19 de marzo de 2017

La niña nueva


María quería que el mundo fuese mejor para todos. Siempre lo había querido, desde que era muy, muy pequeña. Pero desde que había conocido a Fátima se había propuesto que las cosas cambiasen de una vez por todas. Todavía no era demasiado mayor, pero con 10 años uno empieza a saber cosas y, si está atento, se da cuenta de que hay muchas que están fatal.

Fátima era una niña afgana que había venido a vivir a su pueblo hacía unos meses. Era guapísima y aunque le había costado mucho aprender a hablar español, sobre todo al principio, ahora lo hablaba casi mejor que la propia María. Era una niña simpática, amable, risueña y divertida. Sabía cocinar muy bien y era muy fuerte, no había nadie que se metiese con ella en el colegio, ni siquiera Isaías, el más bruto de 6º. Y eso que solo tenía una pierna… 

No siempre había sido así, al principio hubo algunos que se habían reído de su manera de mirar sorprendida a todas partes, del miedo que se dejaba ver en su forma de sentarse, encogida, de su torpeza al caminar con una sola pierna y dos muletas con las que no se apañaba nada…. La primera semana de Fátima en el colegio de María fue un infierno para ella y podría haber seguido siéndolo de no ser por una sonrisa, por una mano y por la propia María.

Hay personas que, por lo que sea, conectan de una manera especial al primer vistazo, casi como si estuviesen obligadas a llevarse de fábula. Fátima y María se hicieron amigas al instante. Fue por culpa de una sonrisa regalada. Hacía una semana que Fátima estaba en el colegio de María y Pilar, la tutora de 4º, decidió cambiar a los niños de sitio y las puso juntas. Y a María se le escapó una sonrisa, pero no de esas sonrisas hirientes y malévolas que algunos niños son capaces de usar, no, qué va, una sonrisa amistosa y cálida, de esas que se saben en todos los idiomas y que se entienden en todo el mundo. María no lo hizo queriendo, ni siquiera lo pensó, simplemente le salió solo, se le escapó esa sonrisa… y desde entonces, desde ese mismo momento, ella y Fátima fueron inseparables.

Esa sonrisa fue la primera de muchas más y de muchas cosas más. La primera palabra en español que Fátima aprendió fue María y la segunda fue Gracias, después vinieron todas las demás, en una riada imparable e inagotable. 

Fátima estaba muy triste al principio de llegar al colegio de María. En primer lugar, por haber tenido que dejar su casa y sus amigos a miles de kilómetros, lo segundo por no saber hablar español y lo tercero (a lo mejor no iba en ese orden, pero bueno) porque desde hacía unos meses solo tenía una pierna… la que le faltaba se la había llevado una bala perdida cuando jugaba un partido de fútbol en su barrio. Se había escapado del fusil de un soldado norteamericano y le había destrozado la rodilla. Fátima había sido la mejor jugadora de fútbol de todo su barrio, ni siquiera los niños podían quitarle el balón, pero una bala, una pequeña, horrible y revoltosa bala dorada había sido capaz de arrebatárselo de sus pies para siempre. El día en el que su rodilla reventó y un médico decidió cortarle la pierna, sus padres habían decidido abandonar Afganistán para siempre.

Esa historia fue la primera que Fátima le contó a María en cuanto tuvo las palabras suficientes para hacerlo. Y fue la primera de miles de confidencias entre las dos.

Después llegó el día en el que María le dio un puñetazo a Isaías y Fátima, con una sola pierna, logró darle una patada en el culo mientras él tiraba al suelo a María. Después de ese día pasaron tres cosas. María, Fátima e Isaías estuvieron dos semanas castigados barriendo el patio del colegio. María y Fátima se hicieron aún más amigas. Nadie se volvió a meter con Fátima nunca más.

Fátima se fue integrando poco a poco en el colegio. Un día, en uno de los recreos, cuando ya manejaba sus muletas como si fuese la campeona mundial de muletas, fue capaz de regatear a todos los de sexto con el balón en el pie y metió un golazo por toda la escuadra. Muchos le pidieron que jugase con ellos en el equipo, pero Fátima sabía que lo de jugar con muletas era muy difícil… eso sí, se hizo la entrenadora del equipo del colegio. Y era la mejor entrenadora del mundo. A María no le había gustado el fútbol nunca, pero gracias a Fátima se convirtió en una jugadora indispensable para el equipo. El equipo que entrenaba Fátima era tan bueno que hasta salió en los periódicos. Y el máximo goleador era Isaías.

La llegada de Fátima al colegio de María y al pueblo lo cambió todo. Y fue por culpa de una sonrisa y una bala traviesa.

Con el tiempo Fátima se hizo entrenadora profesional y María fue la mejor jugadora de fútbol de todo el mundo. Juntas cambiaron el mundo, porque gracias a su fama mundial y a su amistad trabajaron mucho, juntas, para cambiar el mundo y hacerlo un lugar mucho mejor. Las dos amigas se fueron a vivir a Afganistán cuando las dos habían estudiado mucho y trabajado mucho. Y formaron una liga femenina de fútbol, que pronto se convirtió en un modo estupendo de cambiar el país de Fátima.

Fue tan importante lo que consiguieron las dos que muchos países quisieron imitarlas y empezaron a crear ligas de fútbol femenino por todo el mundo. Gracias al fútbol los países abandonaban las pistolas y los fusiles y los cambiaban por un balón o por entradas para ver a sus jugadoras favoritas. Se creó una competición mundial de fútbol femenino que era tan importante como la Champions League, o un poco más, porque gracias a esa competición se dejó de abusar de las mujeres en países donde antes pasaban esas cosas. Y mil cosas más que no caben en estas palabras.

Y todo por culpa de una sonrisa regalada, tan traviesa y revoltosa como una bala capaz de escaparse de un fusil. Dicen que la historia de Fátima y María fue llevada al cine y que hubo personas que no se creían que pudiese ser real, decían que era demasiado bonita para ser cierta y que era imposible que dos niñas pequeñas cambiasen el mundo gracias a su amistad, aunque María y Fátima volvieron a demostrar que una persona, si quiere, puede mover montañas o meter goles por la escuadra con una sola pierna, aunque ¿sabéis qué? Eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día, alguien os lo cuente.