20 de agosto de 2016

La ventana


Muchos años después, María volvió a asomarse a la ventana a la que se asomaba de pequeña. Y una vez apoyada en su alfeizar, aquel en el que había grabado su nombre con un destornillador oxidado, ante la vista de un horrible muro de hormigón, dejó derramar las lágrimas que no habían brotado entonces. Cuando sonaron las sirenas y su mundo desapareció para siempre...

Esbozó una sonrisa. Cada mañana, desde que habían llegado a esa casa en las afueras, se había asomado para disfrutar del paisaje que la rodeaba. Aquel pueblo era una preciosidad. Desde su ventana podía ver el perezoso movimiento que iba empezando a despertar a todo el mundo, el tronar del mar en el pequeño puerto, la llegada del día. Daba igual que fuese invierno, verano, otoño o primavera. María siempre se asomaba a su ventana, por la mañana, lloviese o hiciese sol. Cuando se marchó su padre, también se asomaba cada tarde, esperando que volviese...

No volvió. La guerra se lo llevó a un lugar del que aún no había regresado. María sabía que su padre seguía en una cuneta, quizá contando sus cuentos a los niños que habían muerto cerca de él. Haciéndoles sonreír como le hacía sonreír a ella. Cuando la encontraron, hacía ya casi 70 años de aquello, María seguía asomada a la ventana de la única pared que quedaba en pie de su casa. La mirada perdida en el mar embravecido, en el movimiento perezoso del despertar ante la muerte. Del pueblo no quedaban en pie más que ella y su ventana. De sus ojos pardos no llegó a brotar ninguna lágrima.