24 de septiembre de 2016

Cazando bajo la tormenta - Parte I


El trueno de los tambores resonó por encima de la tormenta. Grum gruñó. Esa noche habría partida de caza. Miró a Hem, la hembra con quien compartía nido y nicho desde que Lamba había muerto devorada. Esta asintió. Sabía que cuando los tambores irrumpían no había nada que aludir.

Un relámpago iluminó las cicatrices del rostro del rastreador. Hem sabía que había sido guerrero en el pasado. Uno de los mejores. Ahora era un simple siervo bajo las órdenes del Gran Cazador, aunque Grum le doblaba en tamaño y habilidades. No era un gran partido. No había podido elegir. La Ley de la Montaña Nublada exigía una pareja para ocupar un nido. Solo la muerte libraba de esa exigencia del Gran Urkell, el Protector. El Brujo Queirquel que había conseguido con su magia un rincón seguro en un mundo en el que la protección valía más que cualquier otro tesoro.

Desde la caída de Sarberk, la Ciudad de la Frontera, el mundo era un lugar cada día más terrible que el anterior. Al menos, en la Montaña Nublada se podía dormir bajo techo, a salvo.

Grum realizó un gesto torpe con la cabeza antes de atravesar la raída cortina que cubría el umbral del nido. Ella admiró su enorme cuerpo. Los músculos que evidenciaban su pasado en múltiples contiendas. Las cicatrices que cubrían cada palmo de su torso y de su rostro. La propia Hem era una guerrera temible. Una hembra temida en la Tribu de la Montaña. Pero sabía que ante Grum poco tendría que hacer en una lucha cuerpo a cuerpo.

Cuando partió. La hembra renegó. Le habría encantado participar en la caza nocturna, pero el Gran Urkell había prohibido que las hembras participasen. Afirmaba que mantenerlas en la montaña, a salvo en los nidos, era el único modo de conservar la especie. Los Krams eran más importantes que Hem o que Grum. La raza estaba por encima de todo.
De momento, quizá por el terror inicial, por la incertidumbre ante lo inexplicable llegado desde la Frontera, todos habían obedecido al pequeño humano que gobernaba con mano de hierro. Un trueno golpeó sus oídos. Había sonado demasiado cerca. Los tambores seguían sonando. Alertando de la convocatoria. De la caza. Hem escupió. Empezaba a estar cansada de quedarse fuera de la lucha y de la caza.

Era una Kram. ¡Por el Rugido de Khronis! Necesitaba derramar sangre...