#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

19 de marzo de 2016

Ratones y Lagartijas


Laura dibujaba. Todo el día. Sin parar. Dibujaba en los bordes de los cuadernos, en los espacios en blando de sus libros, en la mesa del colegio, en las servilletas del bar en el que su padre se tomaba un café cada mañana antes de dejarla en el colegio… dibujaba de todo. Caras, abrazos, osos, coches, pinceles, burbujas… pero lo que más le gustaba era dibujar animales, lagartijas y ratones sobre todo. Casi siempre estaba dibujando ratones y lagartijas. De todos los colores, tamaños y expresiones. Había muchos profesores que la regañaban por estar todo el día en las nubes, dibujando. Sus padres ya no. Habían descubierto que si no dibujaba Laura estaba todo el día triste. Apagada. Y cuando dibujaba… parecía que un foco iluminaba su cara, como si el sol le diese de lleno. Claro, eso parecía. El sol no se movía para cotillear por encima de su lápiz.

Laura siguió dibujando mucho y cada vez mejor hasta que llegó al instituto y un compañero de clase -muy tonto, para más señas- se rio de sus dibujos. Otros compañeros se sumaron a la risa y se burlaron de ella por dibujar sin parar. Por primera vez en su vida Laura sintió vergüenza de lo que hacía y pensó para qué le valía estar dibujando tanto tiempo. Dejó de dibujar y se apagó un poco, pero estudió un mucho y se sacó una carrera… de maestra o de abogada o de periodista, la verdad es que no lo sé demasiado bien. Me lo contó solo por encima. El caso es que, al acabar de estudiar, se encontró con estudios pero sin trabajo. Sin tener nada a mano empezó a echar una mano en un periódico muy pequeñito. Tan pequeño que solo trabajaban en él ella y el director y un dibujante que hacía un par de viñetas al mes. Un día, el dibujante del periódico se rompió una mano y Laura pensó que, quizá, ella recordara cómo se dibujaba… ¡había que rellenar la página de viñetas!

Tuvo que esforzarse mucho, tirar muchos bocetos y estar dos noches sin dormir, pero, al final, consiguió hacer una estupenda viñeta protagonizada por Rob y Albert, un ratón despistado y una lagartija llorona que se parecían mucho a aquellos que dibujaba cuando era pequeña. En el periódico no gustó mucho, pero se publicó porque no había otra cosa. Sin embargo a la gente que leía el periódico le encantó y pidió más y más historias de Albert y Rob. Dicen que las tiras de Laura crecieron y crecieron hasta convertirse en historias completas primero, en una serie regular después y más tarde, incluso llegaron al cine, a la televisión y a todos los medios posibles, también dicen que aquel chaval idiota que se rio de Laura cuando era pequeña se reía mucho con las trastadas y la torpeza de los personajes, sin sospechar que él era el inspirador de la tontería que movía cada viñeta y que incluso llegaron a servir para mejorar el mundo y conseguir la igualdad entre hombres y mujeres y a que sonriesen los niños enfermos y a mil y una cosas más, pero ¿sabéis qué? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día, alguien os lo cuente.

18 de marzo de 2016

Otra vez de la mano de Caballeros, dragones y princesas...


En esta ocasión en Leganés

Tengo la suerte de tener muchos amigos y de que estos me llamen de vez en cuando para las actividades que ponen en marcha. Ayer mismo Santiago García-Clairac y yo mismo fuimos los primeros afortunados en participar en un acto de una nueva Asociación Cultural recién creada en Leganés, Página en Blanco (nombre provisional). Fuimos los responsables de poner en marcha todos los actos y fiestas que estos aventureros llevarán a cabo y que, estoy seguro, cada vez serán más y más.

¿Y cómo lo hicimos? Como nos encanta hacer, charlando con niños y niñas, bueno y con padres y madres y con amigos y amigas y con... bueno, con mucha diversión y muchas sonrisas. Hasta pasacalles hicimos, con lo que demostramos que esto de la vergüenza y este tipo de cosas es una frontera traspasada ya para siempre.

El rincón elegido fue el Centro Cívico José Saramago de Leganés, que está en la Avenida del Mediterráneo. Allí, en la segunda planta, te encuentras la Biblioteca Julio Caro Baroja, que es un rincón estupendo donde conocimos a un buen puñado de amigos y amigas, como Martina y Claudia o Carlos o Samuel... y muchos, muchos más.

Lo pasamos taaaan bien, que espero volver YA a Leganés.

Gracias, amigos de Página en Blanco (recordad, nombre provisional)

El día 10 de abril, a las 12.00 de la mañana, estaré firmando ejemplares de "La gran Aventura de Sir Wilfredo" en la Plaza Mayor de Leganés. ¡Vente!


13 de marzo de 2016

Samuel, el bibliotecario


Todo lo que pasó en ese pueblo fue por culpa de su biblioteca. 

Bueno, mejor dicho de la persona que se hizo responsable de ella. El viejo Samuel. El misterioso, desconocido y un poco despistado Samuel. En Garralzarzal la biblioteca llevaba cerrada más de veinte años, a nadie le importaba lo que había dentro ni lo que allí se había hecho hasta que se cerró para no volver a abrirse. Ni los muebles ni los libros ni las palabras ni las ideas… nada importaba para los vecinos de ese pueblo perdido en mitad de ninguna parte. 

Hasta que llegó Samuel.

Nadie supo nunca de dónde vino ni quién era. Se parecía al hijo del molinero, el que se había perdido durante la guerra, pero no había nadie en todo el pueblo que pudiese confirmar si era él o no. Samuel nunca dijo nada al respecto, así que todo el mundo supuso que era una simple coincidencia. 

Samuel era una persona extraña. Especialmente para vivir en Garralzarzal. Leía. Y eso, en un pueblo de casi mil habitantes donde la biblioteca llevaba cerrada más de veinte años, era digno de chismorreos y de curiosidad. Por lo menos al principio. 

Samuel llegó una mañana. Caminando, nadie supo nunca desde dónde. Se paró delante de la puerta cerrada de la biblioteca, como si esperase a que alguien le abriera y le dejara olfatear el polvo de sus libros. Nadie le abrió. Nadie le dijo nada. Solo recibió miradas curiosas. Alguna incluso asustada.

Pero Samuel no se ofendió. Era una persona extraña. Samuel.

Tras una hora de espera Samuel se dio la vuelta y se dirigió al bar del señor Jacinto. Allí se tomó un café cortado con un chorrito de anís. Algo que nadie había pedido nunca por allí pero que, desde aquel día, se convirtió en una tradición diaria que terminó en una amistad duradera entre el misterioso Samuel y el risueño Jacinto, que siempre tenía una broma para todo el mundo, incluso para el sacristán, Don Manuel, un tipo muy serio y circunspecto que era el maestro de una escuela colectiva. Y para el cura, Don Marcial. 

Samuel le comentó a Jacinto que acababa de mudarse a una pequeña casita situada al final del pueblo, frente al antiguo molino que ya nadie utilizaba. Allí se instaló Samuel, que no trajo de equipaje más que una pequeña bolsa repleta de cuadernos y bolígrafos.

Durante toda una semana esperó a que alguien abriese la biblioteca. Nadie lo hizo. Jacinto, Don Marcial y Don Samuel le informaron de que era un edificio inútil y vacío. Lleno solo de polvo y trivialidades que no interesaban demasiado en Garralzarzal.

Samuel no dijo nada.

Solo miró a sus tres compañeros de barra y sonrió levemente.

Días después se acercó al ayuntamiento y conversó con el alcalde. Don Francisco Pérez, alcalde de su pueblo desde hacía más de 20 años puso a Samuel al cargo de la biblioteca. No le dio ninguna importancia ni ninguna ayuda. Le ofreció las llaves del edificio. Ni le puso un sueldo ni le dio grandes esperanzas de que nadie entrase en aquel lugar polvoriento y abandonado.

Samuel abrió la puerta esa misma tarde.

Durante días se esmeró en limpiar y colorar. En repletar y organizar. En barrer y fregar.
La vida de aquel pueblo perdido en medio de la nada cambió con la llegada del misterioso Samuel.

Hay quien dijo mucho después que la simple presencia del anciano hizo que la magia se desatase, que apenas tuvo que trabajar, claro, ellos no habían limpiado las estanterías, colocado los libros, barrido los suelos ni encontrado los libros que algunos vecinos ya no querían ni usaban.

Todo Garralzarzal cambió con Samuel.

Don Francisco Pérez dejó de ser alcalde en las primeras elecciones que hubo tras la llegada de Samuel. El viejo molino se convirtió en una Casa de Cultura. El sacristán dejó de ser el maestro de la escuela. El pueblo dejó de estar perdido en mitad de la nada.

Dicen que incluso llegaban personas de muy lejos para conocer la Biblioteca de Samuel. Su magia. Dicen que gracias a este rincón repleto de magia y de literatura todo cambió. En el pueblo y en toda la región, pero ¿sabéis qué? Lo que ocurrió con Samuel, la biblioteca y todas esas personas que aún ni habéis conocido ocurrió en otra historia, en otro momento, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.

8 de marzo de 2016

Las armas de Sahid


Aquel día, al salir de la escuela, Shahid supo que algo era diferente, no sabía qué era, pero una sensación extraña le mantenía inquieto y asustado, sí, asustado… aunque estando los talibanes por ahí, ¿cómo no iba a estar asustado un niño de 10 años? Todo era terror, miedo y miradas inquietas desde que esos tipejos gobernaban en su aldea. Cuando llegaron los talibanes lo primero que habían hecho había sido prohibir la música, después todo lo demás. Se habían dedicado a juzgar y condenar a quien no hacía lo que ellos decían lo que había que hacer y además, habían prohibido que las niñas fuesen al colegio... algo que Shahid no comprendía, ¿qué mal podría causar que las niñas estudiasen?

Aquel día Shahid vio cómo un tipo barbudo peguntaba a Alí, a Imram y a Tariq dónde estaba Malala. Supo que algo malo iba a ocurrir a los pocos segundos, pero fue incapaz de moverse, el miedo le mantuvo pegado al suelo. Estaba aterrorizado. Sabía lo que iba a suceder antes de que aquel que se llamaba hombre doblase la esquina de la escuela y sacase un arma. Lo sabía y no hizo nada. No pudo. Después escuchó el disparo y lloró, lloró porque supo lo que había pasado… por suerte, en esta ocasión, Alá estuvo pendiente y obró un auténtico milagro. Provocó que una niña se convirtiese en un símbolo imposible de detener. En una tormenta de arena capaz de sepultar a aquellos cobardes armados con pistolas y con gritos.

Años más tarde Shahid era profesor en aquella humilde escuela de Mingara. Sus armas eran las palabras, la imaginación y su voluntad, además de todo lo que había aprendido desde pequeño. Algo que ni todos los talibanes del mundo le habrían podido arrebatar. Todavía, al atravesar su umbral, recordaba con terror aquel día. Entonces miraba con admiración la fotografía que Malala le envió cuando ganó el Premio Nobel de la Paz. Hacía ya muchos años de aquello… Ahora Malala presidía su país y cambiaba las cosas de un modo radical e irrevocable. Dicen que, gracias a ella, Sahid pudo y quiso seguir estudiando, que gracias a ella ayudó a muchos niños y niñas a seguir aprendiendo y a seguir pensando y que logró que el Valle de Swat se convirtiese en el mejor lugar para aprender de todo Pakistán. Quizá de buena parte de todo el mundo. Dicen que gracias a Shahid cambió todo el modelo de enseñanza de su región y después de su país, que se convirtió en un excelente Ministro de Educación y que él mismo ganó el Premio Nobel de la Paz, como su heroína, pero ¿sabéis qué? Eso pasó en otra historia, en otro momento, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.

5 de marzo de 2016

¿Nos estamos volviendo todos unos idiotas?


Sufrimos de “EGOCRISPACIÓN”

Que andamos crispados no se le escapa a nadie ya, supongo, no sé si la crisis, los problemas diarios o nuestra forma de sentir el éxito son los culpables, pero estamos cada día más enfadados y más escandalizados por casi todo. Creo, sinceramente, que tenemos un problema, un grave problema, algo que flota en el ambiente y nos está convirtiendo a todos un poco en idiotas… y no, no son los papeles ni las ideas lanzadas a la cara por parte de los que hemos puesto ahí para que se pongan de acuerdo y solo saben buscar el mejor asiento para sus pretensiones o la fórmula de ahogar a sus rivales, no. No me refiero a los otros, a los que están en otras partes, no, me refiero a nosotros, a todos nosotros… y es algo que me asusta e indigna a partes iguales. Y no voy a ser yo el que se ponga aquí ahora a despotricar contra todo el mundo y a dar lecciones de cómo hacer las cosas, desde luego. Mi opinión es solo la mía, una más y es tan válida o inválida como la tuya, por supuesto. Yo solo aprovecho estas líneas para dar mi opinión y tampoco es que mi opinión valga demasiado… justo lo contrario a lo que opinan miles de personas en todo el mundo, que parecen creer que la suya es la opinión que debe prevalecer y que debe superar a las de los demás. Porque es la única posible, la única que no convierte en imbéciles a sus semejantes. Insultos, críticas desaforadas, reniegos… hay algo en el ambiente que parece influirnos de una manera inexplicable y dañina, que nos hace menospreciar el trabajo de los demás, denigrar lo que opinan los otros o pensar que nuestras ideas son siempre superiores a las del resto y, si por lo que sea, por cualquier razón, alguien nos comenta algo que no nos gusta o que sea contrario a lo que hemos pensado nosotros… que se prepare, porque le vamos a poner a caldo, muchas veces gracias a la facilidad e irresponsabilidad que nos ofrece el anonimato de las redes sociales digitales, que parecen ser la vía favorita para insultar y menospreciar al resto de los mortales.

Nos estamos convirtiendo en personas amargadas, deseosas de zaherir al contrario, en poseedores de la verdad única… en verdaderos fascistas de la palabra y de las ideas… a veces, defendiendo precisamente la libertad de opinión o las libertades sociales… algo que llama mucho la atención y que podemos ver en cualquier momento tecleando un par de teclas o poniendo un canal televisivo o escuchando una radio o leyendo un periódico o…

No sé… puede que yo esté exagerando demasiado, ya os he comentado antes que mi opinión tampoco es para tanto, pero podemos… no, debemos plantearnos el porqué esas críticas constantes hacia los demás, especialmente hacia aquellos que se exponen en medios públicos o que opinan de una manera que no concuerda con nosotros. Puede que nos estemos contagiando de la televisión, de las radios, de los periódicos… pero tengo la sensación de que nos estamos convirtiendo todos en tertulianos hooligans que no saben, ni quieren, respetar al que tienen enfrente, que saben de todo, que tienen el sentido único de una propuesta… 

Y, siempre en mi opinión (recuerda, ni mejor ni peor que la tuya, solo diferente o semejante), nos estamos equivocando, ya no solo en el tema de pensar que el insulto y la crítica por la crítica pueden llegar a algún lado, sino porque esos tertulianos desatados y desaforados cobran, precisamente por ser como son y nosotros, lo más que nos llevamos de todo esto… es un disgusto o incluso algún quebradero de cabeza. ¿Por qué no vivir en paz, felices y sin ganas de atacar continuamente a los demás?, ¿será que lo único que nos va a dejar este Siglo XXI en cada uno de nosotros es un Ego desmedido y una capacidad de juzgar a prueba de verdades y diversidades?

No sé vosotros, pero yo sigo preocupado…