5 de marzo de 2017

En nombre de Dios


Llegaron. Contra todo pronóstico lo habían hecho. Sigkhna miró a su pequeña. La niña había resultado ser más fuerte de lo que nadie habría podido decir, había soportado la caminata nocturna y aún se mantenía en pie. Se miraron a los ojos y se dieron fuerzas mutuamente. Su noche, su terrible y larga noche, aún no había terminado. Todavía tenían que conseguir embarcar. Echarse a un océano temible. Sobrevivir en un mundo que se había vuelto loco de repente. Y no estaban solas. Tras ellas llegaban centenares. Millares de criaturas derrotadas. Todavía tenían que ser muy fuertes para abandonar el continente. Y tenían que hacerlo esa misma noche.

Alcanzaron la playa. La dura arena de la Playa del Azote fue como una promesa de salvación. Una mano que tiraba de ellas más allá del rincón en el que siempre habían vivido. La primera vez que vio las barcas, gobernadas por trolls y por cuervos, Pishgian dio un paso atrás. Fue el único momento en el que la niña mostró algo de debilidad. Incluso para ellas era aterrador acercarse tanto a esas criaturas. Sigkhna tiró de su hija y empujó con decisión a tres gatos y dos lobas que acababan de adelantarlas en la carrera. Pero al llegar al pie de las frágiles naves se encontraron con una desagradable sorpresa. Un ejército humano cerraba el paso hacia el mar. Un ejército de sacerdotes y monstruosos soldados. Armados con espadas, alabardas, odio y cruces ardientes. Los que huían, pertenecientes a la Gente del Bosque, se agolparon, aterrorizados, a pocos metros de los guerreros humanos. Nadie podría pasar. Sigkhna supuso que no sabían que tras los que huían llegaban los levantados. Llegaba la Muerte.

Se fijó en uno de los humanos en particular. Debía ser quien comandaba esa fuerza. Se acercó a él entre empujones y codazos. Arrastrando a duras penas a la pequeña Pishgian. La multitud empezó a chillar de puro terror a sus espaldas. Aún muy lejos de su posición. La loba sabía qué significaba aquello, los levantados llegaban. La muerte les alcanzaba. El sacerdote que impedía a la Gente llegar al mar ordenó cargar. Lo hizo en nombre de su Dios. Esgrimiendo la protección de sus creencias decidió comenzar una masacre con la que propiciar la retirada de los que llegaban implorando su ayuda. Sigkhna estaba atrapada, como las miles de criaturas que huían del Bosque y de Sarberk. Y ese humano, en vez de ayudar… había ordenado la muerte de todos los que estuviesen a su alcance. ¿En nombre de qué dios se podía obrar tal crueldad? Ni siquiera Orgöm era tan bestial como para masacrar a sus hijos. De repente todo estalló. Un haz de luz invadió la playa. Todo fue silencio después. Todo quietud. Cuando la loba abrió los ojos vio que todos los humanos habían muerto de un modo atroz y que ante ella había un ser imposible, un ente que flotaba en el aire y la miraba con orgullo. Una mujer hermosa. Desnuda. Flotando ante ella. “¿Sabes?” —pronunció con una voz dulce y potente a la vez— “estoy harta de que algunos tipejos usen mi nombre para cometer todo tipo de barbaridades”. Después sonrió y desapareció. Todos los que huían esa noche llegaron con vida a un destino que no era más que el inicio de un largo viaje.