21 de agosto de 2016

En el Cielo


En el cielo todo se ve diferente. Es tranquilo y agradable. Pacífico, aunque te enfrentes a la muerte. Todo parece ir más despacio. Menos vertiginoso. Aquel día me encontraba en verdaderos apuros. Mi viejo Hurricane estaba agujereado de arriba a abajo, yo mismo lo estaba. Notaba la sangre huyendo de mi cuerpo. Y ese puñetero Uno-Cero-Nueve seguía a mi cola. El motor estaba en las últimas. El humo provocaba lágrimas en mis ojos a pesar de las gafas protectoras. Pero todo parecía ir muy despacio. Como si alguien lo hubiese contado ya. Como si solo fuese el borrón de un recuerdo perdido y, de repente, encontrado...

Sabía que estaba a punto de morir. Todo estaba decidido. Narrado ya por algún estúpido autor que había leído que el derribo de los Hurricanes era el pasatiempo favorito de los centenares de Messerschmitts que usaban los alemanes. Lo cierto es que estaba a punto de estrellarme y morir. No me importaba. A esa velocidad nada dolería demasiado. Cuanto más me acercaba al suelo más rápido corría todo. Por encima del miedo y de la protesta, cada segundo, menos ruidosa del motor que me mantenía en el aire, recordé a mis padres, a mis hermanos, a Giselle, con quien ya nunca podría ir a ver la famosa Torre Eiffel de la que siempre me hablaba… el mar estaba a mis pies, casi podía tocarlo con la punta de los dedos. Estaba tan cerca todo…

No sé por qué recordé en ese momento la sopa de ajo que tanto detestaba. La hacía mi madre los lunes y yo hacía cualquier cosa para evitar comerla. En ese momento habría dado mi alma por tomar una última cucharada. Aunque, si tenerla delante, la saboreé. Olí ese momento en la mesa. En familia. Fue un instante que me hizo sonreír. El alemán dejó de dispararme y de seguirme. Yo sabía bien el porqué. No le culpé. Seguramente se trataba de otro chaval de mi edad, a quien le habían entregado un arma que no sabía utilizar del todo y le habían encomendado alguna misión estúpida y sin sentido. En esta ocasión él había ganado la partida. Quién sabe. Lo mismo, algún día, ese chico llevaría a su novia a París, a ver la famosa Torre Eifell. Sería estupendo que lo hiciera. Antes de convertirme en una enorme bola de fuego sobre el mar recordé a Giselle y me la imaginé intentando eludir la sopa de ajo de mi madre. Creo que solté una carcajada antes de estallar.


Este microrrelato está escrito después de leer "Volando solo", del genial Roald Dahl. Un gran inspirador de historias.