El blog de Javier Fernández Jiménez

10 de agosto de 2018

20 años


¡20 años! 20 años tomando café en el mismo bar mugriento, viendo envejecer al mismo camarero ojeroso, sentándose en el mismo taburete, en el mismo rincón. Jugueteando con la misma grieta en la barra. 20 años...

Y, de repente, ese día su taburete estaba ocupado. En él se sentaba una joven en minifalda. Botas altas, camiseta escasa. Tras hacer un repaso rápido al bar se percató de que toda la clientela era diferente. No estaba el mecánico lleno de aceite, ni el jardinero sudoroso, ni el barrendero... todo estaba lleno de chicas y chicos muy jóvenes y muy limpios. Demasiado limpios. Y ninguno tomaba café. El olor del bar era muy diferente al habitual. ¡Joder! ¡Pero si olía bien! ¿Dónde coño estaba el olor a fritanga de la cocina? ¿Dónde estaba Paco?

Se sintió un extraño. Un invasor en territorio enemigo. Hacía muchos años que no era joven, aunque se vistiera con la misma ropa que tenía entonces. Se escabulló hasta el cuarto de baño, ¡estaba limpio y no olía a meado! Alguien había pintado los techos y había cambiado el espejo borroso del lavabo por uno nuevo, reluciente, acusador. Se lavó la cara y volvió a la barra, con precaución y un punto de coraje necesario. Una chica con los ojos rasgados se asomó por la puerta de la cocina. Fue en ese mismo instante cuando supo que su bar, su barrio y su mundo habían cambiado para siempre. También supo que él se había hecho mayor casi sin haberse dado cuenta. Ya ni se tomó el café, no sabía cómo le mirarían esos chicos si llegaba a pedirlo.

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