19 de diciembre de 2016

La Navidad de Dani


Las cosas no iban demasiado bien en casa de Dani, a sus 10 años había visto desaparecer poco a poco muchas de las cosas de las que disfrutaba desde que era pequeño, cosas que creía que eran habituales. Primero fueron los fines de semana a la sierra, porque sus padres habían tenido que malvender la casa de los abuelos por menos de la mitad de lo que valía, después fueron las vacaciones a la playa, hacía ya dos veranos que no salían de Madrid, y luego fueron muchas cosas más: la mayoría de las extraescolares, las salidas al cine, los dvd… ahora casi siempre estaban en casa, veían pelis pirata de mala calidad gracias al adsl de los vecinos del tercero, sus padres discutían casi todos los día por culpa del dinero y la despensa se llenaba gracias a sus abuelos por parte de madre. La vida de Dani había cambiado mucho desde que su padre se había quedado sin trabajo, hacía ya tres años. Su madre limpiaba alguna casa y ayudaba a los señores del cuarto, pero con el dinero que ganaba casi no había para nada de nada. Su padre buscaba y buscaba, pero no había ningún trabajo para él.

A Dani nunca le había gustado estudiar… y ahora, sin saber por qué, cada mañana se levantaba con menos ganas de ir al colegio o de hacer los deberes. Sus padres hablaban de cartas del banco y pronunciaban mucho la palabra desahucio. Dani sabía lo que era, cuando tenía ocho años había colaborado en una campaña lanzada desde su cole para ayudar a Martina, la friki, como la llamaban casi todos, incluso él algunas veces, una niña triste y gris, solitaria y cabizbaja, a la que nadie se acercaba nunca, como si tuviese una enfermedad contagiosa. Dani había ayudado a Martina, claro que sí, todos lo habían hecho en el cole, pero nadie quería ser como ella. A sus 10 años comprendía que iba camino de ser como Martina… y eso le aterraba, por eso cada día estudiaba menos, por eso cada día iba con menos ganas al colegio. 

Una mañana, cuando volvía a su casa después de clase, se topó con una bolsa de la compra que alguien había dejado olvidada en la calle. Era enorme y pesaba muchísimo. Dani se acercó con cautela al verla apoyada junto a una farola. Y al asomarse no pudo menos que emitir un “oh” gigantesco. Estaba llena de turrones y dulces navideños. Dani, que llevaba unos meses sin poder coger el autobús, estaba solo en la calle. Miró a todas partes y no vio a nadie. No había nadie. Cogió la bolsa, muy asustado, la escondió en su mochila (para lo que tuvo que sacar unos libros) y corrió hasta casa, agitado y asustado, pensando que alguien le gritaría que devolviese esos dulces. Que era un ladrón. Que eso no era suyo. Que no se lo merecía. 

Al llegar al pie de su portal se encontró con el vagabundo que dormitaba junto al cajero del banco. Dudó un instante, pero si él había tenido tanta suerte como para encontrarse más dulces de los que había soñado ver en toda la Navidad, el señor Ramón, que había sido el dueño de la tienda de chucherías cuando él era pequeño y le saludaba cada mañana con una sonrisa, a pesar de su triste situación, se merecía también una pizca de esa fortuna. Se agachó a su lado, le dedicó un saludo y un susurro con el que le deseó una Feliz Navidad. Sacó la bolsa y le entregó la mitad de los dulces, incluso el turrón de chocolate, que era el que más le gustaba de todos. Ellos no tenían casi nada, pero el señor Ramón tenía mucho menos, por eso le dio la mitad de lo encontrado. Al hacerlo se sintió bien, muy bien, de hecho.

Esa Navidad fue muy especial. Dani la vivió con su familia. Fue un festejo apagado y humilde, escueto, pero repleto de su mutua compañía y de deseos de un año mejor. Tuvo un único regalo, solo uno. Una pequeña bolsa de deporte en la que se cobijaban unas fantásticas botas de fútbol. Dani recordó cuando entrenaba los martes y los jueves, esa temporada había tenido que borrarse. Y pensó en el esfuerzo que sus padres habían hecho para que él y su hermano tuviesen un regalo en Navidad. Les quiso más que nunca.

Todo seguía igual. Su padre sin trabajo, su madre mal trabajando, el señor Ramón en la calle, él y su hermano dejando de hacer cosas, los abuelos tristemente sonrientes… pero estaban juntos. Y él tenía botas nuevas. Y se había encontrado una bolsa repleta de dulces de Navidad. Y sin saber por qué se acordó de Martina, a quien todos habían ayudado… Dani miró a su familia y lo supo, supo que todo iba a ir mejor.

Al pasar la Navidad y volver al colegio, lo primero que hizo fue acercase a Martina y charlar con ella. Empezó con un saludo, continuó con una sonrisa y se convirtió en una amistad infinita. Juntos pusieron en marcha un proyecto que finalizó con la reapertura de la tienda de chucherías del señor Ramón y con la vuelta de este a su casa de siempre, una casa que le había quitado el banco hacía uno meses, algo en lo que colaboró todo el barrio de Dani y todo el colegio. Él mejoró en sus notas y en las ganas de ir a clase, volvió a sonreír y logró que todo cambiase con su empeño y con un coraje que nunca supo de dónde había nacido, pero que supo que ya jamás le abandonaría.

No hubo fórmulas mágicas, no le tocó la lotería, ni siquiera tuvo la suerte de que alguien, por medio de un hechizo, cambiase su vida para siempre. Fue él, con amigos y con ayuda de todos los que le rodeaban, quien obró el cambio. Él fue el héroe de la historia.



Este año me hicieron un curioso -y genial- encargo desde la Dirección del Periódico A21, en el que llevo escribiendo desde que arrancó hace ya más de 100 ediciones y varios años. Me pidieron (y creo que ha sido la primera vez) un cuento de Navidad, pero algo que fuese distinto, original y, a poder ser, desenfadado... le he dado muchas vueltas al asunto, primero pensé en escribir la continuación del anuncio de la Lotería y convertir a la entrañable señora de la historia en una tirana con deseos de cobrarse el dinero entregado en el billete, después se me pasaron por la cabeza muchas historias más y llegué a escribir el irreverente cuento que podéis leer en este enlace... después me lo pensé mejor.

Necesitamos valientes, personas comprometidas, héroes... y no, no hace falta buscarlos muy lejos, los tienes junto a ti, tú mismo debes serlo (y puedes, si así lo quieres), por eso y no por otra cosa, al final me decanté por Dani, este héroe anónimo tan real como la vida misma.

Espero que os guste.