2 de octubre de 2016

Encuentro Imposible


Tras más de diez minutos de ladridos y lamentos de los perros el Tío Raimundo salió de su casa. Iba en calzoncillos. Una camiseta de tirantes, sudada y con sospechosos manchurrones oscuros, cubría su torso y su abultado estómago, casi todo por lo menos. Hacía fresco en el monte de la noche zamorana. Quizá por eso llevaba puestos los calcetines remendados y repletos de agujeros. Quizá por eso caminaba sobre dos destartaladas alpargatas de plástico barato. Quizá por eso había enganchado la boina y se la había calado bien. Las ojeras y las legañas le molestaban, no le dejaban ver con claridad. Los perros volvieron a ladrar y a aullar. El tío Raimundo gruñó. Acarició bien el bastón que siempre llevaba entre las manos. Esos puñeteros perros iban a aprender a no molestar por la noche...

Iba tan distraído y adormilado que tardó algo más de un par de minutos en apreciar el resplandor que invadía la madrugada. Y eso que parecía que era de día. Al percatarse de la luz el Tío Raimundo escupió en el suelo y se cagó en los muertos de todos los domingueros de España. Se iban a cagar. Con paso decidido se acercó a la fuente de la luz. Cada paso era más difícil de dar. Cada vez hacía más calor. Incluso él empezó a pensar que, lo mismo, allí estaba pasando algo raro...

“¡No me jodas!” No pudo evitar que se le escapase la expresión... bueno, tampoco se olvidó de Dios, ni de su madre, ni de otros recuerdos y reniegos menos reproducibles. Incluso el Tío Raimundo, que nunca había salido del monte ni había visto películas de televisión ni había escuchado noticias en toda su vida más que las que alguien dejaba caer en la taberna del pueblo cuando jugaban al tute o al mus, incluso él, supo que estaba ante un platillo volante. Un umbral extraño se abrió en el material imposible del que estaba hecho el artefacto. Y de allí, como surgido de un abismo inaudito, surgió la figura de un ente extraño, inimaginable. Un ser alto, delgado, de color verde y cien ojos en un cráneo demasiado grande para poder ser soportado por un cuello normal. La impresionante figura alargó un tentáculo hacia el Tío Raimundo, como si quisiera entablar una conversación o establecer un contacto. Quizá el primero entre la humanidad y una civilización extraterrestre e infinitamente superior a la humana. El Tío Raimundo miró al ser con un gesto desconcertado. Después volvió a escupir. Asió el bastón con firmeza y se lio a palos con el desconocido. “¡Vas a aprender tú a no venir a dar por culo por la noche, cabrón!” Dicen que escribió el alienígena en su cuaderno de bitácora antes de morir de una paliza.