13 de julio de 2016

La última presa


Kaly se encogió tras las raíces. La noche y la niebla eran sus aliadas. Lo tenía todo previsto. La presa era fácil y estaba dormida. No sería un problema. Un relámpago cruzó la noche y un fugaz pensamiento le hizo medir el abandono de la caza. Lo desechó. Tenían que cazar para sobrevivir, hacía muchas noches que nadie atravesaba el yermo. Tenían que cazar o morirían todos. Sus músculos se endurecieron y sus ojos brillaron con el fulgor de la decisión. A su orden muda se precipitó la caza...

La Manada se lanzó sobre la presa. Una tormenta de pelajes blancos y azules. Desde su escondite Kaly contempló orgullosa el preciso movimiento de sus hijos. La Manada era una magnífica máquina de matar. Esa noche comerían. Esa noche todo cambiaría para ellos. Matarían, comerían y abandonarían el yermo para siempre. Por fin podrían abandonar aquel lugar. Por fin el círculo se cerraría. Mil vidas. Eso era lo que había exigido Krashiak, el Guardián del Yermo, mil almas para que la Manada pudiese abandonar aquel lugar infestado de muerte y abandono. Esa noche, tras décadas de lucha, abatirían a su presa número mil. Kaly las llevaba anotadas, cada una de ellas, en las retinas.

Un brillo plateado fue el primer indicio de que algo iba mal. La sangre y los aullidos lastimeros fueron lo siguiente. La gran loba, jefa de la más temible de las manadas vio cómo sus hijos morían uno a uno ante la criatura que habían elegido como presa. La lucha apenas duró unos segundos. La niebla y la noche se tornaron rojas en las pupilas de Kaly. Después no hubo noche, ni niebla, ni dolor, ni Muerte... solo existía Ella, la presunta presa, una criatura que nunca había habitado en el Yermo. Kaly nunca había visto a una mujer pero algo en lo más profundo de su ser le dijo que era, quizá, un ser tan peligroso o más que el propio Krashiak. La odió y amó al mismo tiempo. Deseó su muerte, pero a su vez su protección. Era extraño, jamás había sentido admiración por otro ser, por otra criatura de la Creación. La mujer desvió su mirada hasta cruzarla directamente con la de la loba, que se encogió un tanto instintivamente. La mujer pensaba en saltar hacia ella y matarla como a sus hijos, la medía con la mirada. Kaly había cazado durante toda su vida, sabía cuándo un depredador evaluaba a su presa antes de atacar. La mujer relajó su postura, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se giró. Kaly deseó abalanzarse sobre ella, destruirla, devorarla, honrar la sangre y la piel despedazada de sus hijos... pero supo dos cosas, que no era rival para la mujer y que no era la última vez que vería aquellos ojos de fuego. Se marchó, lejos, en busca de la presa que la liberaría de las cadenas del Yermo, jurando que, algún día, ella y la mujer se reencontrarían, quizá en otro tiempo y lugar, pero con un resultado muy diferente...