13 de marzo de 2016

Samuel, el bibliotecario


Todo lo que pasó en ese pueblo fue por culpa de su biblioteca. 

Bueno, mejor dicho de la persona que se hizo responsable de ella. El viejo Samuel. El misterioso, desconocido y un poco despistado Samuel. En Garralzarzal la biblioteca llevaba cerrada más de veinte años, a nadie le importaba lo que había dentro ni lo que allí se había hecho hasta que se cerró para no volver a abrirse. Ni los muebles ni los libros ni las palabras ni las ideas… nada importaba para los vecinos de ese pueblo perdido en mitad de ninguna parte. 

Hasta que llegó Samuel.

Nadie supo nunca de dónde vino ni quién era. Se parecía al hijo del molinero, el que se había perdido durante la guerra, pero no había nadie en todo el pueblo que pudiese confirmar si era él o no. Samuel nunca dijo nada al respecto, así que todo el mundo supuso que era una simple coincidencia. 

Samuel era una persona extraña. Especialmente para vivir en Garralzarzal. Leía. Y eso, en un pueblo de casi mil habitantes donde la biblioteca llevaba cerrada más de veinte años, era digno de chismorreos y de curiosidad. Por lo menos al principio. 

Samuel llegó una mañana. Caminando, nadie supo nunca desde dónde. Se paró delante de la puerta cerrada de la biblioteca, como si esperase a que alguien le abriera y le dejara olfatear el polvo de sus libros. Nadie le abrió. Nadie le dijo nada. Solo recibió miradas curiosas. Alguna incluso asustada.

Pero Samuel no se ofendió. Era una persona extraña. Samuel.

Tras una hora de espera Samuel se dio la vuelta y se dirigió al bar del señor Jacinto. Allí se tomó un café cortado con un chorrito de anís. Algo que nadie había pedido nunca por allí pero que, desde aquel día, se convirtió en una tradición diaria que terminó en una amistad duradera entre el misterioso Samuel y el risueño Jacinto, que siempre tenía una broma para todo el mundo, incluso para el sacristán, Don Manuel, un tipo muy serio y circunspecto que era el maestro de una escuela colectiva. Y para el cura, Don Marcial. 

Samuel le comentó a Jacinto que acababa de mudarse a una pequeña casita situada al final del pueblo, frente al antiguo molino que ya nadie utilizaba. Allí se instaló Samuel, que no trajo de equipaje más que una pequeña bolsa repleta de cuadernos y bolígrafos.

Durante toda una semana esperó a que alguien abriese la biblioteca. Nadie lo hizo. Jacinto, Don Marcial y Don Samuel le informaron de que era un edificio inútil y vacío. Lleno solo de polvo y trivialidades que no interesaban demasiado en Garralzarzal.

Samuel no dijo nada.

Solo miró a sus tres compañeros de barra y sonrió levemente.

Días después se acercó al ayuntamiento y conversó con el alcalde. Don Francisco Pérez, alcalde de su pueblo desde hacía más de 20 años puso a Samuel al cargo de la biblioteca. No le dio ninguna importancia ni ninguna ayuda. Le ofreció las llaves del edificio. Ni le puso un sueldo ni le dio grandes esperanzas de que nadie entrase en aquel lugar polvoriento y abandonado.

Samuel abrió la puerta esa misma tarde.

Durante días se esmeró en limpiar y colorar. En repletar y organizar. En barrer y fregar.
La vida de aquel pueblo perdido en medio de la nada cambió con la llegada del misterioso Samuel.

Hay quien dijo mucho después que la simple presencia del anciano hizo que la magia se desatase, que apenas tuvo que trabajar, claro, ellos no habían limpiado las estanterías, colocado los libros, barrido los suelos ni encontrado los libros que algunos vecinos ya no querían ni usaban.

Todo Garralzarzal cambió con Samuel.

Don Francisco Pérez dejó de ser alcalde en las primeras elecciones que hubo tras la llegada de Samuel. El viejo molino se convirtió en una Casa de Cultura. El sacristán dejó de ser el maestro de la escuela. El pueblo dejó de estar perdido en mitad de la nada.

Dicen que incluso llegaban personas de muy lejos para conocer la Biblioteca de Samuel. Su magia. Dicen que gracias a este rincón repleto de magia y de literatura todo cambió. En el pueblo y en toda la región, pero ¿sabéis qué? Lo que ocurrió con Samuel, la biblioteca y todas esas personas que aún ni habéis conocido ocurrió en otra historia, en otro momento, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.