3 de diciembre de 2016

Julián y el Dragón


La noche que el dragón llegó a la Colina Nublada Julián estaba en calzoncillos. Se acababa de lavar y estaba a punto de ponerse el pijama cuando un ruido estremecedor sacudió toda su cabaña. A los pocos segundos empezaron a llegar hasta sus oídos los balidos de sus ovejas, los mugidos de sus vacas y los ladridos de Sao y Pillo, sus dos perros pastores. Fue todo tan de sopetón que el pastor se descubrió de pronto helado de frío y con muy poca ropa delante de un dragón tan fiero como enorme. 

Julián llevaba en las manos su bastón de pastor. Lo miró como con pena cuando el dragón rugió por primera vez. Con un palito como ese poco podría hacer frente a una bestia semejante. Eso mismo parecían haber pensado Pillo y Sao justo un instante antes, porque los dos se encogían tras Julián con el rabo entre las piernas. El único que parecía inmutable ante la presencia del gigantesco monstruo era Belcebú, el búho que dormitaba casi perpetuamente en las ramas del tejo que daba sombra y cobijo a la cabaña de Julián, pero su tranquilidad no se debía a una enorme valentía por parte del búho, no creáis, se debía a que estaba ya muy viejo y apenas escuchaba o veía nada.

El dragón se relamió al ver las ovejas que se amontonaban en un rincón. Los ojos le relucieron de placer y dio un par de pasos que provocaron una fortísima sacudida en toda la colina, Julián trastabilló y estuvo a punto de caer. ¿Qué iba a hacer? Si el dragón se comía sus ovejas le dejaría en la ruina… pero, ¿cómo podía impedirlo?, ¿qué podía hacer él frente a un leviatán tan impresionante? Se le ocurrió una idea en el mismo momento en el que el dragón empezaba a abrir sus fauces para devorar a una de las aterrorizadas ovejas. Y gritó. Gritó mucho. Levantó las manos y las agitó. A lo mejor, pensó, podría asustar al dragón. El monstruo giró la cabeza y descubrió al pastor en calzoncillos. Hizo un sonido muy raro y empezó a agitarse. Julián tardó un largo y atemorizante minuto en darse cuenta de que el dragón estaba riéndose, se estaba riendo de él. 

Y entonces supo que estaba perdido, tiró el palo al suelo y salió corriendo hacia su cabaña. Los dos perros lo adelantaron en dos zancadas y se perdieron más allá de la casa del pastor. El dragón, sin dejar de carcajearse de las pintas del pobre hombre, olvidó las ovejas por un instante y se acercó al aterrorizado Julián. Abrió su bocaza y… ¡se lo merendó de un solo bocado! Fue un estupendo aperitivo antes de comerse a las ovejas, a las vacas y hasta a los perros si los hubiese encontrado (aunque estos fueron mucho más listos que su difunto amo).

Dicen que aquel dragón sembró el pánico durante muchos años. Lo hizo hasta que llegó a la comarca una inusual heroína que pudo derrotarlo y se hizo muy, muy famosa tras su hazaña. Fue una heroína que vestía de caballero y que recorrió el mundo en busca de aventuras hasta que se enamoró de un hermoso príncipe que encontró encerrado en una torre, secuestrado por una bruja, pero ¿sabéis qué? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.