos de los que tenía enfrente, los fusiles en ristre, recitaban versos en silencio, rememorando en un mudo homenaje los que él mismo había recitado en la tarde anterior. Sonaron los disparos. Ni su estruendo fue capaz de enmudecer a la poesía, que ya nunca los abandonó. Ni a "nosotros" ni a "ellos". La poesía no entiende de fronteras.

21 de agosto de 2016

En el Cielo


En el cielo todo se ve diferente. Es tranquilo y agradable. Pacífico, aunque te enfrentes a la muerte. Todo parece ir más despacio. Menos vertiginoso. Aquel día me encontraba en verdaderos apuros. Mi viejo Hurricane estaba agujereado de arriba a abajo, yo mismo lo estaba. Notaba la sangre huyendo de mi cuerpo. Y ese puñetero Uno-Cero-Nueve seguía a mi cola. El motor estaba en las últimas. El humo provocaba lágrimas en mis ojos a pesar de las gafas protectoras. Pero todo parecía ir muy despacio. Como si alguien lo hubiese contado ya. Como si solo fuese el borrón de un recuerdo perdido y, de repente, encontrado...

Sabía que estaba a punto de morir. Todo estaba decidido. Narrado ya por algún estúpido autor que había leído que el derribo de los Hurricanes era el pasatiempo favorito de los centenares de Messerschmitts que usaban los alemanes. Lo cierto es que estaba a punto de estrellarme y morir. No me importaba. A esa velocidad nada dolería demasiado. Cuanto más me acercaba al suelo más rápido corría todo. Por encima del miedo y de la protesta, cada segundo, menos ruidosa del motor que me mantenía en el aire, recordé a mis padres, a mis hermanos, a Giselle, con quien ya nunca podría ir a ver la famosa Torre Eiffel de la que siempre me hablaba… el mar estaba a mis pies, casi podía tocarlo con la punta de los dedos. Estaba tan cerca todo…

No sé por qué recordé en ese momento la sopa de ajo que tanto detestaba. La hacía mi madre los lunes y yo hacía cualquier cosa para evitar comerla. En ese momento habría dado mi alma por tomar una última cucharada. Aunque, si tenerla delante, la saboreé. Olí ese momento en la mesa. En familia. Fue un instante que me hizo sonreír. El alemán dejó de dispararme y de seguirme. Yo sabía bien el porqué. No le culpé. Seguramente se trataba de otro chaval de mi edad, a quien le habían entregado un arma que no sabía utilizar del todo y le habían encomendado alguna misión estúpida y sin sentido. En esta ocasión él había ganado la partida. Quién sabe. Lo mismo, algún día, ese chico llevaría a su novia a París, a ver la famosa Torre Eifell. Sería estupendo que lo hiciera. Antes de convertirme en una enorme bola de fuego sobre el mar recordé a Giselle y me la imaginé intentando eludir la sopa de ajo de mi madre. Creo que solté una carcajada antes de estallar.


Este microrrelato está escrito después de leer "Volando solo", del genial Roald Dahl. Un gran inspirador de historias.

20 de agosto de 2016

La ventana


Muchos años después, María volvió a asomarse a la ventana a la que se asomaba de pequeña. Y una vez apoyada en su alfeizar, aquel en el que había grabado su nombre con un destornillador oxidado, ante la vista de un horrible muro de hormigón, dejó derramar las lágrimas que no habían brotado entonces. Cuando sonaron las sirenas y su mundo desapareció para siempre...

Esbozó una sonrisa. Cada mañana, desde que habían llegado a esa casa en las afueras, se había asomado para disfrutar del paisaje que la rodeaba. Aquel pueblo era una preciosidad. Desde su ventana podía ver el perezoso movimiento que iba empezando a despertar a todo el mundo, el tronar del mar en el pequeño puerto, la llegada del día. Daba igual que fuese invierno, verano, otoño o primavera. María siempre se asomaba a su ventana, por la mañana, lloviese o hiciese sol. Cuando se marchó su padre, también se asomaba cada tarde, esperando que volviese...

No volvió. La guerra se lo llevó a un lugar del que aún no había regresado. María sabía que su padre seguía en una cuneta, quizá contando sus cuentos a los niños que habían muerto cerca de él. Haciéndoles sonreír como le hacía sonreír a ella. Cuando la encontraron, hacía ya casi 70 años de aquello, María seguía asomada a la ventana de la única pared que quedaba en pie de su casa. La mirada perdida en el mar embravecido, en el movimiento perezoso del despertar ante la muerte. Del pueblo no quedaban en pie más que ella y su ventana. De sus ojos pardos no llegó a brotar ninguna lágrima. 

Qatal


Qatal. Asesino. Así fue como empezaron a llamar al niño perdido. Ese fue el mote que se ganó cuando le dieron el arma y le ordenaron disparar a su hermana. Aquellos hombres. aquellos lobos. Aquellas bestias sin alma que un día vinieron a su pueblo y masacraron a los hombres. Violaron a las mujeres y secuestraron a los niños...

Qatal por aquel entonces tenía otro nombre que hoy nadie, ni él mismo, recuerda. Asió el arma con los dedos temblorosos. El corazón encogido. La mente en otra parte. En el vacío. En la nada. Apuntó a su hermana con el arma. Era una prueba para ser un soldado. Eso vociferaban las bestias. El niño solo podía pensar en la sangre, en los disparos, en los ojos rojos, en la rabia y el odio desatado por aquellos lobos sin alma.

No sabía disparar. Nunca lo había hecho. Sudaba. Sabía que las bestias le gritaban al oído, le empujaban. Sonreían. Él ni siquiera sabía que estaban ahí. Solo estaban sus dedos temblorosos, el nudo de su estómago. Y su hermana. Arrodillada ante él a sus cinco años. Pensó en ella. No había conocido la paz. Siempre había vivido en guerra. Merecía un lugar mejor, un mundo mejor. Qatal hizo lo que debía. Sin querer. Sin proponérselo. Un acto reflejo de puro terror. Se giró con el gatillo entre sus dedos temblorosos. Los hombres, por llamarlos de algún modo, estaban tan borrachos y desprevenidos que no tuvieron tiempo de defenderse. Pronto, en el barrio, solo quedaron un buen puñado de niños llorosos, una niña arrodillada y un hombre forjado, a sus diez años, en una prueba de fuego que le convirtió para siempre. Asesino. Qatal.

16 de agosto de 2016

Amor Imposible


Recorrerte lentamente
disfrutarte,
rozar tu ardiente piel entre jadeos. Y abrasarme.
Sin respiración, sin aire, beber de tus miradas y deseos.
Agonizar de amor 

                                y soñarte 
                                                 y anhelarte 
                                                                     y desearte…


Y por fin saborear tus labios un segundo.

Quizás, con suerte, tenerte un instante entre mis brazos
y morir poco a poco cuando llegue el alba y me abandones
resbaladiza, irremediable
y te desvanezcas en el día. 


Y me mates.



Hace unos días participé en uno de los concursos propuestos por Diversidad Literaria. He vuelto a tener la suerte de ser seleccionado para formar parte de la antología recopilatoria que publican con los concursantes. Espero que os guste el poema.


14 de agosto de 2016

He ganado el X Certamen de Poesía de Navas del Rey


¡Qué suerte! Ayer, estaba yo haciendo fotos de la estupenda representación teatral del Grupo de Teatro de Navas del Rey cuando anunciaron que iban a dar los premios de los concursos de verano y, una vez más, tuve la inmensa fortuna de ser galardonado con uno de los premios, en esta ocasión el de poesía. El de relato se lo llevó mi amigo José Gerardo Vargas, así que... 

Pues nada, aquí tenéis el poema, creo que ya lo publiqué por aquí hace tiempo, pero bueno, lo repito.


Guerra

Una vez llegué a pensar que una guerra a tiempo es un acierto…
era un ignorante entonces, lo confieso

después
ahora
         más tarde
llegaron las fotos
                           los vídeos
                                           el dolor
                                                        los gritos
las certezas

la guerra es un polvo gris sobre los niños
indefensos
    miembros inertes sobre los brazos de sus padres,
miedos innombrables en los ojos
aterrados
               recuerdos que ya jamás se olvidan,

con suerte un campo de refugiados atestado,
por lo común escombros, cenizas, sangres y trincheras…

La guerra es una cicatriz inabarcable…

Es el llanto inconsolable de unos rizos despeinados,
los ojos aterrados de una madre
un padre inmóvil, incapaz de comprender qué ha sucedido
una enfermedad crónica, inaudita, inexplicable…

ahora lo sé
y no puedo menos que reconocerlo y alegrarme,
nunca he tenido que lamentar vivir en una guerra,
no he sufrido una batalla…

era, soy, un ignorante
lo reconozco,
pero hoy soy un poco más sabio al afirmar:

nada bueno puede traernos nunca una guerra.
   

Un paseo por Navas del Rey con Alberto López Langa


Recorriendo Navas en muy buena compañía

Hace unos días me invitaron a disfrutar de una propuesta de lo más divertida, pasear por Navas del Rey y charlar mientras con Alberto López Langa y con Lu Sesma. La propuesta es de lo más interesante y, a pesar del calor de finales de julio, los tres (o eso creo yo) disfrutamos muchísimo de ese estupendo paseo por Navas del Rey, sus lugares, sus curiosidades e incluso su historia.

El resultado es un artículo dedicado a Navas en la web ECO-VIAJES del diario digital Nueva Tribuna, si quieres echarle un vistazo, pincha en este enlace y podrás leerlo entero.

Gracias a Alberto por querer pasear conmigo y a Lu, por acompañarnos y fotografiarnos tan estupendamente bien.

11 de agosto de 2016

Cartas de Barro


Terminó de escribir sin poder evitar un nuevo borrón. Esperaba que no se notasen demasiado los temblores provocados por el frío y el terror que sentía, había procurado que las lágrimas no cayesen en el papel repleto de frases cortas y recuerdos entregados. Lo que sabía que no podría ocultar serían las manchas de barro, esas no las podría borrar jamás, ni en las cartas, ni en los recuerdos ni en su vida...

10 de agosto de 2016

Recitando a Benedetti


Desde luego, no es la primera vez que recito a Mario Benedetti y, seguro, no será la última, pero esta vez sí que he recogido solo un poema para quien quiera escucharlo, uno de mis favoritos del uruguayo.

Cuentos políticamente correctos

El Lobo y el Cazador se fueron a la tetería de la aldea y allí, con una humeante tacita de porcelana en las manos dialogaron sobre la conveniencia o no de que una señora tan mayor como la Abuelita viviese sola en una cabaña en mitad del bosque y de la posibilidad de denunciar a la madre de Caperucita para que le quitasen la custodia de una niña a la que dejaba corretear entre los árboles por su cuenta y a la que nunca cambiaba de ropa. Incluso pensaron en poner en marcha una campaña en Change.org para censurar su mal proceder... Y fueron felices y comieron… ensalada de rúcula y brócoli a la plancha, que las perdices suben el colesterol. Fin.

Que nadie se me asuste, este no es el último final del tradicional cuento de “Caperucita Roja”, que se ha ido transmitiendo oralmente a lo largo de decenas de generaciones y que Charles Perrault fijó por escrito en su propia versión de la tradición oral. No, no es el nuevo final de este cuento que todos conocemos con uno u otro añadido, pero podría serlo. Que a nadie le quepa duda. De un tiempo a esta parte existe una corriente cada día más acuciante que pide una versión políticamente correcta de todo lo que pasa por nuestras manos. Todo tiene que ser correcto, el machismo tiene que obviarse o eliminarse, hay que evitar la sangre y la muerte, hay que borrar cualquier detalle capaz de traumatizar a los niños (y las niñas, espero no cometer un desliz en este asunto tan delicado), aunque esos traumas sean para muchos pobres psicólogos el pan de cada día. Y aunque el mayor trauma o problema causado por los relatos mal llamados infantiles es la creencia por parte de buena parte de la población femenina mundial en el Príncipe Azul, algo de lo que no tienen la culpa los cuentos tradicionales, qué va, sino la versión edulcorada de Disney de todos estos asuntos.


Soy políticamente correcto, a veces creo que demasiado, pero incluso a mí me resulta molesto esa necesidad innecesaria (perdón por la incongruencia) de cambiar los cuentos de toda la vida, de convertirlos en adaptaciones cada día más suaves y con detalles más rocambolescos. Como os digo soy políticamente correcto y me gustan la igualdad, los valores éticos, la educación, la corrección en el lenguaje… creo firmemente que los nuevos cuentos tienen que amoldarse a la sociedad actual o pelear para que, a través de su mensaje, la misma sociedad cambie poco a poco. Lo que me parece algo menos recomendable y me gusta mucho menos es ese intento actual por cambiar lo tradicional y convertirlo en moderno. En suave y ligero. Que nadie se equivoque, no hablo de asuntos que puedan poner en peligro la salud de las personas o de los animales. Hay tradiciones y tradiciones. Algunas es muy bueno que cambien y se adapten, claro que sí. Pero cambiar lo tradicional en los cuentos clásicos  y en la Literatura Infantil es algo que me molesta mucho. 

¡Ojo, llega un párrafo con “spoilers” (vamos, que voy a destripar algunos secretos)!

Que no se derrita el Soldadito de Plomo, que la Sirenita no se vuelva espuma de mar, que a Caperucita no se la coma el lobo o que Barba Azul sea un simpático señor de un castillo que se limita a divorciarse de aquellas esposas demasiado curiosas para poderse casar con otras… desvirtúa el mensaje de los cuentos, los cambia irremediablemente y consigue que nuestros niños y niñas estén cada día más alejados de la realidad. De pequeño he leído muchos de estos cuentos, los he escuchado. He sabido que las mujeres curiosas morían en ese castillo, que el Cazador disparaba al Lobo (¿o era un Leñador que iba con un hacha cual enano de la Tierra Media?), que la Bailarina de la caja de música se quedaba sin soldadito, que la Cerillera se moría de frío… la muerte, el miedo, la prudencia, el respeto ante lo desconocido… son mensajes que la tradición oral ha ido trayendo hasta nosotros y que no debería perderse, porque en esta tradición clásica se oculta parte de lo que nos ha convertido en lo que somos como sociedad, nos ha ayudado a prevenirnos de los peligros. Si los Gigantes no se comen a los niños o las Brujas no pretenden asarnos por acercarnos a sus Casitas de Chocolate ¿qué va a impedir que nos acerquemos a las unas o a los otros?

Y aun así vuelvo a reiterar que los nuevos cuentos hablan de otros asuntos, de respeto, igualdad, semejanzas entre las diversidades… y me encanta que lo hagan. Pero, repito, los nuevos cuentos, no los tradicionales. E incluso creo que, en ocasiones, es bueno que un libro obvie todo eso para que tengamos que ser nosotros mismos quienes los añadamos a nuestra mecánica intelectual.

Leo mucha buena literatura infantil y juvenil, la disfruto. Sé que hay dos autores muy queridos y admirados por los creadores de estos géneros literarios (si es que se pueden llamar así), estoy hablando de Roald Dahl y Gianni Rodari, aunque podríamos meter a Astrid Lindgren y a muchos autores más. Estos autores eran de todo menos políticamente correctos a la hora de escribir para niños. Es cierto que la sociedad ha cambiado ¡y mucho!, pero me da mucha pena el hablar con editores y editoras de LIJ que afirman rotundamente que hoy no publicarían las historias de estos tres grandes escritores. Y no me extraña, juegan a la incorrección, a la rebeldía, a la molestia de tanto en tanto… y en días como los que atravesamos, de globalizaciones y homogenizaciones ¿a quién le interesa que exista una nota discordante?

Llevo todo el mes de julio empapándome de Roald Dahl, lo estoy disfrutando como un enano y estoy queriendo ser gamberro, gritar groserías, mascar chicles y ver la televisión sin parar... pues no, es mentira, pero me lo estoy pasando como un enano con sus historias gamberras y transgresoras. 

Quizá, hoy en día, la mejor forma de ser una mente libre, un rebelde, sea, precisamente, leyendo a los clásicos.



28 de julio de 2016

El Sol enamorado


Te he visto socorrer a los poetas,
engrandecer los sueños de los locos,
inspirar amores inauditos
y tejer con tu plata los desastres más hermosos.

He presenciado tu entereza
al otear maravillas o desastres
y tu menguar obstinado cuando he pretendido darte alcance.

Te he visto nacer y morir en tantas vidas
que seré incapaz de recordarlas
pero nunca olvidaré, amada mía, esta pasión con que me embriagas.

27 de julio de 2016

Recitando dos poemas de Pablo Neruda


Creo que debo ser el último de los recitadores en acercarme a Pablo Neruda e incluso de publicar por aquí algunas de las cosas que recito. Hoy vengo con dos poemas, dos poemas pertenecientes a uno de los libros más leídos de todo el mundo, "20 poemas de amor y 1 canción desesperada".

Una amiga de Castillos en el Aire, Loli Pages, me comentó que, lo mismo, estaba bien que recitase a Neruda en alguna ocasión y yo... que soy un chico fácil, pues eso, que aquí tenéis dos de los poemas más famosos de la historia de la literatura.

Espero que os gusten.





25 de julio de 2016

La Curiosidad de la Nigromante


La Criatura se lanzó hacia ella. Pudo esquivarla por unas décimas de segundo. Supo que no tendría la misma suerte en una segunda oportunidad. Tenía que hacer algo si quería sobrevivir. Luchar... ¿cómo se iba a enfrentar con un ser semejante? Debía estar loca cuando pensó que era buena idea atravesar el Portal. Estaba muerta. Lo sabía. Ni siquiera ella debería haber hollado el Abismo. Era una imprudencia, una auténtica locura. Conocía la teoría de cuanto pasaba en este lado de la Creación, pero estar allí en realidad era algo muy diferente. Lo sabía. Sabía que cada plano tenía unas reglas. Y unos custodios. Estaba en el plano más bajo de la existencia. Había creído que su poder sería incontenible allí. Y lo era. Pero no había contado con la presencia de un Digaón. Un Demonio del Abismo.

Un destello oscuro en los ojos del monstruo le indicó que todo estaba sentenciado. Estaba perdida. Actuó por puro instinto. Fue como si el pánico le regalase la velocidad adecuada y necesaria. Solo tenía una meta: sobrevivir. No importaba el cómo. La Nigromante sudaba y temblaba cuando invocó al Leviatán. Al demonio más temible. Al mismísimo señor del Infierno. Y lo hizo un instante antes de ser ella misma devorada por una bestia infernal. El Diagón la miró con extrañeza e incredulidad. Después desapareció en un torbellino de luz y sangre. Un estertor infinito azotó los oídos de la mujer. Sus oídos sangraban. Las piernas no pudieron sostenerla. Y entonces lo vio. Contempló al demonio que ella mismo había despertado. Y supo que no solo ella estaba en peligro. Lo estaba toda la Existencia.

Intentó romper el lazo, desbaratar el vínculo que la uniría desde ese preciso instante al Diablo durante toda la eternidad. No pudo. Había roto el Juramento. Había ido más lejos de lo que debería... no había nada que pudiera hacerse. Mantuvo su poder apenas un segundo más antes de caer en el pozo infinito y formar parte de la Colectividad que sufría en el interior de la bestia. Al atravesar el Portal de regreso ya no era la Nigromante, era un ser diferente. Sus siervos no lo supieron hasta que los devoró uno a uno, lenta y dolorosamente. Después, lo que quedaba del rostro de la mujer esbozó una sonrisa. Tenía un mundo a su disposición. Y ya no existía un Portal capaz de enviarle de vuelta al Abismo...

13 de julio de 2016

Zombis y Sangre


Sangre. Cuando uno piensa en zombis piensa habitualmente en sangre. Pero no he visto ni una gota de sangre desde que empezó esta noche infinita. Puede que haya tenido suerte… o puede que haya olvidado aquello que me hace humano. No he visto sangre, pero sé que se ha derramado. Sé que las calles han sido regadas con la vida de cientos de personas. Supe que estábamos condenados en el mismo momento en el que vi al primero de ellos. Por eso no he visto la sangre, por eso me escondí entre estos barrotes. Por eso evito cualquier contacto con el exterior. Nadie ha entrado aquí. Nadie ha salido. No he visto la sangre. Zombis. Son asquerosos. Películas, libros, pesadillas. Sé lo que son. Por eso he sobrevivido. Por eso no he visto la sangre. Los colgué. Colgué a los que estaban aquí antes. Estaban preparados. Tenían víveres, agua y energía. Para años. Pero yo lo sabía. Tarde o temprano serían zombis. Todos. Por eso me adelanté. Por eso estoy solo. Por eso no veré la sangre. Una cuchilla rasgará la piel de mis muñecas. Me la dejará ver, por fin. Es llamativa y hermosa, la sangre.

Me entrevistan en LIBRIPEDIA

¡Qué duro es responder a una entrevista!

Mi amigo Guillermo de los Mozos ha puesto a trabajar a todo su equipo para preparar una completa entrevista sobre mí... ¿qué os parece? Yo os la dejo por aquí para que la disfrutéis (o la sufráis, nunca se sabe). Gracias Guille y gracias Libripedia.

Parece fácil, pero no lo es en absoluto, no creáis. Estar al otro lado de la pregunta... pues eso, que no es lo mío.

Podéis llegar hasta la entrevista PINCHANDO AQUÍ

La última presa


Kaly se encogió tras las raíces. La noche y la niebla eran sus aliadas. Lo tenía todo previsto. La presa era fácil y estaba dormida. No sería un problema. Un relámpago cruzó la noche y un fugaz pensamiento le hizo medir el abandono de la caza. Lo desechó. Tenían que cazar para sobrevivir, hacía muchas noches que nadie atravesaba el yermo. Tenían que cazar o morirían todos. Sus músculos se endurecieron y sus ojos brillaron con el fulgor de la decisión. A su orden muda se precipitó la caza...

La Manada se lanzó sobre la presa. Una tormenta de pelajes blancos y azules. Desde su escondite Kaly contempló orgullosa el preciso movimiento de sus hijos. La Manada era una magnífica máquina de matar. Esa noche comerían. Esa noche todo cambiaría para ellos. Matarían, comerían y abandonarían el yermo para siempre. Por fin podrían abandonar aquel lugar. Por fin el círculo se cerraría. Mil vidas. Eso era lo que había exigido Krashiak, el Guardián del Yermo, mil almas para que la Manada pudiese abandonar aquel lugar infestado de muerte y abandono. Esa noche, tras décadas de lucha, abatirían a su presa número mil. Kaly las llevaba anotadas, cada una de ellas, en las retinas.

Un brillo plateado fue el primer indicio de que algo iba mal. La sangre y los aullidos lastimeros fueron lo siguiente. La gran loba, jefa de la más temible de las manadas vio cómo sus hijos morían uno a uno ante la criatura que habían elegido como presa. La lucha apenas duró unos segundos. La niebla y la noche se tornaron rojas en las pupilas de Kaly. Después no hubo noche, ni niebla, ni dolor, ni Muerte... solo existía Ella, la presunta presa, una criatura que nunca había habitado en el Yermo. Kaly nunca había visto a una mujer pero algo en lo más profundo de su ser le dijo que era, quizá, un ser tan peligroso o más que el propio Krashiak. La odió y amó al mismo tiempo. Deseó su muerte, pero a su vez su protección. Era extraño, jamás había sentido admiración por otro ser, por otra criatura de la Creación. La mujer desvió su mirada hasta cruzarla directamente con la de la loba, que se encogió un tanto instintivamente. La mujer pensaba en saltar hacia ella y matarla como a sus hijos, la medía con la mirada. Kaly había cazado durante toda su vida, sabía cuándo un depredador evaluaba a su presa antes de atacar. La mujer relajó su postura, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se giró. Kaly deseó abalanzarse sobre ella, destruirla, devorarla, honrar la sangre y la piel despedazada de sus hijos... pero supo dos cosas, que no era rival para la mujer y que no era la última vez que vería aquellos ojos de fuego. Se marchó, lejos, en busca de la presa que la liberaría de las cadenas del Yermo, jurando que, algún día, ella y la mujer se reencontrarían, quizá en otro tiempo y lugar, pero con un resultado muy diferente...

28 de junio de 2016

En ocasiones... ¡cuento cuentos!


El viernes pasado tuve la suerte de volver a contar en "Cuentos de una noche de verano", el fantástico evento organizado cada año por la Biblioteca Municipal de Chapinería para celebrar la llegada del verano. 

Ya he perdido la cuenta de las veces que he estado por allí (esto lleva realizándose ya 15 años), creo que he llevado caballos y estrellas, ratones con ganas de volar, cebras, cantares populares relacionados con los higos... y en esta ocasión la historia de cómo Elena contará en Chapinería dentro de unos años, aunque ahora esté disfrutando entre el público.

Un auténtico placer que espero seguir disfrutando año tras año.

Gracias por hacerlo posible.


20 de junio de 2016

El sábado me entregaron el Primer Premio de Relato en Cenicientos


Ganar un premio literario siempre es un motivo de orgullo, de ánimo, de confianza en lo que uno está haciendo. Parece que cuando recibes un galardón, en lo que sea, alguien reafirma tu trabajo, te confirma que vas por el camino adecuado... y, sobre todo, te da una alegría tremenda. He tenido la suerte de recibir varios premios a lo largo de mi vida, especialmente con mis relatos, aunque también por cartas y poemas. Y no consigo acostumbrarme a eso, cada vez que ganas un premio es una primera vez, algo que te llena durante un instante y te obliga a seguir adelante, a continuar.

Me apunté al I Certamen de Relato de Cenicientos por varias razones. En primer lugar porque siempre me ha gustado eso de dirimir mis trabajos literarios con los de otros autores con tanta o mucha más calidad que yo, es genial eso de participar en un concurso, te mantiene en una tensión sana que siempre es apetecible y divertida, ese gusanillo en el estómago, ese pensar de tanto en tanto en tu trabajo... en fin, que me gusta. Pero también lo hice por otras dos razones fundamentales, porque me gusta valorar el trabajo de los demás, especialmente el bien hecho y me gusta el valor y la entrega que han puesto en Cenicientos para poner en marcha algo que no había en uno de los municipios con más historia de la Sierra Oeste de Madrid, participar en este concurso es apoyar la Cultura, es engrosar el número de trabajos participantes, es contribuir a la visibilidad del trabajo puesto en marcha. Ganarlo es entrar en la historia de un municipio. Siempre tendré el honor y el privilegio de haber sido el ganador del I Premio de Relato impulsado por Cenicientos.

Mañana, cuando este premio sea mucho más importante y reconocido, estaré ahí, siempre, inaugurando una lista de autores cada año más reconocida y numerosa.

Ganar un premio es, como me pasó el sábado en Cenicientos, emocionarse y sentirse arropado. Poder disfrutar de una lectura dramatizada de tu relato capaz de hacer que derrames un par de lagrimillas (no confesaré más que eso). Es disfrutar de la gentileza y hospitalidad de un pueblo que pone un gran esfuerzo por su parte para que te sientas honrado.

Muchas gracias a Cenicientos por este premio, por esta fantástica gala para entregarlo, por este premio que se suma a la oferta cultural de la Sierra Oeste de Madrid, por la magnífica sorpresa de la lectura del relato... en fin, ha sido un auténtico placer el estar con vosotros para celebrar esta primera edición. Ganar uno de los premios... será algo que muestre con orgullo allá por donde vaya.

Mil gracias.