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"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

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Artículo publicado en Diábolo Magazine

16 de octubre de 2016

El Dragón de Jacinto

Cuando a Jacinto le dijeron que podría tener un dragón para él solo no imaginaba todo lo que tendría que trabajar para poder tenerlo. Sus padres le avisaron de que ellos no se iban a ocupar de un dragón, porque ya tenían bastante con las dos mantícoras de sus hermanas, el hipogrifo del abuelo y el burrustaquio del vecino, que tenían que cuidar de vez en cuando, porque el vecino era muy viajero y un poco cara… y porque a los padres de Jacinto les encantaban los animales y, sobre todo, se les daba muy bien cuidarlos.

Pero a Jacinto le hacía tanta ilusión tener un dragón que no le importaba nada eso de trabajar mucho y aseguró que haría todo lo necesario para cuidarlo. Tener un dragón para él solo era un sueño que siempre había tenido. El día que fueron a por él al nido de dragones, vieron tantos que parecía imposible decidirse por uno solo. Parecía una decisión imposible hasta que Jacinto cruzó su mirada con la de un dragón muy pequeño. Estaba acurrucado en un rincón, encogido tras una cola demasiado larga para un cuerpecito tan diminuto. Era muy chiquitín. De un color azul desvaído, mate. No relucía como las otras crías de dragón. Tampoco correteaba. Se limitaba a estar ahí parado. Encogido y asustado. Desde la distancia parecía tener un ojo más grande que el otro y era feo a rabiar. Muy, muy feo. Por alguna razón inexplicable Jacinto supo que ese tendría que ser su dragón. Ese y ningún otro. 

Le quiso antes de tenerlo entre los brazos.

Sus padres intentaron hacerle cambiar de idea, le enseñaron muchos dragones más robustos y lustrosos, coloridos, relucientes, escupe-fuegos, con alas enormes que, seguro, les permitían deslizarse elegantemente por los aires… sin embargo, Jacinto se mostró inflexible. Había encontrado su dragón.

Y Gruñido, como llamó a aquel diminuto dragoncito, se fue a vivir con ellos.

Dicen que algunos años después Gruñido seguía siendo tan feo como de pequeño. Puede que incluso algo más. Había crecido mucho. Ahora volaba y escupía fuego como los otros dragones… o casi, por lo menos, solía tener muy mala puntería y no pocos de sus aterrizajes forzosos habían acabado en pequeños desastres mobiliarios. Pero tenía el corazón más grande que nadie hubiese encontrado nunca en un dragón. Y era el mejor amigo de Jacinto. Dicen que vivieron grandes aventuras y que los padres de Jacinto jamás se arrepintieron de la decisión que había tenido su hijo el día que fueron a buscar un dragón al nido. Ni siquiera el día en el que pasó algo que hizo que cambiase la vida de aquella familia para siempre… pero ¿sabéis? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.



2 de octubre de 2016

Encuentro Imposible


Tras más de diez minutos de ladridos y lamentos de los perros el Tío Raimundo salió de su casa. Iba en calzoncillos. Una camiseta de tirantes, sudada y con sospechosos manchurrones oscuros, cubría su torso y su abultado estómago, casi todo por lo menos. Hacía fresco en el monte de la noche zamorana. Quizá por eso llevaba puestos los calcetines remendados y repletos de agujeros. Quizá por eso caminaba sobre dos destartaladas alpargatas de plástico barato. Quizá por eso había enganchado la boina y se la había calado bien. Las ojeras y las legañas le molestaban, no le dejaban ver con claridad. Los perros volvieron a ladrar y a aullar. El tío Raimundo gruñó. Acarició bien el bastón que siempre llevaba entre las manos. Esos puñeteros perros iban a aprender a no molestar por la noche...

Iba tan distraído y adormilado que tardó algo más de un par de minutos en apreciar el resplandor que invadía la madrugada. Y eso que parecía que era de día. Al percatarse de la luz el Tío Raimundo escupió en el suelo y se cagó en los muertos de todos los domingueros de España. Se iban a cagar. Con paso decidido se acercó a la fuente de la luz. Cada paso era más difícil de dar. Cada vez hacía más calor. Incluso él empezó a pensar que, lo mismo, allí estaba pasando algo raro...

“¡No me jodas!” No pudo evitar que se le escapase la expresión... bueno, tampoco se olvidó de Dios, ni de su madre, ni de otros recuerdos y reniegos menos reproducibles. Incluso el Tío Raimundo, que nunca había salido del monte ni había visto películas de televisión ni había escuchado noticias en toda su vida más que las que alguien dejaba caer en la taberna del pueblo cuando jugaban al tute o al mus, incluso él, supo que estaba ante un platillo volante. Un umbral extraño se abrió en el material imposible del que estaba hecho el artefacto. Y de allí, como surgido de un abismo inaudito, surgió la figura de un ente extraño, inimaginable. Un ser alto, delgado, de color verde y cien ojos en un cráneo demasiado grande para poder ser soportado por un cuello normal. La impresionante figura alargó un tentáculo hacia el Tío Raimundo, como si quisiera entablar una conversación o establecer un contacto. Quizá el primero entre la humanidad y una civilización extraterrestre e infinitamente superior a la humana. El Tío Raimundo miró al ser con un gesto desconcertado. Después volvió a escupir. Asió el bastón con firmeza y se lio a palos con el desconocido. “¡Vas a aprender tú a no venir a dar por culo por la noche, cabrón!” Dicen que escribió el alienígena en su cuaderno de bitácora antes de morir de una paliza.