2 de enero de 2016

Wilfredo y los Ladrones

Wilfredo miró a su alrededor y sonrió, estaba a punto de conseguirlo. Al final nada había resultado tan difícil como había pensado. Después de una noche viajando a través del bosque y de temblar cada vez que escuchaba un aullido lejano el sol finalmente había salido y el torreón al que se dirigía se oteaba ya a apenas un centenar de pasos bajos sus pies. Solo tenía que descender un estrecho sendero y llegaría  las puertas del bastión en el que se cobijaba el puesto vigía al que le había enviado Sir Bilgen con una misión con la que había pretendido ponerle a prueba. Al recordar a su capitán Wilfredo palpó la bolsa que colgaba de su costado derecho y suspiró aliviado, la botella seguía intacta a pesar de su alocada carrera a través del bosque, iba a cumplir la misión y a aprobar el examen. Desde luego, nunca habría sospechado que ser caballero sería tan peligroso y aterrador. Atravesar un bosque en plena noche para acercarse a un pequeño castillete situado a varios kilómetros de Gray Castle no era algo con lo que hubiese soñado al inscribirse en la academia.

Ahora que estaba a apenas unos minutos de su destino y que el regreso sería a plena luz del día el recuerdo de la noche sufrida en la arboleda no le parecía tan terrible como al atardecer, cuando había abandonado la fortaleza de Tedium con un nudo en el estómago y la sensación de estar siendo arrojado a una muerte segura y dolorosa. Sonrió para sí, aliviado, y aceleró el paso, seguro que en el pequeño torreón le recibirían con un buen desayuno, ya tenía hambre. Soñó con unas gachas o con un buen caldo, quizá acompañado de torreznos y un buen mendrugo de pan. Tedium no era un reino excesivamente rico o generoso, pero sí era un rincón de Telluón en el que se comía adecuadamente y se cuidaba a sus habitantes. No entraba nunca en guerras o contiendas extrañas y eso hacía que fuese un reino donde no se vivían penurias excesivas.

Wilfredo se dejó llevar por el paisaje, aunque él llegaba desde un punto algo más elevado el Torreón de los Vigías, como se llamaba aquel pequeño baluarte, estaba enclavado en una elevación que permitía contemplar kilómetros y kilómetros de distancia. Se decía que en días de buen tiempo y cielos claros era posible ver las montañas de la otra punta de Regensis, unas elevaciones gigantescas y misteriosas que en Tedium se conocían solamente por lo que contaban los juglares y los trovadores. Lugares remotos donde se decía que ocurrían historias extraordinarias, allí, más allá de las más altas montañas se erigía La Fortaleza de Ámbar, o eso recordaba Wilfredo de uno de los cuentos que había escuchado en su niñez. Un lugar en el que se vivían tantos peligros y aventuras como en las historias cantadas por los bardos. Antes de descender por completo, Wilfredo aguzó la vista intentando ver aquellas montañas. Sabía que nunca estaría allí y que ese puesto de vigías que permitían estar al tanto de la llegada de cualquier jinete con un par de jornadas de antelación sería lo más cerca que estaría nunca de aquellos reinos tan extraños y peligrosos.

Tras un par de minutos sin llegar a ver nada más allá de un lejano brillo que bien podría ser fruto de su propia imaginación Wilfredo descendió el sendero con mucho cuidado de no tropezar y romper la botella que llevaba al torreón. Una vez abajo se adentró en una arboleda de pinos piñoneros y pequeñas encinas achaparradas. De noche aquel lugar podría ser temible. Alrededor del camino se apreciaban los rastros de varias manadas de jabalíes que habían levantado la tierra y escarbado las lindes del camino, el muchacho se estremeció, por fortuna él no se había topado aquella noche con ninguna de aquellas bestias de mirada monstruosa y colmillos gigantes, esperaba no encontrarse jamás ante una de aquellas criaturas que poblaban la noche. 

Wilfredo caminaba pensando en lo temible que sería toparse con un jabalí herido cuando escuchó un grito de auxilio, procedía del interior del bosque y era un grito de mujer, de eso incluso él estaba seguro. El corazón empezó a latirle a toda velocidad, un nudo mucho más profundo y fuerte que el de la noche anterior atenazó su estómago y un sudor frío empezó a correrle por la espalda. Su primera idea fue la de correr a la fortaleza a alertar a todos los que estaban allí de que algo estaba sucediendo. Imaginó a cien ogros destrozando los pinos con sus garrotes, mil trasgos correteando por el sueño con sus garras y miradas de odio… incluso un dragón se pasó por su cabeza justo en el instante en el que escuchó un segundo grito.

El instinto hizo que realizase un movimiento que, de haberlo pensando, era probable nunca hubiese realizado, corrió hacia el lugar del que llegaban los gritos. Y antes casi de darse cuenta estaba ante una escena que parecía surgida de una de sus pesadillas infantiles. Una mujer estaba siendo acosada por tres hombres que iban armados con espadas. Ladrones. Wilfredo lo supo enseguida, la vestimenta de aquellos hombres no dejaba lugar a dudas. La mujer estaba apoyada en un árbol e intentaba defenderse, huir… pero ellos se reían de ella, la empujaban y la quitaban cuanto tenía poco a poco. El muchacho, escondido tras una raíz especialmente grande vio que la mujer llevaba un par de cestas repletas de pan que los ladrones se habían empeñado en robarle, pero que una vez en poder de los panes también pretendían quitarle un colgante, a lo que la mujer se resistía con todas sus fuerzas.

-Por favor, es un recuerdo de mi abuela –gimió.
-Yo no conocí a la mía. Ninguno de nosotros lo hizo, ¿verdad? –se rió uno de los ladrones mientras intentaba acercarse a la mujer, que se defendía con uñas y dientes.
-Por favor… es lo único que me queda de ella. Llevaos todo lo demás, pero dejad que me quede con el colgante.
-¿Es que tienes algo más? –rugió otro de los bribones que acosaban a la mujer. Uno mucho más grande que los otros dos, vestido con una túnica roja.

Wilfredo sabía que no tenía nada que hacer frente a aquellos tres bravucones, aunque estaba seguro de que los custodios del torreón les harían temblar con su sola presencia. Él era solo un muchacho desarmado, solo tenía en sus manos un bastón que le había ayudado a realizar el camino y a sentirse ligeramente más seguro en su viaje. Le darían una paliza. Lo mejor que podía hacer era escabullirse hasta el castillete y avisar a los soldados. Ellos darían buena cuenta de aquellos bastardos. Empezaba a retirarse sigiloso cuando escuchó la bofetada y el llanto…

Y no lo pensó. Salió de su escondite y saltó sobre los tres ladrones. Sin saber por qué pensó que lo mejor sería intentar derribar al más grande de los tres y gracias al efecto sorpresa consiguió acercarse tanto como para golpearle en la cabeza con su bastón. Pero el ladrón ni se cayó ni quedó inconsciente. La madera se resquebrajó por la mitad y el tipo se giró y se encaró con Wilfredo. Su cara mostraba más sorpresa que dolor, pero al descubrir que un muchacho le había golpeado tras pillarle desprevenido el rostro del gigante se endureció. Sus dos amigos se reían abiertamente de él y eso provocó que la furia del ladrón creciese. Wilfredo reculó mientras esgrimía disculpas y su partido palito al mismo tiempo. Y salió corriendo con todas sus fuerzas, con la esperanza de llegar al castillete antes de que le alcanzasen.

Al ver que el niño corría, los tres ladrones olvidaron a la mujer, las cestas de pan y la medalla y salieron corriendo tras él. La mujer, sorprendida y aliviada, se perdió en el bosque sollozando y recuperándose del miedo sufrido. Se había librado de una buena.

Pero Wilfredo no se libró. Qué va. Como no podía ser de otra manera (si le conocieses bien lo sabríais, así como que había sido un milagro el que su botella hubiese llegado intacta al amanecer) tropezó y cayó al suelo. La botella se rompió y el líquido se derramó por el suelo. Los ladrones llegaron y empezaron a golpear a Wilfredo con todas sus fuerzas. Patadas, puñetazos, golpes, insultos, escupitajos… el muchacho se hizo un ovillo y rezó para que los golpes se acabasen lo antes posible, aunque lo que más le dolía era el no haber superado la prueba después de la noche sufrida en el bosque, nunca podría ser caballero…

Wilfredo no lo supo pero Anabell, la panadera, había aprovechado su huida para correr al torreón y avisar a los soldados de su intento de asalto y de que un muchacho estaba siendo perseguido por la Banda del Guante Rojo, un trío de ladrones que llevaba años cobijado en el Bosque robando a todo aquel que se topaba con ellos. El chico tuvo suerte, la guardia llegó y no solo acabó con sus golpes, sino que arrestó a los tres ladrones.

Horas después, acompañado por la joven panadera, Wilfredo, magullado y tristón llegó a Grey Castle, allí se presentó ante Sir Bilgen, sabiendo que había errado en su empeño y había suspendido su examen de inscripción. Jamás sería Caballero del Reino de Tedium ni entraría en la prestigiosa Guardia Real. No lloraba porque ya no le quedaban lágrimas.

Wilfredo entregó a Sir Bilgen la botella rota y agachó la mirada esperando una reprimenda, unas palabras de decepción o una despedida fría. Pero el capitán de Grey Castle se acercó a él, puso una mano en su hombro y le sonrió.

-Muchacho –le dijo- no solo has superado la prueba sino que has demostrado de qué madera estás hecho.
-Pero… pero… si yo, si la botella… -balbuceó Wilfredo que al pensar en madera solo podía recordar el bastón roto.
-La botella no es importante, ni lograr aquello que uno se propone. El verdadero héroe es aquel que pone todo su empeño en intentar realizar algo aunque tiemble de miedo al hacerlo. El que antepone el bienestar de los demás al suyo propio, el que se enfrenta a la noche aunque le aterre. Tú, Wilfredo, eres un héroe y con el entrenamiento adecuado, estoy seguro de ello, serás uno de nuestros caballeros más grandes.


Wilfredo miró a la luna. Habían pasado muchos años desde aquella aventura que le había hecho pasar tres días en cama con fiebre y golpes por todo el cuerpo. Ahora su vida era mucho más extraña que entonces y su búsqueda mucho más complicada. Llevaba semanas recorriendo Regensis en busca del hechizo que rompiese el sortilegio que mantenía a Johanna dormida. Él, que nunca había querido ser un héroe, tenía que rescatar a una princesa. Una princesa que, de no ser por la magia de un dragón, y de eso estaba seguro, estaría a su lado, demostrándole de nuevo que ella era la verdadera heroína y él, que ahora intentaba salvarla, un simple compañero de aventuras.

Pero nunca olvidaba a Sir Bilgen ni aquellas palabras que le dedicó, porque estaba aterrado, muerto de miedo, asustado como nunca antes lo había estado en toda su vida, pero seguiría luchando por Johanna. Esta vez esperaba que la botella no se le rompiese en el empeño.