12 de diciembre de 2016

Un cuento (diferente) de Navidad


Llegó de madrugada. Caminaba entre tambaleos rocambolescos y trompicones. Sobre la barba, espesa y desgreñada, gastaba una nariz ancha y unos ojos apagados que, si se miraban bien, podrían haber sido vivaces en el pasado. Tenía la ropa sucia. Todo en el recién llegado hacía que se le mirase con distancia, con rechazo por unos y misericordia lejana por otros. Y aun así despedía una extraña aura de inexplicable grandeza. 

El hombre se apoyó en la barra y resbaló, a punto estuvo de irse al suelo. Mantuvo el equilibrio no obstante y se quedó a escasos centímetros de arrollar a Lucy, la chica que lucía el vestido más corto y las piernas más largas. Ella, que no tendría ni veinte años, miró al hombre con una mezcla de sentimientos que iban de la admiración a la repulsión. Y sin saber por qué, quizá siguiendo el instinto natural de su antiquísima profesión, se acercó a su abultado vientre y a sus mejillas arreboladas.

Tobías, el camarero, se acercó al punto a la pareja y sirvió dos copas antes de que el hombre fuese consciente de la presencia de la muchacha a la que era probable que triplicara en edad. Ella tomó su bebida y cogió al hombre del brazo. Tenía los movimientos y la disposición tan estudiados que en apenas dos minutos se encontró sentada en su regazo sobre uno de los brillantes sillones de poliéster que tan bien se lavaban con una simple pasada de bayeta.

El orondo cliente ni siquiera tomó su copa entre las manos, nada que impidiese que antes de marcharse del lugar tuviese que pagarla junto con la de su atractiva compañera. Ella intentó abrazarlo y él se zafó ligeramente, sin demasiado empeño. Parecía evidente que estaba borracho. Tanto que Lucy pronto tuvo en mente sacarle un servicio sin necesidad de prestarlo. El hombre intentó apartar a la joven y volver a la calle, pero ella fue más persistente y condujo a su cliente hacia una de las habitaciones del Club de carretera en el que trabajaba seis noches a la semana por unos 50 euros la noche, si había fortuna.

Solo al llegar a la habitación y desnudar al pobre hombre, se dio cuenta de las gruesas ropas rojas que vestía, las botas de nieve que calzaba y el grueso cinturón que ceñía su abultadísima cintura. Por un momento y sin saber por qué, Lucy recordó que era Navidad. Una idea que desechó rápidamente. La Navidad eran fechas complicadas en el Club, los clientes habituales solían ser hombres de familia. Arropó al buen señor, que se durmió profundamente y volvió a bajar a la pesca de un nuevo interesado.

A la mañana siguiente saltó la noticia, ningún niño había recibido regalo de Navidad, Papá Noel había desaparecido. Un carro tirado por renos fue encontrado en las inmediaciones de un Club de Carretera, al parecer se había estrellado aparatosamente de madrugada. Los renos estaban en buen estado, aunque del carro no podía decirse lo mismo. No había ningún saco ni ningún regalo en las inmediaciones del accidente, eso fue lo que declaró un grupo de personas que conducían dos camiones con los que iban recogiendo cartones. Dicen, que esa misma mañana, una pareja de Policía Nacional se llevó a un señor con amnesia (o una gran resaca) a la cárcel. Un señor que había consumido de todo en el Club del pueblo y que decía que no tenía con qué pagar. De Papá Noel nunca más se supo.