8 de marzo de 2016

Las armas de Sahid


Aquel día, al salir de la escuela, Shahid supo que algo era diferente, no sabía qué era, pero una sensación extraña le mantenía inquieto y asustado, sí, asustado… aunque estando los talibanes por ahí, ¿cómo no iba a estar asustado un niño de 10 años? Todo era terror, miedo y miradas inquietas desde que esos tipejos gobernaban en su aldea. Cuando llegaron los talibanes lo primero que habían hecho había sido prohibir la música, después todo lo demás. Se habían dedicado a juzgar y condenar a quien no hacía lo que ellos decían lo que había que hacer y además, habían prohibido que las niñas fuesen al colegio... algo que Shahid no comprendía, ¿qué mal podría causar que las niñas estudiasen?

Aquel día Shahid vio cómo un tipo barbudo peguntaba a Alí, a Imram y a Tariq dónde estaba Malala. Supo que algo malo iba a ocurrir a los pocos segundos, pero fue incapaz de moverse, el miedo le mantuvo pegado al suelo. Estaba aterrorizado. Sabía lo que iba a suceder antes de que aquel que se llamaba hombre doblase la esquina de la escuela y sacase un arma. Lo sabía y no hizo nada. No pudo. Después escuchó el disparo y lloró, lloró porque supo lo que había pasado… por suerte, en esta ocasión, Alá estuvo pendiente y obró un auténtico milagro. Provocó que una niña se convirtiese en un símbolo imposible de detener. En una tormenta de arena capaz de sepultar a aquellos cobardes armados con pistolas y con gritos.

Años más tarde Shahid era profesor en aquella humilde escuela de Mingara. Sus armas eran las palabras, la imaginación y su voluntad, además de todo lo que había aprendido desde pequeño. Algo que ni todos los talibanes del mundo le habrían podido arrebatar. Todavía, al atravesar su umbral, recordaba con terror aquel día. Entonces miraba con admiración la fotografía que Malala le envió cuando ganó el Premio Nobel de la Paz. Hacía ya muchos años de aquello… Ahora Malala presidía su país y cambiaba las cosas de un modo radical e irrevocable. Dicen que, gracias a ella, Sahid pudo y quiso seguir estudiando, que gracias a ella ayudó a muchos niños y niñas a seguir aprendiendo y a seguir pensando y que logró que el Valle de Swat se convirtiese en el mejor lugar para aprender de todo Pakistán. Quizá de buena parte de todo el mundo. Dicen que gracias a Shahid cambió todo el modelo de enseñanza de su región y después de su país, que se convirtió en un excelente Ministro de Educación y que él mismo ganó el Premio Nobel de la Paz, como su heroína, pero ¿sabéis qué? Eso pasó en otra historia, en otro momento, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.