10 de agosto de 2016

Cuentos políticamente correctos

El Lobo y el Cazador se fueron a la tetería de la aldea y allí, con una humeante tacita de porcelana en las manos dialogaron sobre la conveniencia o no de que una señora tan mayor como la Abuelita viviese sola en una cabaña en mitad del bosque y de la posibilidad de denunciar a la madre de Caperucita para que le quitasen la custodia de una niña a la que dejaba corretear entre los árboles por su cuenta y a la que nunca cambiaba de ropa. Incluso pensaron en poner en marcha una campaña en Change.org para censurar su mal proceder... Y fueron felices y comieron… ensalada de rúcula y brócoli a la plancha, que las perdices suben el colesterol. Fin.

Que nadie se me asuste, este no es el último final del tradicional cuento de “Caperucita Roja”, que se ha ido transmitiendo oralmente a lo largo de decenas de generaciones y que Charles Perrault fijó por escrito en su propia versión de la tradición oral. No, no es el nuevo final de este cuento que todos conocemos con uno u otro añadido, pero podría serlo. Que a nadie le quepa duda. De un tiempo a esta parte existe una corriente cada día más acuciante que pide una versión políticamente correcta de todo lo que pasa por nuestras manos. Todo tiene que ser correcto, el machismo tiene que obviarse o eliminarse, hay que evitar la sangre y la muerte, hay que borrar cualquier detalle capaz de traumatizar a los niños (y las niñas, espero no cometer un desliz en este asunto tan delicado), aunque esos traumas sean para muchos pobres psicólogos el pan de cada día. Y aunque el mayor trauma o problema causado por los relatos mal llamados infantiles es la creencia por parte de buena parte de la población femenina mundial en el Príncipe Azul, algo de lo que no tienen la culpa los cuentos tradicionales, qué va, sino la versión edulcorada de Disney de todos estos asuntos.


Soy políticamente correcto, a veces creo que demasiado, pero incluso a mí me resulta molesto esa necesidad innecesaria (perdón por la incongruencia) de cambiar los cuentos de toda la vida, de convertirlos en adaptaciones cada día más suaves y con detalles más rocambolescos. Como os digo soy políticamente correcto y me gustan la igualdad, los valores éticos, la educación, la corrección en el lenguaje… creo firmemente que los nuevos cuentos tienen que amoldarse a la sociedad actual o pelear para que, a través de su mensaje, la misma sociedad cambie poco a poco. Lo que me parece algo menos recomendable y me gusta mucho menos es ese intento actual por cambiar lo tradicional y convertirlo en moderno. En suave y ligero. Que nadie se equivoque, no hablo de asuntos que puedan poner en peligro la salud de las personas o de los animales. Hay tradiciones y tradiciones. Algunas es muy bueno que cambien y se adapten, claro que sí. Pero cambiar lo tradicional en los cuentos clásicos  y en la Literatura Infantil es algo que me molesta mucho. 

¡Ojo, llega un párrafo con “spoilers” (vamos, que voy a destripar algunos secretos)!

Que no se derrita el Soldadito de Plomo, que la Sirenita no se vuelva espuma de mar, que a Caperucita no se la coma el lobo o que Barba Azul sea un simpático señor de un castillo que se limita a divorciarse de aquellas esposas demasiado curiosas para poderse casar con otras… desvirtúa el mensaje de los cuentos, los cambia irremediablemente y consigue que nuestros niños y niñas estén cada día más alejados de la realidad. De pequeño he leído muchos de estos cuentos, los he escuchado. He sabido que las mujeres curiosas morían en ese castillo, que el Cazador disparaba al Lobo (¿o era un Leñador que iba con un hacha cual enano de la Tierra Media?), que la Bailarina de la caja de música se quedaba sin soldadito, que la Cerillera se moría de frío… la muerte, el miedo, la prudencia, el respeto ante lo desconocido… son mensajes que la tradición oral ha ido trayendo hasta nosotros y que no debería perderse, porque en esta tradición clásica se oculta parte de lo que nos ha convertido en lo que somos como sociedad, nos ha ayudado a prevenirnos de los peligros. Si los Gigantes no se comen a los niños o las Brujas no pretenden asarnos por acercarnos a sus Casitas de Chocolate ¿qué va a impedir que nos acerquemos a las unas o a los otros?

Y aun así vuelvo a reiterar que los nuevos cuentos hablan de otros asuntos, de respeto, igualdad, semejanzas entre las diversidades… y me encanta que lo hagan. Pero, repito, los nuevos cuentos, no los tradicionales. E incluso creo que, en ocasiones, es bueno que un libro obvie todo eso para que tengamos que ser nosotros mismos quienes los añadamos a nuestra mecánica intelectual.

Leo mucha buena literatura infantil y juvenil, la disfruto. Sé que hay dos autores muy queridos y admirados por los creadores de estos géneros literarios (si es que se pueden llamar así), estoy hablando de Roald Dahl y Gianni Rodari, aunque podríamos meter a Astrid Lindgren y a muchos autores más. Estos autores eran de todo menos políticamente correctos a la hora de escribir para niños. Es cierto que la sociedad ha cambiado ¡y mucho!, pero me da mucha pena el hablar con editores y editoras de LIJ que afirman rotundamente que hoy no publicarían las historias de estos tres grandes escritores. Y no me extraña, juegan a la incorrección, a la rebeldía, a la molestia de tanto en tanto… y en días como los que atravesamos, de globalizaciones y homogenizaciones ¿a quién le interesa que exista una nota discordante?

Llevo todo el mes de julio empapándome de Roald Dahl, lo estoy disfrutando como un enano y estoy queriendo ser gamberro, gritar groserías, mascar chicles y ver la televisión sin parar... pues no, es mentira, pero me lo estoy pasando como un enano con sus historias gamberras y transgresoras. 

Quizá, hoy en día, la mejor forma de ser una mente libre, un rebelde, sea, precisamente, leyendo a los clásicos.