20 de agosto de 2016

Qatal


Qatal. Asesino. Así fue como empezaron a llamar al niño perdido. Ese fue el mote que se ganó cuando le dieron el arma y le ordenaron disparar a su hermana. Aquellos hombres. aquellos lobos. Aquellas bestias sin alma que un día vinieron a su pueblo y masacraron a los hombres. Violaron a las mujeres y secuestraron a los niños...

Qatal por aquel entonces tenía otro nombre que hoy nadie, ni él mismo, recuerda. Asió el arma con los dedos temblorosos. El corazón encogido. La mente en otra parte. En el vacío. En la nada. Apuntó a su hermana con el arma. Era una prueba para ser un soldado. Eso vociferaban las bestias. El niño solo podía pensar en la sangre, en los disparos, en los ojos rojos, en la rabia y el odio desatado por aquellos lobos sin alma.

No sabía disparar. Nunca lo había hecho. Sudaba. Sabía que las bestias le gritaban al oído, le empujaban. Sonreían. Él ni siquiera sabía que estaban ahí. Solo estaban sus dedos temblorosos, el nudo de su estómago. Y su hermana. Arrodillada ante él a sus cinco años. Pensó en ella. No había conocido la paz. Siempre había vivido en guerra. Merecía un lugar mejor, un mundo mejor. Qatal hizo lo que debía. Sin querer. Sin proponérselo. Un acto reflejo de puro terror. Se giró con el gatillo entre sus dedos temblorosos. Los hombres, por llamarlos de algún modo, estaban tan borrachos y desprevenidos que no tuvieron tiempo de defenderse. Pronto, en el barrio, solo quedaron un buen puñado de niños llorosos, una niña arrodillada y un hombre forjado, a sus diez años, en una prueba de fuego que le convirtió para siempre. Asesino. Qatal.